Hallan el mortal gas sarín en una base de Al-Qaeda
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Poder mortífero
Comencé a extraer lentamente, una a una, con la punta de los dedos de la mano izquierda, las 10 herméticas ampollas que contiene cada caja, y las fui depositando cuidadosamente en el suelo. Al finalizar la operación me guardé la caja vacía en el bolsillo del pantalón. A mi alrededor, el terreno está cubierto de granadas, minas sin instalar, proyectiles de artillería y anticarro, cohetes apilados y misiles enfundados en desgarradas fundas -todo de fabricación rusa o china-y lo que me pareció identificar como una moderna trampa explosiva sin activar.
Pero lo más inquietante de la base Farm Hada son unos 40 contenedores de grandes dimensiones cerrados con candados de fabricación china. Las ampollas estaban junto a uno de ellos, el único con la puerta entreabierta, aunque enganchada con una cadena. Algunos de los contenedores inspeccionados exhibían pegatinas de compañías estadounidenses. Pero lo que más me preocupaba, además de las ampollas de sarín, eran unos recipientes de metal opaco, del tamaño y grosor de un cartucho de caza, cerrados con una tapa hermética. Puede que los terroristas árabes de Al-Qaeda hayan extraviado o abandonado estas presuntas sustancias de guerra cuando, el pasado miércoles, evacuaron precipitadamente la base en su retirada hacia Tora-Bora, su actual escondite en las Montañas Blancas, 40 kilómetros al sur de Jalalabad.
La inmensa base terrorista no fue bombardeada -como casi todas las demás en los alrededores de Jalalabad-por la fuerza aérea de los Estados Unidos. Parece que el Pentágono se abstuvo de atacar bases de Al-Qaeda sospechosas de almacenar armas químicas o bacteriológicas. Los pocos periodistas occidentales presentes en Jalalabad buscan pistas sobre el presunto arsenal de armas químicas que asegura tener Bin Laden.
En Derunta, otra de las bases de Al-Qaeda, no encontré nada, aunque otros pueden haberse llevado botellas sospechosas.
La imponente base Farm Hada está emplazada en una pedregosa llanura salpicada de sólidos fortines terroristas, algunos de 500 metros de largo por 200 de ancho, construidos en barro comprimido, al estilo tradicional afgano. Pero en su interior sobresalen los techos de varios búnkers de hormigón armado.
Los portones metálicos de todos los fuertes están cerrados con candados. Me trepo a uno de los muros y observo viviendas en perfecto orden, con las ventanas enrejadas y las puertas cerradas. Las familias de los 600 árabes de Al-Qaeda que ocupaban la base residían en ellas.
Junto a las instalaciones, al otro lado de una ruta rocosa, se alzan los fuertes de Yunis Kaalis, el gran señor de la guerra pashtún, de 98 años y casi paralizado, que obtuvo de los talibanes la rendición sin sangre de Jalalabad el pasado miércoles.
Pero hasta ese momento, Kaalis, sus comandantes y parte de sus miles de guerreros vivían en vecindad con los terroristas árabes de Al-Qaeda. El propio Bin Laden pagó a Kaalis por la gran llanura donde está enclavada la formidable base.
Kaalis requisó, según fuentes solventes de los mujaidines en Jalalabad, todos los instrumentos de avanzada tecnología -como teléfonos vía
satélite y generadores-que hasta el pasado miércoles albergaba la base terrorista.




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