20 de noviembre 2001 - 00:00

Hallan el mortal gas sarín en una base de Al-Qaeda

Jalalabad - Encontré las delgadas ampollas de finísimo cristal tiradas bajo el sol en el pedregoso suelo de la base Farm Hada de Al-Qaeda, 20 kilómetros al sur de Jalalabad, la más grande de la internacional terrorista en Afganistán.

Estaban ante la puerta entreabierta de uno de los muchos contenedores cerrados con candados chinos. El líquido que contienen los recipientes, de unos siete centímetros, es casi transparente, aunque tirando a amarillo. Aún ignoraba lo que tenía entre las manos, pero tras deletrear varias veces las cinco letras en cirílico empecé a temblar.

En la rústica caja de cartón figuraba la inscripción en ruso Sarin/V-Gas. Lo que sostenía entre los dedos de la mano derecha era aparentemente una terrorífica arma neurotóxica de destrucción masiva, el gas sarín, utilizado en 1995 por la Secta de la Verdad Suprema en el subte de Tokio.

Poder mortífero

Una cucharada de gas sarín puede matar a 10.000 personas, y ante la puerta de este contenedor de Al-Qaeda había unas 30 cajas de 10 ampollas cada una, sin contar las que yacían en el suelo. A una exposición de gas sarín la muerte sobreviene en un minuto y es tan tóxico que mata al contacto con la piel. La evidencia recogida por «El Mundo» podría revelar que Al-Qaeda posee esta arma química de destrucción masiva, proveniente del arsenal de algún país del este de Europa, o de una sustancia denominada con el mismo nombre y de las mismas características.

En la etiqueta blanca de la caja se advierte que el único antídoto para evitar la muerte es una inyección de antropina. No soy un héroe, pero necesitaba pruebas de que Bin Laden, tal como afirmó el pasado 10 de noviembre, tiene en su poder «armas químicas y nucleares», y la única forma posible de demostrar que controla algo similar a las primeras, era una de aquellas cajas.

Comencé a extraer lentamente, una a una, con la punta de los dedos de la mano izquierda, las 10 herméticas ampollas que contiene cada caja, y las fui depositando cuidadosamente en el suelo
. Al finalizar la operación me guardé la caja vacía en el bolsillo del pantalón. A mi alrededor, el terreno está cubierto de granadas, minas sin instalar, proyectiles de artillería y anticarro, cohetes apilados y misiles enfundados en desgarradas fundas -todo de fabricación rusa o china-y lo que me pareció identificar como una moderna trampa explosiva sin activar.

También observé obsoletos vehículos de combate soviéticos T-55 metidos en profundas zanjas y restos de aparatos electrónicos inidentificables. También había restos de teléfonos y portaprobetas de madera.

Pero lo más inquietante de la base Farm Hada son unos 40 contenedores de grandes dimensiones cerrados con candados de fabricación china. Las ampollas estaban junto a uno de ellos, el único con la puerta entreabierta, aunque enganchada con una cadena. Algunos de los contenedores inspeccionados exhibían pegatinas de compañías estadounidenses.
Pero lo que más me preocupaba, además de las ampollas de sarín, eran unos recipientes de metal opaco, del tamaño y grosor de un cartucho de caza, cerrados con una tapa hermética. Puede que los terroristas árabes de Al-Qaeda hayan extraviado o abandonado estas presuntas sustancias de guerra cuando, el pasado miércoles, evacuaron precipitadamente la base en su retirada hacia Tora-Bora, su actual escondite en las Montañas Blancas, 40 kilómetros al sur de Jalalabad.

La inmensa base terrorista no fue bombardeada -como casi todas las demás en los alrededores de Jalalabad-por la fuerza aérea de los Estados Unidos. Parece que el Pentágono se abstuvo de atacar bases de Al-Qaeda sospechosas de almacenar armas químicas o bacteriológicas. Los pocos periodistas occidentales presentes en Jalalabad buscan pistas sobre el presunto arsenal de armas químicas que asegura tener Bin Laden.

En Derunta, otra de las bases de Al-Qaeda, no encontré nada, aunque otros pueden haberse llevado botellas sospechosas.

La imponente base Farm Hada está emplazada en una pedregosa llanura salpicada de sólidos fortines terroristas, algunos de 500 metros de largo por 200 de ancho, construidos en barro comprimido, al estilo tradicional afgano. Pero en su interior sobresalen los techos de varios búnkers de hormigón armado.

Los portones metálicos de todos los fuertes están cerrados con candados.
Me trepo a uno de los muros y observo viviendas en perfecto orden, con las ventanas enrejadas y las puertas cerradas. Las familias de los 600 árabes de Al-Qaeda que ocupaban la base residían en ellas.

Junto a las instalaciones, al otro lado de una ruta rocosa, se alzan los fuertes de
Yunis Kaalis, el gran señor de la guerra pashtún, de 98 años y casi paralizado, que obtuvo de los talibanes la rendición sin sangre de Jalalabad el pasado miércoles.

Pero hasta ese momento, Kaalis, sus comandantes y parte de sus miles de guerreros vivían en vecindad con los terroristas árabes de Al-Qaeda. El propio Bin Laden pagó a Kaalis por la gran llanura donde está enclavada la formidable base.

Kaalis requisó, según fuentes solventes de los mujaidines en Jalalabad, todos los instrumentos de avanzada tecnología -como teléfonos vía
satélite y generadores-que hasta el pasado miércoles albergaba la base terrorista.

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