Cuando el sueño bolivariano circulaba por la cabeza de su primer autor, obviamente Simón Bolívar, en el Río de la Plata brotó un partido que se propuso favorecer la influencia del libertador venezolano en el Cono Sur. El deán Gregorio Funes fue uno de los más entusiastas apóstoles de esa gravitación, lo que completó su enfrentamiento con la elite porteña. Al cabo de casi 200 años, desde Caracas se pretende una nueva proyección hacia el Sur. Quien la pretende también es militar y se declara heredero de aquel otro general: Hugo Chávez, autotitulado jefe de una «revolución bolivariana». Locuaz y populista, a este militar se le atribuyen acólitos más o menos discretos en las capitales del Río de la Plata, pero lo sorprendente es que su expansión haya sido favorecida por un sector de la diplomacia brasileña al que Fernando Henrique Cardoso se ha propuesto desautorizar. Los hilos invisibles de esta trama serán los que dominen la cumbre de presidentes que comienza hoy en Asunción, de la que participarán el anfitrión Luis González Macchi, Fernando de la Rúa, Fernando Henrique Cardoso (Brasil), Jorge Batlle (Uruguay), Ricardo Lagos (Chile), Hugo Banzer Suárez (Bolivia) y, como presidente de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), Chávez.
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La presencia del venezolano está justificada en dos razones. Primero, hay un proceso de integración con la CAN que está largamente demorado. Segundo, el propio Chávez acaba de reclamar el ingreso de su país al Mercosur. Esta última aspiración podría ser vista como una formalidad, un reclamo que merece el lento tratamiento que la burocracia les aplica a los pedidos que ingresan por mesa de entradas. Pero el juego de tensiones que se abrió en el seno del Mercosur desde hace un par de meses terminó otorgándole una dimensión más importante.
Domingo Cavallo arremetió desde que llegó al gobierno para retroceder en el grado de integración con Brasil: pasar desde la unión aduanera actual hasta una zona de libre comercio que permita establecer mayores niveles de protección frente a las importaciones que se realizan desde el país socio. Articuló esa aspiración con otra: que la Argentina alcance, sola, una tratado de asociación comercial con los Estados Unidos y el NAFTA. Convenientemente decorados estos dos objetivos con denuncias sobre «los que devalúan sus monedas para robarle al vecino», las relaciones entre los miembros del gobierno brasileño y el ministro de Economía se electrizaron.
Amparado en la ira de Cardoso y en la prudencia del canciller Celso Lafer, el sector más duro de Itamaraty en relación con la Argentina aplicó a la situación un viejo reflejo: seducir a Caracas para «castigar» a Buenos Aires. Quien se envolvió en la bandera bolivariana fue Luiz Felipe de Seixas Correa, secretario general de la Cancillería de Brasilia, que creció en poder burocrático al amparo de su primo Luiz Felipe Lampreia, el anterior canciller, por cuya sucesión luchó infructuosamente. Instalado imaginariamente en el siglo XIX, donde sus antepasados sirvieron a la diplomacia del Imperio y le dieron a su apellido una hora de gloria, Seixas Correa creyó ver una oportunidad ideal para canalizar sus sentimientos de antipatía hacia el Río de la Plata. Acaba de complicar a su gobierno de manera notable, como se verá en la cumbre que se inicia hoy.
Amenaza
Desde Itamaraty se comenzó con la tramitación de un tratado de intercambio automotor con el gobierno de Chávez y se avanzó después con esta amenaza: «Si la Argentina pretende debilitar el Mercosur, nosotros pasaremos a comprarle todo el petróleo a Venezuela» (la Argentina es el principal proveedor del petróleo y del trigo que consume Brasil desde que el sociólogo Cardoso era canciller de Itamar Franco). En su carrera, Seixas y sus asesores no tuvieron en cuenta tres fenómenos bastante previsibles.
El primero: que Cavallo cambiaría de posición no bien advirtiera los límites que le impone la realidad -el país exporta a Brasil 30% de sus exportaciones totales y 52% de sus exportaciones de origen industrial-, como se advirtió claramente en su último viaje a Brasilia. Segundo: Chávez no advertiría, claro, que la atracción que se ejercía sobre él era meramente táctica. Al contrario, presentó la solicitud de ingreso al club y ahora espera que lo admitan. Tercero: el movimiento hacia Caracas generaría una reacción de escala continental.
Este último aspecto del problema es el que ahora inquieta a buena parte de los contertulios de la cumbre que comienza hoy, incluso a Cardoso. Venezuela ha sido tradicionalmente uno de los países más importantes para la política sudamericana de los Estados Unidos, sobre todo por su proyección sobre el Caribe. Las conductas de Chávez, que combinan una especie de vocación por heredar a Fidel Castro con simpatías con Saddam Hussein y cualquier otra expresión antinorteamericana que se cruce en su camino, agudizaron ahora esa sensibilidad de Washington por lo que ocurre en Caracas. El último episodio para justificar esa preocupación -que se extiende, por cierto, más allá de los Estados Unidos-fue el aislamiento que impuso Venezuela en el boicot a una cláusula democrática que se votaría en la OEA hace dos semanas y que el controvertido canciller Luis Alfonso Dávila presentó como una conquista principal de su diplomacia.
En las conversaciones de Asunción, De la Rúa, Cardoso y especialmente Batlle (quien tiene cuentas pendientes con Chávez que tal vez no ventile en público, pero que conoce bien el embajador de Caracas en Montevideo) buscarán una fórmula que, sin herir al presidente de Venezuela, imponga un ritmo lento, muy lento, a su pedido de ingreso al Mercosur, temerosos todos de que el bloque adquiera un tono anti Estados Unidos que ninguno de ellos pretende.
La historia ofrece a menudo este tipo de ironías. Cavallo, acaso por halagar a Washington, provocó involuntariamente un dominó que terminó encendiendo una luz de alarma en el gobierno norteamericano. Es que nadie contaba que a la impulsividad del ministro de Economía se le agregue la de Seixas, el burócrata brasileño a quien Lafer -se notará en Asunción-pretenderá corregir. De todos modos, deberán ser delicados los colegas con Chávez. De la Rúa está herido en su fortaleza política casi desde que ingresó al poder; Cardoso atraviesa el peor momento de su larga gestión y acaso sea imposible revertir el cuadro antes de irse, el año que viene. Pero Chávez llega a Asunción -donde se reunirá con el presidente local antes de que se inicie la cumbre-con encuestas que lo declaran favorito de su electorado, con niveles de adhesión de 60% según un sondeo que se publicó ayer. De todas las peculiaridades de este caudillo, esa popularidad es la que más preocupa a quienes lo ven como un problema que, casi por azar, se volvió ahora regional.
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