Quienes estén pensando en que Carlos Chacho Alvarez será el primero en romper la Alianza tal vez deban prestar atención a otro fenómeno: los movimientos de Aníbal Ibarra para asociarse al peronismo, todos dirigidos a la vez a irritar a la UCR. En efecto, el jefe de Gobierno porteño está decidido a avanzar en una línea distinta de la de su jefe Alvarez, si es que todavía se lo puede llamar jefe del ex fiscal. Se trata de la composición de una coalición propia que privilegiaría el eje con el PJ antes que con los radicales. Tan así es que desde hace 10 días se han comenzado sondeos a dirigentes de ese partido para ofrecerles espacios decisivos en la administración municipal.
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El primero en recibir una oferta fue Ginés González García. Experto en políticas sanitarias, este médico fue ministro de Salud de la gestión de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires, donde realizó una gestión innovadora, sobre todo en materia de medicamentos (introdujo como práctica obligatoria la de recetar genéricos y no marcas comerciales). González García recibió la visita de un amigo suyo y de Ibarra, peronista, quien lo invitó a meditar la posibilidad de incorporarse al Gabinete como secretario de Salud y Acción Social, carteras que se unificarían.
González García consultó a Eduardo Duhalde. No tanto para pedirle autorización para una respuesta afirmativa que no pensaba dar; le interesaba saber si había negociaciones que él desconocía, en niveles superiores. Duhalde, desde Pinamar, dijo no saberlo.
Objetivo genuino
Es lógico que todos nieguen ahora (González García el primero) que hubiera habido una tratativa de esta naturaleza: nadie quiere ganarse gratuitamente la enemistad de los radicales que hoy ocupan esas áreas. Tampoco quieren los peronistas servir de excusa para una presión del Frepaso sobre el radicalismo para conseguir más espacios en las listas electorales o en el gobierno nacional.
Sin embargo, la pretensión de convocar a peronistas sería más que una táctica para hostigar a la UCR en la negociación interna de la Alianza. Se trata de un objetivo genuino de Ibarra, que involucra también otra posibilidad: la de acercar a Irma Roy para que represente al gobierno porteño en las elecciones. Habrá que verlos caminar juntos esta semana durante una recorrida que organizó el alcalde para mostrarse con la diputada y actriz. A Roy no le debe extrañar el convite: el año pasado, Alvarez la convocó para ofrecerle la candidatura a senadora por el Frepaso de la provincia de Buenos Aires, una semana antes de que renunciara a la vicepresidencia.
La política que Ibarra lleva adelante parece tener plazos y pretensiones distintas de las de la Alianza convencional. Su principal operador en la configuración de este nuevo compuesto político es Ariel Schifrin, el titular del bloque oficialista de la Legislatura porteña. Este dirigente se encargó reiteradamente de castigar verbalmente a los punteros radicales y también de anticipar que se necesita un mayor acercamiento de peronistas a la experiencia de gobierno porteña.
Puesta en esta perspectiva, la ruptura de relaciones entre Ibarra y Cecilia Felgueras es más que un episodio aislado. Es cierto que el alcalde está indignado con la defección de Felgueras en plena crisis urbana, cuando la inundación dejó hasta muertes como saldo. Ibarra se irrita cada vez más con la insospechada indolencia de la vicejefa, quien insiste en su campaña de promoción personal apareciendo en los diarios en medio de la nieve de Davos o integrando un pelotón de jóvenes políticos, nunca asociada a la responsabilidad de gobierno frente a lo que fue, por lo menos, una desgracia.
Pero la mala relación involucra algo más que un estado de ánimo: se trata de una política que, entre otras cosas, apuesta más a la integración con el centroizquierda peronista que con el radicalismo de la Capital.
Nueva dimensión
Esa política de Ibarra no incluye la postulación de Felgueras para la senaduría porteña (tampoco la incluyen quienes promueven a José María García Arecha, Enrique Olivera o Gabriela González Gass -como Raúl Alfonsín-).
El jefe de Gobierno y su mano derecha, Schifrin, seguirán empeñados en abrir la coalición porteña hacia el PJ. Anoche se agregaba una nueva dimensión a esta pretensión: amparado en las urgencias del área metropolitana y en la necesidad de coordinar gestiones con La Plata por cuestiones de seguridad, transporte o salud, Ibarra tendió un puente con Carlos Ruckauf, quien controla a un buen lote de dirigentes peronistas en el distrito.
Sólo falta que a este arco se acerque Gustavo Béliz para que la inquietud no sólo se extienda por la UCR: hasta Chacho Alvarez, quien rompió con José Bordón por el joven apostólico, debería inquietarse.
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