“Felicitemos a Aníbal porsu gestión, pero ahora vamos a hablar de política.”
Por cierto Alvarez felicitóal ex fiscal, recién cuando terminó su propio discurso de una hora y media. Losdos aseguran mantener una relación impecable, buena, fluida, dicen, pero todosmiran la situación en que quedó Ibarra tras el portazo de Alvarez: creenque piensa en suplirlo ante la tropa, al menos en la Capital, y comandar soloel Frepaso y la Alianza. Después de todo, Ibarra ocupa la silla demás alto rango que tiene el Frente Grande en la administración pública, con elmanejo del tercer presupuesto en importancia del país, luego del nacional y elbonaerense. Otro de los motivos que insuflan al jefe de la Ciudad, es laaparente armonía con que radicales y frepasistas manejan la administración yesa intención de «ampliar» la Alianza. Pero en los últimos días Ibarra repiteese discurso que comenzó, precisamente en el hotel Castelar: «No hablemos depolítica, hablemos de gestión, hay que hablar de cómo gestionamos», atosigaa sus secretarios que le atribuyen haber reiterado esa oración una decena deveces en la última reunión de gabinete, el martes pasado, «como un mandato».Quiere recuperar ese plan inicial con el que debutó en la Capital: hacer unabuena gestión y estar al margen de los temas nacionales, un camino del que seapartó, necesariamente, en medio de la crisis aliancista, cuando estalló elescándalo por los supuestos sobornos en el Senado.
«Es sólo un librepensador», ironizan sobre elmandatario de la Ciudad los chachistas más íntimos, para perdonar deslicesvocales de Ibarra que molestan a Alvarez. Uno fue desde Chinacuando se arrogó el lugar de mediador en la puja entre Fernando de la Rúa ysu vice. Más recientemente, cuando se declaró en desacuerdo con la gestacióndel movimiento que Alvarez intenta crear vía Internet.
Leve giro
En la primera ocasión, seesperaba el regreso de Ibarra de su gira para que se explaye sobre suidea de que «el Frepaso no tiene que hacer oposición», pero el vuelo quelo regresó a Buenos Aires llegó justo el día en que se produjeron los cambiosde gabinete nacional, que provocaron luego la renuncia vicepresidencial, unaconvulsión que permitió a Ibarra que se olvidara el desencanto. Lo otro,quedó reparado ese mismo viernes en el Castelar, cuando Ibarra girólevemente su postura. Allí, el discurso del jefe de la Ciudad, versó sobre lagestión porteña, la extensión de los subtes y los proyectos, y una mención arecalar en la actividad partidaria. Por eso Alvarez, que acostumbra unsaludo afectuoso y hasta palmea paternalmente la espalda a Ibarra,remarcó la otra diferencia con la frase que impactó en el auditorio.
La estrategia de Alvarez,desde que se mudó a la rutina de la Casa del Frente Grande, donde semanalmente mantienereuniones con una mesa chica, es desvincularse «del día a día». Sobreeso machacan sus colaboradores para explicar que el jefe frentista no opinaráde lo que acontece a diario en las gestiones, nacional o porteña, y en cambiose dedicará a los temas más amplios. En esa idea, casi tan confusa para elchachismo como la de pilotear un movimiento apartidario y al mismo tiempo unpartido político, el discurso de Ibarra cayó fuera de lugar a Alvarez. «Chachono se mete en lo que hace Ibarra», aseguran desde el búnker de Callao 150,para explicar que el ex vicepresidente no interfiere en las designaciones yplanes del jefe porteño. Por su parte, Ibarra quiere disipar todo tipode intenciones que le atribuyen por lo bajo en el Frepaso chachista: «¡Es undisparate, es un disparate!», se queja cuando le preguntan sobre el secretoplan «Ibarra presidente» que se amasa en algunos despachos del Gobiernode la Ciudad y en otros de la Legislatura porteña.




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