Si bien no alcanzó demasiada difusión la pegatina de carteles contra Alberto Fernández (en blanco y negro pidiendo su renuncia como jefe de Gabinete), en la Casa Rosada el episodio desató revuelo. Sobre todo, a la hora de encontrar responsables de ese ardid publicitario, tarea que en otros tiempos resultaba sencilla para los servicios de inteligencia (recordar, por ejemplo, en tiempos de Carlos Menem, unos cartelones que hacían imputaciones desdorosas contra José Luis Manzano, Eduardo Menem y Roberto Dromi, que culminó con el envío a España, hacia el ostracismo, a un dirigente peronista).
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Se han tejido infinidad de versiones, de la oposición macrista a fervientes admiradores de Jorge Telerman, sin olvidar siquiera a la posible confirmación de que realmente fueran «Jóvenes K» (los firmantes del reclamo por la renuncia) quienes realizaron la pegatina. Por último, casi en estado de elixir, hasta se supuso con firmeza que algunos molestos « albertistas» porteños realmente diseñaron la campaña contra su jefe. Típico de peronistas, obvio.
Hay dotaciones, claro, averiguando imprentas, recorridos de vía pública, personal especializado y no se encontró aún ni una pista sobre el caso. Tal vez -por las experiencias pasadas- en esta ocasión las investigaciones no concluyan con un culpable. A menos, claro, que el autor no resista la tentación de confesar su picardía, ya que la incontinencia también es habitual en estos casos. Y define también al peronismo.
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