Intentan aplacar la puja Kirchner-Scioli

Política

Néstor Kirchner ordenó ayer a los funcionarios suspender las hostilidades verbales hacia Daniel Scioli para asumir personalmente la solución a la crisis que el gobierno promovió la semana pasada por los dichos del vicepresidente.

Hablando ayer con los protagonistas de este entredicho, queda claro que Scioli sabe bien por qué dijo lo que dijo; el gobierno es el que guarda dudas sobre esa intención.

Cuando Alberto Fernández escuchó la primera crítica a la nulidad del punto final, llamó a Scioli, quien le explicó que había repetido en La Plata (fue el lunes, acto con Felipe Solá) lo que había dicho Chiche Duhalde sobre el tema. «No porque Chiche diga eso podés repetirlo siendo vicepresidente.»

Scioli cargó de nuevo el martes en IDEA con ese tema, agregó tarifas y dijo que había que hablar más de crecimiento que de María Julia.
En ese punto, el gobierno creyó ver la punta de una conspiración o, por lo menos, de una inoportunidad inconveniente. «¿Cómo va a hablar de aumento de tarifas en medio de la negociación con el FMI?», fue la queja más fuerte del jefe de Gabinete.

Luego de quejarse en el cenáculo de la comitiva que lo acompañó a Paraguay (ver el relato en «Charlas de Quincho» de esta edición), el Presidente les indició a sus voceros de la línea Fernández (Alberto y Aníbal) que saliesen ayer a amortiguar la agresividad de esos mismos funcionarios contra las críticas del vicepresidente a la nulidad de las leyes de punto final y el anuncio de que habrá aumento de tarifas.

• Mortificación

Esas críticas de los funcionarios las habían replicado ampliamente algunos medios de prensa hasta ayer, cuando recogieron una frase mortificante dicha presuntamente por Kirchner sobre el vicepresidente: «Creo que me equivoqué con este muchacho».

Pueden haberla repetido algunos voceros que suelen dictar panoramas dominicales, pero no traduce el tipo de relación que mantienen el Presidente y el vice, que se parece más a un matrimonio necesario que al dúo Pimpinela (que, de paso, figura entre las amistades más estrechas de Scioli).

Quien se dejase llevar por esos estereotipos que no responden a la realidad podrían atribuirle la misma frase a Scioli y sobre Kirchner porque en realidad el vicepresidente estuvo en la fórmula presidencial antes que el santacruceño en la mente de quien dibujó el nuevo gobierno, Eduardo Duhalde.


La mortificación la sienten más los funcionarios del gobierno que están obligados al silencio o a decir determinadas cosas que envidian la libertad con que se expresa Scioli, quien además tiene una tribuna propia desde el Senado, donde cuenta con una silla por elección y no por designación.

Si se agrega que no faltan quienes creen en el gobierno (y en la oposición) que Scioli es un aficionado, se entiende la rabia de algunos que se han sentido madrugados por el manejo de los tiempos del vicepresidente.

Nadie niega que la anulación de las leyes de punto final sea un gesto testimonial, nadie niega que vaya a haber aumentos de tarifas, pero Scioli ha dicho nada más que la verdad. Se ocupó además durante el fin de semana de aclarar -para que se enterase Kirchner, con quien hasta anoche no había hablado ni a través de intermediarios- que no tiene disidencias de fondo con el Presidente.


El vicepresidente dice estar por la defensa de los derechos humanos y que se conozca la verdad, pero repite lo que dicen los juristas como Zaffaroni o Sabsay de que esto puede complicar las causas porque la Corte ahora deberá demorarse en tratar esa nulidad y recién después irá al fondo de los reclamos.

Con el mismo tono defiende los dichos sobre tarifas por haberlos escuchado de boca de Roberto Lavagna y de Julio De Vido.
La contraprueba es que nadie puede sostener que las tarifas, con revisión o no de contratos, vayan a quedar congeladas.

Scioli cree que la polémica se cierra porque, como el gobierno, piensa que no conduce a ningún resultado positivo cuando en una semana hay una elección clave para el futuro político del gobierno. Además, ve que su gesto le rinde frutos inesperados en materia de popularidad. Lo comprobó en la noche del sábado cuando participó de la cena del sector hotelero y gastronómico (sindicatos y cámaras empresarias) y al hablar fue ovacionado por 12 mil asistentes entre quienes no estaba
Luis Barrionuevo (aunque sí los hermanos Graciela y Dante Camaño). Esa presencia hubiera levantado más polvareda en esta polémica que todos buscan amortiguar hasta nuevo aviso.

La crisis, en realidad, no tiene muchas posibilidades de repetirse en estos términos porque el gobierno también tomó nota de que no le conviene arrinconarlo a Scioli, un hombre que sin aparato político que su celular (es una de sus bromas predilectas cuando habla de sí mismo) puede sostener sin pérdidas una parada como ésta.

El vicepresidente la creyó necesaria porque el auditorio quiere saber si él juega la misma carta que Kirchner y él ha buscado diferenciarse por lo que pueda pasar.

En este tipo de peleas, además, sobran los que corren el riesgo de equivocarse. Kirchner y Scioli no piensan lo mismo, representan universos contradictorios en lo ideológico, lo político, lo social, lo estético, lo biográfico, en el esfuerzo que han tenido -o no- para llegar adonde están. Integran, sin embargo, una sociedad firme donde es inimaginable que digan algo que no piensen o que digan algo para mortificarlo al otro, buscarse la boca para hostigarse. Por esa relación es porque se respetan y se necesitan hasta nuevo aviso.

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