“Jugar con la cadena, pero no tocar al mono”, el subtítulo de Los Cerrojos a la Prensa, es una frase del libro La hora final Castro, publicado por Andrés Oppenheinmer, que refiere a lo que puede suceder si hay temor o demagogia al tratar un grave problema, en este caso el de los monopolios de prensa. Julio Ramos falleció el 19 de noviembre de 2006, a los 71 años. El Periodismo Atrasado, la tecnología es rápida, las normas de prensa lentas, fue publicado en 1996.
"Todo lo que las generaciones argentinas han sufrido, todo lo que han pasado, todo lo que han sentido, todo lo que han llorado, sus glorias, sus ignominias, sus esperanzas y sus desengaños, todo está reflejado en la prensa diaria". La frase pertenece a Juan Manuel de Estrada, un pensador católico fallecido a fines del siglo XIX, pero que Julio Ramos extendió con una línea más: "También, podríamos agregar, en la historia de la prensa diaria; sobre todo las ignominias".
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Empecinado con la verdad y en la más absoluta soledad, Ramos fue un ejemplo de la batalla contra los monopolios informativos en el país. Lo hizo desde las páginas de Ámbito Financiero, pero también desde los libros. Los Cerrojos a la Prensa, publicado por primera vez en 1993, sintetiza en 366 fojas, con extrema profundidad y lucidez, cómo Clarín mutó de empresa familiar rudimentaria a Grupo multimediático multinacional. "Este libro pretende ser un llamado de atención porque, más tarde o más temprano, también la Argentina, como Estados Unidos, Europa y varios países latinoamericanos ya lo hicieron, comprenderá la necesidad de combatir sus monopolios u oligopolios, sobre todo los de prensa, por lo particularmente perniciosos que son para la sociedad". La advertencia de Ramos es tan simple como preocupante y toma relevancia en momentos en que la Corte Suprema resolvió poner un freno al avance del Grupo sobre la prensa audiovisual.
En "Los Cerrojos...," el fundador de Ámbito Financiero critica cómo Clarín se quedó con las acciones de Papel Prensa, la señal de aire Canal 13, Radio Mitre, FM 100, La Red y otras 82 radios repetidoras. Pero también cuenta cómo se creó en sociedad con la AFA el canal Torneos y Competencias (TyC) para privatizar las trasmisiones de fútbol, hoy ya liberadas. "Se trata en este libro de la historia de Clarín, pero también la historia de los errores políticos y los hechos clave que hicieron posible que ese monopolio se transforme en un problema social para los argentinos. Sólo una acertada percepción de ese fenómeno periodístico, cultural y empresario puede facilitar el camino a la búsqueda de soluciones", explicaba Ramos 20 años atrás.
A la primera señal de alerta le continuó otra: "El Periodismo Atrasado, la tecnología es rápida, las normas de prensa lentas", de 1996. En el segundo libro, sin poner el foco en Clarín, Ramos abunda en la problemática legal de la concentración de medios, la crisis de las normas de la competencia y antimonopólicas en la radiodifusión y las dificultades que atraviesa en este contexto la libertad de expresión. Con preocupación, expone a la vista de todos la regulación comparada en la materia y la falta de regulación argentina respecto de la convergencia tecnológica y empresarial, que hasta hoy dominaba el mercado de la comunicación. Cita casos en Estados Unidos y desarrolla y explica leyes de España, Brasil, Inglaterra, Italia, Alemania, México, Bélgica, Dinamarca, Gracia, Holanda, Irlanda y Portugal. Siempre su recomendación fue estudiar y emplear la experiencia extranjera en leyes y organismos para adecuar el pleno desarrollo de la información y la competencia leal entre compañías. "Ojalá hayamos logrado hacer algo más para avanzar, más no sea otro tramo, del largo camino para tener medios de comunicación numerosos, sólidos, competitivos e independientes en el largo camino. Ojalá", concluye.
El periodista y el economista -que dejó un vacío imposible de llenar-, se fue de este mundo hace casi 7 años sin conocer en detalle la ley 26.522, bautizada "De Medios". Privó con la involuntaria partida a sus lectores, seguidores y admiradores de escuchar o leer sus opiniones sobre la redacción de la norma, la letra chica, o sobre las implicancias políticas que derivaron de la aprobación en 2009. Sí se podría concluir que Ramos sentiría orgullo de que una reglamentación dictada en democracia, sancionada por las dos cámaras del Congreso y avalada en su máxima plenitud por seis de los siete miembros de la Corte Suprema (o sea, los tres poderes del Estado) entre en vigencia revitalizada, tras cuatro años de pleito judicial, y a pesar de los reiterados intentos por convertir ese texto en papel picado.
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