La llegada de Eduardo Duhalde al poder fue presentada desde su postulación en la Asamblea Legislativa como el desenlace involuntario de una crisis cada vez más grave. Según esta versión, alimentada por el propio duhaldismo, el acceso de Duhalde al poder sería un efecto de las circunstancias, de la emergencia. Un accidente, no una meta. Sin embargo, para quien haya seguido con atención la trama de la política nacional en los últimos seis meses esa imagen es mínimamente verdadera. La llegada del ex gobernador a la Casa Rosada es en buena medida el resultado de un curso de acción promovido en plena gestión de Fernando de la Rúa por un grupo político interpartidario cuyos vértices principales son el propio Duhalde, Leopoldo Moreau, Federico Storani, Raúl Alfonsín y Carlos Ruckauf. Del mismo circuito forman parte frepasistas caracterizados como Juan Pablo Cafiero y, a través de él, Carlos Chacho Alvarez. Este bloque, que funciona a partir de un antiguo pacto, se propuso hace tiempo avanzar sobre el gobierno nacional para orientar la economía hacia una lógica más intervencionista, promover la devaluación de la moneda, impulsar una mayor protección arancelaria y favorecer a sectores determinados de la producción mediante subsidios. Es por la existencia de esta estrategia -si se quiere, de este plan- que comenzó a hablarse del «golpe bonaerense» para designar el arribo al gobierno de la Nación de este núcleo de poder de la provincia.
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Las relaciones entre el duhaldismo y el sector dominante de la UCR provincial son muy añejas y, en rigor, heredan un acuerdo anterior entre los radicales de Buenos Aires y el cafierismo, que manejó la provincia entre 1987 y 1991 (la expresión más sonora de esta afinidad fue el intento frustrado de ambos grupos de modificar la Constitución provincial en 1990, cuando cayeron derrotados por el No en un plebiscito). La simpatía entre unos y otros -a la que más tarde se sumó el Frepaso- se alimentó de un brumoso keynesianismo y de factores más precisos: fondos reservados compartidos en la Legislatura, subsidios en las universidades que controla la UCR (como el que recibió la de La Plata, storanista, para monitorear el Fondo del Conurbano), dineros derivados a las fundaciones que presiden algunos dirigentes radicales, entre otros «pegamentos».
La última versión de esta entente fue el denominado «gobierno de salvación nacional» que reclamó Moreau no bien Domingo Cavallo comenzó a encontrar dificultades al frente del Ministerio de Economía. Alfonsín, con menos autoestima que su ex discípulo, prefirió denominar a ese gabinete «de unidad nacional». En aquel entonces, el experimento consistía en ofrecerle o exigirle a De la Rúa el armado de otro equipo con otra orientación. La clave del cambio sería la incorporación de Jorge Remes Lenicov a Economía, desde donde debería impulsar la devaluación de la moneda, que Moreau reclamaba abiertamente y Alfonsín y Duhalde de manera cifrada -ver Ambito Financiero del 9 de agosto de 2001: «Alfonsín tiene in péctore sucesor de Cavallo: Remes»-.
La otra pieza del avance sobre De la Rúa sería la designación de Ignacio de Mendiguren como ministro o secretario de la Producción, como planificó Alfonsín durante un cóctel que sirvió en su casa hace más de tres meses -ver Ambito Financiero del 19 de octubre de 2001: «Alfonsín (8% de los votos) pidió en la CGT que se vaya Cavallo»-.
Finalmente, la operación de incrustar el pacto bonaerense en una administración en la que De la Rúa quedaría limitado a «reinar» inofensivamente se completaba con la instalación de un peronista de esa provincia en la Jefatura de Gabinete. Los candidatos eran Duhalde, quien por consejo del brasileño «Duda» Mendonça consideraba oportuno darse un baño de gestión nacional, o Carlos Ruckauf, interesado desde muy temprano en abandonar las complicaciones fiscales de la provincia con algún destino externo. En este aspecto de la maquinación bonaerense avanzó tanto que Diego Guelar concurrió al despacho de Chrystian Colombo para sugerir al jefe de Gabinete, en una gestión disparatada, que Ruckauf podría reemplazarlo en su sillón -ver Ambito Financiero del 28 de agosto de 2001: «Unidad nacional: todos contra todos»-. La competencia entre Duhalde y Ruckauf sobre quién de los dos debía encabezar el desembarco en la Rosada sólo quedó saldada este fin de semana, cuando el actual presidente designado, bajo la presión de su aparato político, postergó al gobernador (por eso ayer lo consoló con la Cancillería).
• Resistencia
De la Rúa resistió una y otra vez la presión de la provincia más importante del país porque siempre sospechó que, más allá de un acuerdo de cooperación se le ofrecía un golpe para expulsarlo del poder. Siempre estuvo convencido de que, tras la agitación de Hugo Moyano, los cortes de ruta de los piqueteros, las manifestaciones de desocupados de Raúl Castells y las profecías apocalípticas de Luis Barrionuevo se escondía la mano de Ruckauf y, tal vez, de Duhalde. Por eso el ex presidente, alentado por Enrique Nosiglia, Chrystian Colombo, Ramón Mestre y otros dirigentes partidarios se recostó en una red de caudillos del interior, entre los que hay que contar a los gobernadores del PJ y al propio Carlos Menem.
Esta diferencia, a veces confrontación, entre Buenos Aires y el Interior, se volvió a verificar en la Asamblea Legislativa que designó a Duhalde. El nuevo presidente debió primero constituir un bloque propio con el radicalismo y el Frepaso de la provincia para, después, postularse ante el resto del PJ e imponerse por la superioridad demográfica de su distrito. Aun así, la resistencia del interior se siguió manifestando: en el Hotel Conte, convocados por el sigiloso pero decisivo Gildo Insfrán, los gobernadores del PJ postularon sucesivamente a Carlos Reutemann y a Juan Carlos Romero como alternativas más aceptables a la que finalmente se coronó. Ayer ese rechazo se seguía manifestando en las dificultades que encontró el bonaerense para armar un equipo que trascendiera la geografía metropolitana.
La trama de indicios que atormentaba a De la Rúa puede parecer exagerada pero desde ayer Eduardo Duhalde es presidente de la Nación designado, Remes su ministro de Economía, De Mendiguren reclutaba apoyos para ocupar una secretaría de la producción y Ruckauf había logrado huir de la provincia y refugiarse en la Cancillería donde, como dice Fernando Henrique Cardoso, «se está muy bien en compañía de otros que no hacen nada». Mientras tanto, a «Juampi» Cafiero sólo Aníbal Ibarra le impedía secundar a Chiche Duhalde como responsable del asistencialismo oficial. Además, se anunciaba la devaluación y una mayor intervención del Estado sobre el mercado.
Del retrato imaginado cuando se comenzó a predicar la unidad nacional sólo falta De la Rúa. Pero no sus correligionarios bonaerenses: Storani, Moreau, de manera menos evidente Alfonsín, quienes comenzaron a componer un coro que siembra esperanzas por las radios y los cables de TV para un gobierno con el que sienten una afinidad que nunca les motivó la última gestión de su propio partido.
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