La estrategia sin candidato y el candidato sin estrategia
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Así como a menudo se demuestra que Duhalde tiene serias dificultades de encanto personal y de propuesta política en la carrera hacia el poder, también quedó probado que cada vez que inventa una martingala o un procedimiento formal para obstruir el camino de Carlos Menem, lo logra. En 1999, con el ardid de convocar por adelantado un plebiscito en la provincia de Buenos Aires, hizo que el riojano retrocediera en su afán. Ahora, al forzar deliberadamente la división del peronismo, Duhalde consiguió activar el ballottage y que su partido no gane en primera vuelta. Desde el punto de vista de Menem o de Adolfo Rodríguez Saá, se trata de un objetivo perverso. Pero es innegable que el Presidente consiguió ver cumplido el primer tramo de su estrategia.
Para Menem los resultados de ayer implican un desafío también inmenso. Es el político más conocido de la Argentina, el más amado y el más odiado y, por eso, aquel al que el electorado se le muestra menos flexible en una segunda vuelta. Si se los mira con perspectiva, los resultados de ayer fueron una haza-ña, como él mismo insinuó en el Hotel Presidente: «Hace 16 meses estaba en la cárcel» dijo. La diferencia entre ese sótano y el triunfo en la primera vuelta es un fenómeno electoral. Lo produjo por su encanto personal y su profesionalismo como candidato. También porque el mismo alto grado de conocimiento público que posee hace casi innecesario el anuncio de una orientación general. Todos saben por qué vereda camina y por eso le cuesta tanto que perciban sus cambios: cuando dijo que frente a la guerra de Irak opinaba como el Papa la gente lo seguía ubicando en la foto de George Bush y José María Aznar.
Anoche se le abrió un panorama electoral muy dificultoso. No sólo porque sacó menos votos que los que él había imaginado; también porque el segundo se le aproximó peligrosamente y, además, porque candidatos incompatibles con él como Elisa Carrió consiguieron volúmenes de adhesión muy considerables.
Habría que suponer, es cierto, que la franja electoral de Adolfo Rodríguez Saá debe resultar más accesible para Menem que para Kirchner; pero también allí existe una corriente crítica a lo que fue su gobierno que le costará atraer. Del mismo modo que existe un voto antiperonista en el caudal de Ricardo López Murphy que no irá jamás hacia Menem a pesar de que existan entre los candidatos afinidades doctrinarias.
Es sabido que la segunda vuelta no es el «alargue» de la primera. Es otra elección, en la que las corrientes de votos son también misteriosas y pueden organizarse de manera no convencional. Requiere, por lo tanto, de una estrategia racional de conquista de sufragios y, en buena medida, plasticidad por parte del candidato, que ahora quiere representar a quien espontáneamente no se identifica con él. Son características inusuales en Menem, quien demostró en la campaña que terminó anoche que carece de una estrategia clara y metódica. Basta repasar el comportamiento de los suyos en el conurbano, su geografía más adversa: las tribus (de Patti, Pierri o Kohan) se enfrentaron entre sí y se boicotearon unas a otras. No muy distinto de lo que sucedió en su equipo de campaña, sometido a una guerra facciosa que se puso de manifiesto hasta en la publicidad del candidato. ¿Podrá Menem superar estas limitaciones? ¿Conseguirá, por primera vez en su vida, que la confianza en el talento no lo vuelva torpe frente al método? Sólo una cosa se sabrá, acaso de manera definitiva: si estamos frente a un estratega o, meramente, frente a un caudillo.




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