28 de abril 2003 - 00:00

La estrategia sin candidato y el candidato sin estrategia

Eduardo Duhalde alcanzó parte de su sueño: el ballottage resultó inevitable en esta elección presidencial por lo que el país pondrá por primera vez en práctica el sistema instaurado por la Constitución de 1994. Será una experiencia inédita para el electorado y también para la dirigencia política que protagonizará la campaña hasta el 18 de mayo. Tampoco los candidatos saben cómo se comportan las corrientes del voto en una segunda vuelta y deberán aprender cómo se captura a quien naturalmente no los votaría.
Así como a menudo se demuestra que Duhalde tiene serias dificultades de encanto personal y de propuesta política en la carrera hacia el poder, también quedó probado que cada vez que inventa una martingala o un procedimiento formal para obstruir el camino de Carlos Menem, lo logra. En 1999, con el ardid de convocar por adelantado un plebiscito en la provincia de Buenos Aires, hizo que el riojano retrocediera en su afán. Ahora, al forzar deliberadamente la división del peronismo, Duhalde consiguió activar el ballottage y que su partido no gane en primera vuelta. Desde el punto de vista de Menem o de Adolfo Rodríguez Saá, se trata de un objetivo perverso. Pero es innegable que el Presidente consiguió ver cumplido el primer tramo de su estrategia.

Como principal actor del proceso, Duhalde parecía anoche poner su mano sobre otra meta: la diferencia en favor de Kirchner en el conurbano bonaerense fue de aproximadamente 10% de los votos. Y en la provincia entera, de 5%. Es lo que les había pedido a sus punteros que le trajeran a la mesa. Es decir, logró también imponer el predominio demográfico de Buenos Aires, asegurado en gran medida por la maquinaria asistencialista, tan difícil de derrotar en medio de un estallido de pobreza.

En definitiva, el diseño electoral del Presidente triunfó. Pero otra vez falló algo importante: la propuesta, con lo que tiene de figura y de programa. Néstor Kirchner se reveló como un factor accesorio de la campaña, es decir, agregó poquísimo al movimiento de piezas que Duhalde dispuso para él. Tanto que sus mejores marcas se verificaron allí donde el aparato oficialista funcionó con estímulos especiales, como en Jujuy o Formosa. Pero Kirchner no consiguió mover, ni geográfica ni socialmente, la frontera del propio duhaldismo. Por eso se puede afirmar que, en buena medida, lo de Duhalde ayer fue el despliegue de una estrategia sin candidato.

Ahora se le ofrece a Kirchner el gran desafío de aportar encanto y un planteo conceptual atractivo a una base de poder considerable. Ya no le alcanzará con ser el candidato de Duhalde o de un difuso «modelo productivo». No se le conocen ideas ni equipos y además deberá resolver siquiera en parte esa contradicción principal del duhaldismo: por su oposición a Menem tendría que seducir a la clase media urbana pero por su subcultura de conurbano, orgánica y hasta prepotente, le cuesta muchísimo conquistar a ese sector.

• Traslado

Cuenta Kirchner, eso sí, con un cuadro electoral no del todo negativo. Elisa Carrió hizo una elección mejor que la prometida por las encuestas y habría que pensar que buena parte de sus adherentes podrían inclinarse por el gobernador de Santa Cruz y no porque el resto vaya a Menem sino porque se abstendrá. Y también hay un sector de adherentes a Adolfo Rodríguez Saá que podría votar a Kirchner por lo que tiene de antiliberal, populista o estatista. Pero toda la operación requerirá que se mejoren las condiciones del candidato y su equipo hasta ponerlo a la altura de un proyecto presidencial.

Para Menem los resultados de ayer implican un desafío también inmenso. Es el político más conocido de la Argentina, el más amado y el más odiado y, por eso, aquel al que el electorado se le muestra menos flexible en una segunda vuelta. Si se los mira con perspectiva, los resultados de ayer fueron una haza-ña, como él mismo insinuó en el Hotel Presidente: «Hace 16 meses estaba en la cárcel» dijo. La diferencia entre ese sótano y el triunfo en la primera vuelta es un fenómeno electoral. Lo produjo por su encanto personal y su profesionalismo como candidato. También porque el mismo alto grado de conocimiento público que posee hace casi innecesario el anuncio de una orientación general. Todos saben por qué vereda camina y por eso le cuesta tanto que perciban sus cambios: cuando dijo que frente a la guerra de Irak opinaba como el Papa la gente lo seguía ubicando en la foto de George Bush y José María Aznar.

Anoche se le abrió un panorama electoral muy dificultoso. No sólo porque sacó menos votos que los que él había imaginado; también porque el segundo se le aproximó peligrosamente y, además, porque candidatos incompatibles con él como Elisa Carrió consiguieron volúmenes de adhesión muy considerables.

Habría que suponer, es cierto, que la franja electoral de Adolfo Rodríguez Saá debe resultar más accesible para Menem que para Kirchner; pero también allí existe una corriente crítica a lo que fue su gobierno que le costará atraer. Del mismo modo que existe un voto antiperonista en el caudal de Ricardo López Murphy que no irá jamás hacia Menem a pesar de que existan entre los candidatos afinidades doctrinarias.

Es sabido que la segunda vuelta no es el «alargue» de la primera. Es otra elección, en la que las corrientes de votos son también misteriosas y pueden organizarse de manera no convencional. Requiere, por lo tanto, de una estrategia racional de conquista de sufragios y, en buena medida, plasticidad por parte del candidato, que ahora quiere representar a quien espontáneamente no se identifica con él. Son características inusuales en Menem, quien demostró en la campaña que terminó anoche que carece de una estrategia clara y metódica. Basta repasar el comportamiento de los suyos en el conurbano, su geografía más adversa: las tribus (de Patti, Pierri o Kohan) se enfrentaron entre sí y se boicotearon unas a otras. No muy distinto de lo que sucedió en su equipo de campaña, sometido a una guerra facciosa que se puso de manifiesto hasta en la publicidad del candidato. ¿Podrá Menem superar estas limitaciones? ¿Conseguirá, por primera vez en su vida, que la confianza en el talento no lo vuelva torpe frente al método? Sólo una cosa se sabrá, acaso de manera definitiva: si estamos frente a un estratega o, meramente, frente a un caudillo.

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