¿Se quedará Carlos Ruckauf afuera del compromiso -todo por la paz social-que el gobierno acordará con gran parte del justicialismo, sectores empresarios, religiosos y sindicales? Hasta hoy parece al margen, pero hombre ubicuo como pocos y político al fin, difícilmente se aparte del entendimiento general. Tiene tiempo: la fecha estimada para la entente -si prospera-es a finales de junio, principios de julio. Mientras, el gobernador revisa algunos frentes de conflicto que se le complicaron en el último mes.
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1) No le cayó bien para su proyección nacional haber perdido en la interna de Río Negro, donde auspició -luego de viajar varias veces a la provincia-a una línea interna del PJ que fracasó en el intento. Ahora le toca negociar con los ganadores, lo cual no es imposible en la tradición histórica del peronismo. Imagina otras frustraciones como la de Jorge Yoma en La Rioja, tierra que visita en bordes sanjuaninos para evitar problemas. Debe admitir que su política de pactos con los colegas partidarios del interior no ha sido redituable para su interés. Desatención o demasiada responsabilidad cedida al mendocino Juan Carlos Mazzón, quien siempre merodeó a Carlos Corach, uno de sus intelectuales preferidos.
2) Se embarró su relación con Eduardo Duhalde, quien ha pronunciado dos frases que jamás desmentirá. Una: «Habrá que ver en el futuro quién puede ser el candidato del justicialismo. Si las encuestas favorecen a Ruckauf o a De la Sota». Antes jamás mencionaba al gobernador cordobés, debe verse esa expresión como un duro golpe para quien se considera «candidato natural», frase que, curiosamente, utilizó con escaso éxito el propio Duhalde. El pleito con éste se agigantó cuando algunos intendentes se quejaron ante Hilda de Duhalde porque no los atendían en La Plata. Era la gota que faltaba para que esta mujer incrementara su disgusto latente con el gobernador. Ahora no hay forma de morigerarla y su esposo tampoco la contradice, como es habitual en todos los esposos. Además, Duhalde ha recuperado cierto vuelo propio con su postulación a senador -las encuestas lo favorecen nítidamente frente a Raúl Alfonsín-y ha comenzado a suponer que también él, si gana con holgura en la provincia, puede incorporarse al lote de presidenciables del PJ. De ahí la segunda frase: «Después de las elecciones veremos qué se hace». Mientras arregló el pacto con Chrystian Colombo, a Ruckauf lo enviaban al ostracismo.
3) Con quien habla desmiente que él hubiera propiciado desbordes sociales y un estado de inestabilidad para lograr la renuncia del Presidente y que, luego se llamara a elecciones (de modo que él pudiese ser beneficiado como candidato alternativo por su buena ubicación en los sondeos), cuestión que introdujo con bastante saña y no menor repercusión la diputada Elisa Carrió. Conviene señalar que esa especie fue aceptada por buena parte de la sociedad política y le produjo enorme daño.
4) Ruckauf le ha confesado al gobierno De la Rúa -y a otros interlocutores-su pésima experiencia con Hugo Moyano, el belicoso sindicalista. No le creen demasiado, pero él sostiene que lo asistió al dirigente camionero en algunas cuestiones de la provincia, pero que éste se desmadra con demasiada facilidad sin advertir la envergadura de la crisis. Como si no fuera alguien de quién fiarse. Promete entonces inclinarse por otros interlocutores gremiales y no sería extraño que en las próximas horas se reúna con la CGT tradicional en el gremio gastronómico. Frente a estas muestras de concordancia, igual el gobierno parece descreído y toma como ejemplo que el revoltoso Castells deambula por la provincia casi con custodia y que sólo hace escándalos en la Capital. A Leonardo Aiello, el hombre que destacó De la Rúa o se autoproclamó como el mediador con todos los peronistas, le han llegado estos mensajes conciliatorios y la conveniencia de que gestione el aval del radicalismo -en el congreso bonaerense-para que se acepte la tercerización del cobro de impuestos en la provincia (una forma de que le ingresaran a Ruckauf no menos de $ 200 millones, vitales en épocas de vacas flacas).
5) También disminuyó su crítica a Carlos Menem, «yo no construyo sobre el odio», dice en obvia y opuesta referencia a alguien de su distrito que mantiene una obsesión negativa contra el ex Presidente. Inclusive, afirma preocuparse por el desenlace de la causa de las armas y la libertad de Menem, al igual que el resto de los políticos. Más bien cree en el procesamiento, pero no en la cárcel.
Abunda entonces en gestos nuevos con la mirada en el futuro compromiso y para no faltar en la fotografía que lo consagre. Advierte que sus anteriores pasos no del todo acertados, le abrieron camino a que José Manuel de la Sota, quizás su máxima preocupación política, ocupara un gran espacio en el escenario nacional. Mucho no ha cambiado el país -sigue siendo más riesgoso que el Perú de Alan García aún con el trío De la Rúa-Cavallo-Rodríguez Giavarini-, pero tal vez la salida no sea la que imaginó algún encuestador que le sugirió apresurar los tiempos. Ahora camina mirando los baches.
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