La manifestación comenzó a la mañana sobre el Puente Pueyrredón, que une la provincia de Buenos Aires con la Capital Federal, donde se apostaron los distintos movimientos de piqueteros dispuestos a marchar hacia el centro porteño. Al mediodía, las columnas toparon con la custodia policial, dispuesta en hileras por más de cuatrocientos efectivos, una escena que duró hasta el atardecer, cuando el sol insistía sobre el camino y la sensación térmica trepaba los 30 grados. Las dos partes parecían protagonizar así una guerra estática de resistencia al calor; con menos defensa, en este caso, los policías de casco y chaleco antibalas, acompañados del malhumor de sus perros (en primera fila) que hasta rasgaron con su dentadura la camisa de un cronista.
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Al frente de los piqueteros permanecían, con imparables celulares, legisladores porteños de la izquierda: Vilma Ripoll y Patricio Etchegaray (Izquierda Unida), Jorge Altamira (Partido Obrero), junto con su dirigente de piquetes, Néstor Pitrola (Polo Obrero), y Alexis Latendorf (curiosamente más apaciguado que en las sesiones), a los que se les sumaron Patricia Walsh y el anticandidato Luis Zamora.
Detrás de esos funcionarios, una variedad de grupos de desocupados, cuyas pertenencias políticas cambiaban tanto como sus vituallas. Hubo encapuchados, portadores de palos de distintos elementos (madera, caños, cañas) y changarines que en carros de supermercados conducían fideos y cacerolas, dispuestos a acampar en la Plaza de Mayo, como lo hacía anoche un grupo.
No fue fácil para la Policía, que resistió todo tipo de cánticos en su contra a la par de la sensación térmica que ascendía dentro de sus uniformes.
El puente quedó convertido así, por largas horas, en un camping que alojó mayoría de jóvenes y adolescentes, junto con familias completas con niños incluidos, pequeños y bebés, en un clima que llegó a picos de tensión ante la firmeza del gobierno de dejar pasar a los manifestantes sin que sean revisados.
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