Nunca se le escuchó la voz. Ni preguntas, ni aportes, ni cuestionamientos. Sólo un breve acto de presencia, sentado, en la medida de lo posible, cerca de la puerta para pasar inadvertido y emprender una prudente retirada en caso de polémica. En la sede partidaria peronista de Matheu 130, los demás miembros de la mesa directiva del consejo nacional recuerdan que lo más común era verlo dentro de la jaula del ascensor que lleva de la sala de reuniones del segundo piso al garaje. Siempre yéndose.
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Ese fue, en los años 90, el desempeño de Néstor Carlos Kirchner como consejero nacional del Partido Justicialista y miembro de su mesa directiva. Eran los tiempos durante los cuales el menemismo hegemonizó el partido pero, a diferencia del período presidencial 2003-2007, el PJ estuvo siempre normalizado. La mesa directiva se reunía semanalmente o cada 15 días. Carlos Menem presidía el partido, pero prácticamente no participaba de su funcionamiento. Esa ausencia facilitaba la discusión en el ámbito directivo, integrado por todos los gobernadores peronistas, los jefes partidarios de los distritos en manos de la oposición y otros dirigentes; 24 en total. Sin embargo, Kirchner prefería expresar su disidencia por los medios o bien juntándose a comer con los matrimonios Duhalde y Cavallo; por separado, obviamente.
El mismo operador con el cual busca hoy controlar la normalización del partido, Juan Carlos Mazzón, era quien prestaba oídos a las lamentaciones y reclamos del gobernador patagónico, para luego retransmitírselas a Carlos Corach, el entonces ministro del Interior e interlocutor político de todos los heridos del menemismo, que hacían catarsis en su despacho.
Al hombre no le gusta el cuerpo a cuerpo, es evidente. Durante su presidencia, sólo se lanzó al ataque resguardado por la investidura o la distancia, tanto institucional como física. Ahora que le toca a él poner su impronta en el partido, sigue fiel al estilo de evitar discusiones.
En noviembre de 1997, Kirchner negó los rumores de que se iría del partido y sostuvo que su propósito era «fortalecer el espacio progresista» de éste. Pese a este reconocimiento de la existencia de matices en el peronismo, hoy parece inclinarse más bien por una fuerza homogénea y, sobre todo, jibarizada.
Generalmente, los planes de ajuste están asociados a la privatización. Sin embargo, en el caso de las intenciones oficiales respecto del PJ, tenemos una curiosa combinación de achicamiento con estatización. El consejo nacionaldel partido, hoy de 110 miembros, quedará reducido a menos de la mitad.Y la mesa chica, es decir, el lugar en el cual el santacruceño deberá sentarse en condiciones de cierta igualdad con otros dirigentes, tendrá apenas 10 o 12 miembros, contra los históricos 24. Con lo cual, hasta los gobernadores peronistas, antes miembros de la conducción por derecho propio, dependerán del dedo de Kirchner; no habrá lugar para todos si se incluye representación gremial y a algunos operadores confiables.
Kirchner no quiere sorpresas en esta normalización que debe hacer del PJ la plataforma del lanzamiento de su candidatura en 2011.
Que no se cuele ningún díscolo, porque no hay muchos argumentos sólidos para sostener una discusión con alguien que no esté atado por condicionamientos institucionales. «Cada militante lleva en su mochila el bastón de mariscal», decía el fundador del Justicialismo en lo que era casi un mandato. Por eso hay que reducir los riesgos al mínimo.
Desactivados el lavagnismo y el duhaldismo (en ciertos casos encarnados en las mismas personas), quedan algunos conatos de rebeldía, como el de Ramón Puerta o Francisco de Narváez. Pero detrás de algunos de estos amagos, se esconde la intención de negociar un trueque: la minoría de los cargos partidarios a cambio de aportarle legitimidad a la entronización de Kirchner como presidente del PJ, participando de las internas. Con toda lógica, éste replica: gánenselo o síganme. Lavagna ya optó por lo segundo, convencido quizá de que la unidad con Kirchner los blinda a ambos contra la vocación de fiscal de la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió.
Resta ver qué harán los demás. En particular el único dirigente en condiciones de reunir por sí mismo esa minoría -siempre y cuando haya transparencia en los comicios-que es el gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá.
El reciente ejemplo de Ricardo Alarcón, poderoso miembro de la nomenclatura cubana, puesto públicamente en aprietos por un estudiante, debe haber afirmado al ex presidente Kirchner en su decisión de no dejar nada librado al azar. El video donde se ve al presidente del Parlamento de Cuba balbucear respuestas improvisadas ante un joven que le hace sencillas preguntas sobre injusticias del régimen -las restricciones para viajar, navegar por Internet o la existencia de una doble moneda-deja una lección: que una sola pregunta, siempre que esté formulada por una conciencia libre, puede hacer crujir los cimientos de cualquier sistema si la disciplina que lo informa se basa en la fuerza del aparato antes que en el consenso.
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