27 de agosto 2001 - 00:00

La "nueva política" debutó con dedazos y expulsiones

Elisa Carrió expulsó de su fuerza a los que se quejaron porque armó a dedo la lista de diputados. Aníbal Ibarra no dio internas en su Frepaso: convocó el día del cierre de listas a un congreso para nombrar candidato a senador. Puso a su hermana, Vilma. Luis Farinello dice que "las listas las hago yo mirando a los ojos a los candidatos". Estos dirigentes se proponen renovar la vida pública, inaugurar una "nueva política". Salvo en el momento de armar las listas, casi la única oportunidad que tienen de practicar lo que predican.

El consenso que reúne entre los políticos la idea de refundar la propia actividad sobre reglas de juego más abiertas, transparentes y participativas es llamativo y, si se quiere, conmovedor. Hasta al legislador más improductivo se le puede arrancar un proyecto para establecer las internas abiertas, finalizar con la lista sábana, promover el voto uninominal o novedades por el estilo. Lo mismo sucede con los ministros del Interior desde 1983 en adelante. Son pretensiones que recorren por igual los partidos tradicionales (PJ y UCR) como a las fuerzas emergentes (Frepaso, ARI, Acción por la República, Polo Social), con la diferencia de que estas últimas han hecho de esa reforma en las costumbres casi su principal razón de ser. Tanta es la pasión por esa empresa que creen haber inaugurado una manera de ejercer su oficio a la que llaman «la nueva política».

Sin embargo, la lucha por el poder es una tarea de orden práctico, no meramente académica. Por eso resulta interesante observar a los políticos en uno de los momentos culminantes de su actividad: cuando se produce el cierre de las listas electorales. Es decir: cuando se decide sobre el corazón del oficio, a saber, quién tiene derecho a ser electo y participar del poder y quién quedará afuera. Sorprende, por no decir que alarma o decepciona, qué lejos están los métodos que se aplican de aquellas declaraciones de principios. Sobre todo en los partidos que venían a abrir una nueva era de pulcritud y juego limpio.

Malabares

Que Rafael Pascual haya hecho malabares para entrar en la lista de diputados de la que quedaba excluido por una prescripción de la carta orgánica (que prohíbe que alguien sea reelecto si en la interna no obtuvo más de 50% de los votos) no debería sorprender: pertenece a un partido de más de 100 años que, por eso, se supone cobija todas las mañas de la política criolla. Hasta se podría sostener que esa rigidez de la ley interna del radicalismo tiene algo de ridículo y que el Congreso y el gobierno se privarán de una espada principal por culpa de una formalidad. Es cierto que Pascual fue llevado a esa circunstancia por la impericia de algunos (Pedro Calvo y su inseparable Rodrigo Andrade) de sus correligionarios y la excesiva osadía de otros (Roberto Vázquez y Juan Carlos Farizano). Aníbal Ibarra se excusó de apoyarlo diciendo que «no puedo bajarla de la lista a la (María Elena) Barbagelatta» argumento más ofensivo que decir, sencillamente, «no quiero». Raúl Alfonsín, cuando fueron a pedirle una gestión en favor del presidente de la Cámara, fue igualmente sinuoso: en vez de persuadir a Ibarra y cerrar el acuerdo no tuvo mejor idea que consultar con los sectores más bochincheros del partido para que objetaran lo que le venían a pedir. Más «Vizcacha» que nunca. Pascual, que pensaba ocupar el tercer lugar de la lista radical (5º de la de la Alianza) dejó libre ese puesto; fue entonces cuando Calvo recordó la ley de cupo y adjudicó la vacante a Sandra González, no a Agustín Zbar quien pagó, por ser varón, el costo que no iba a pagar el presidente de la Cámara por el mismo motivo (ver nota en pág. 15).

Si Pascual no perteneciera al radicalismo y militara en el ARI de Elisa Carrió no hubiera enfrentado tantos problemas. Allí la diputada decide a dedo según la inspiración de cada momento. En Buenos Aires, por ejemplo, resolvió que era una conducta fascista la de Federico Storani al expulsar de la UCR a Jorge Barrachia, intendente de Trenque Lauquen, por sumarse a las filas de la diputada. Carrió renunció a ser delegada al Comité Nacional y quizá haya tenido razón: Storani siempre estrena los cargos con medidas autoritarias y que lo recuerden si no los correntinos, que pagaron con sangre su llegada al Ministerio del Interior. Sin embargo, lo que no podía esperarse de «Lilita» después de esa queja libertaria es que ella misma expulsaría del ARI a un grupo de radicales entrerrianos porque se quejaron, este fin de semana, de que ella hubiera puesto a dedo en la cabeza de la lista de diputados al radical Juan Domingo Zacarías. Claro que para la vehemente legisladora ha de haber arbitrariedades buenas y malas, según seamos beneficiarios o víctimas de ellas.

Corazonada

De Carrió, que podría haberse esperado un juego de poder más abierto, no se pudieron obtener siquiera internas: armó sus listas como lo hacían los caudillos del siglo XIX. O como le gusta al padre Luis Farinello, cuando mira a los ojos a cada candidato y resuelve su lugar en la lista según la corazonada que le produce la imagen. Es una pena que otro «renovador» haya operado de manera igualmente inquietante. Aníbal Ibarra, prócer de la ola de purificación que se promete, convocó a un congreso del Frepaso 10 horas antes de que cerraran los plazos para presentar la oferta partidaria e hizo postular como senadora a su candidata quien, ya en una sobredosis de «nueva política», es además su hermana. Ni «Ramoncito» Saadi en sus buenos tiempos obtuvo tanto acatamiento del PJ catamarqueño como el alcalde consiguió de su propia fuerza.

Arcaicos y egocéntricos, estos reformadores vuelven casi virtuosas algunas conductas que, en otro contexto, llamarían a espanto. Como la transferencia a la liga de Carrió de Mario Cafiero, despechado porque Eduardo Duhalde (con quien negoció hasta último momento) no lo bendijo con su dedo. El mismo Duhalde a quien su padre Antonio sirve de suplente y pretende heredar en el Senado -«que parezca un accidente» bromean en su casa-y a quien «Juampi» quiere secundar cuando abandone la Alianza o, mejor dicho, le quiten el cargo de ministro, lo único que lo retiene al lado de De la Rúa.

Dejá tu comentario

Te puede interesar