19 de octubre 2006 - 00:00

La organización, mezcla de insensatez y mala fe

«Pero muchachos, no va a pasar nada», dijo Gerónimo Venegas, echándose hacia atrás en la silla.

«¿Y si viene Pérsico con los de la jotapé, o si aparecen los de Quebracho?», le preguntó un delegado sindical.

«Les digo que se queden tranquilos: esto va a ser una fiesta peronista», insistió el jefe de «las 62».

Distendido, de sobremesa, intervino Omar Viviani, encargado de la seguridad del traslado y del acto posterior en la quinta de San Vicente.

«Está todo controlado: hasta con los muchachos del sindicato de televisión vamos a manejar la señal de TV para que el mundo vea la imagen que nosotros transmitimos», se ufanó el taxista de esa picardía.

En silencio, Hugo Moyano sonreía pitando un cigarro. Quizá fantaseaba con el día después de un acto que, en su ensueño febril, devolvería a los gremios la propiedad del peronismo y, como tal, lo habilitaría a reclamar bancas en el Congreso y, por qué no, un ministerio.

Nada de eso ocurrió: los desmanes en la quinta de San Vicente destruyeron la ficción que se quisieron construir los jefes gremiales. Ahora, solos y golpeados, a los caciques les espanta la posibilidad que el 17 de octubre de 2006 marque el fin de una etapa. La suya.

Olfato o prejuicio, algo entrevió Néstor Kirchner que ayer, en privado, culpó a los organizadores de la ceremonia que empezó festiva y terminó caótica. «Yo les dije que no lo hagan», contó el Presidente en una charla que mantuvo con Felipe Solá en la Casa Rosada.

Un rato antes, el gobernador había recorrido la quinta de San Vicente junto al titular del Instituto Cultural, Alberto Hernández, para relevar las consecuencias de los desmanes. Luego analizó con Kirchner y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, aquellos hechos.

Allí, Solá recordó que días atrás se topó con una muralla gremial. El viernes almorzó en UATRE con Moyano, Venegas, Viviani y el senador Antonio Arcuri. Allí, el taxista atropelló al gobernador: «Ustedes no se metan: nosotros tenemos 4 mil personas para hacer seguridad».

También Aníbal Fernández, que conocemucho y bien al camionero, fue testigo de la desidia de los gremios. El ministro del Interior fue el funcionario nacional de más rango que orbitó en torno a la organización. No supo o no quiso quebrar la cerrazón de los sindicatos. En cualquiera de los dos casos, fue un error del ministro.

El jefe de la Policía Distrital de San Vicente, José Torres, fue otro de los apartados por los gremios: el uniformado aseguró, y lo haría ante la Justicia, que Viviani le dijo que no querían «cacheos» ni detectores de metales en los accesos a la quinta.

  • Suficiencia

    La suficiencia de Venegas y Viviani se sostenía sobre una presunción: el acto sería masivo y festivo, lo que tendría réditos para los organizadores. Por eso, «dueños» del cadáver, la CGT y «las 62» excluyeron a todos para no coparticipar los supuestos laureles.

    Luego de los tiros, las pedradas y los más de 60 heridos, la ecuación se invirtió: la soledad que imaginaban en la victoria fue más soledad en medio del caos.

    Kirchner y Solá se bajaron del acto, y con ellos lo hicieron intendentes, legisladores y ministros.

    La noche del escándalo, en la quinta de San Vicente, Venegas escuchó la quejas de sus colegas del PJ de Buenos Aires.

    Estaban Arcuri, Graciela Giannettasio y José María Díaz Bancalari, entre otros. «¿Y qué quieren?: yo no manejo la Policía», se atajó.

    A la incompetencia de los gremios para garantizar un acto tranquilo, se sumó la curiosa inacción policial. El Ministerio de Seguridad dijo ayer que por ser un evento privado, a pedido de la organización, la Policía Bonaerense no intervino en los operativos.

    El argumento que difundió ayer León Arslanian incurre en un doble error:

    1) la quinta museo de San Vicente es, por ley, propiedad de la provincia de Buenos Aires y está bajo su control y cuidado.

    2) La seguridad, más allá que el ministro sea un experto en gambetear las crisis, es una función indelegable de su cartera y de la Policía que está bajo su mando.

    ¿Por qué no controló los colectivos que viajaron desde La Plata con militantes de la UOCRA de Juan Pablo «Pata» Medina, conocido como un dirigente conflictivo que comanda una tropa violenta? Quizás Arslanian pensó con la lógica Venegas: «Perón nos une».
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