La verdadera estafa con el megacanje
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Domingo Cavallo
Desde que en abril de 1792, los comerciantes de la ciudad de New York suscribieron el Buttonwood Agreement y crearon la Bolsa, ésta ha tratado de evitar defaults o reestructuraciones de deuda para cuidar del mercado de capitales más grande del mundo. De las crisis de los años 1857 a 1907 y del «crack» de 1929 aprendieron que no se puede regular el «capital» de los mercados para evitar el riesgo sistémico, sino la claridad de los contratos que instrumentan las operaciones concertadas, aunque sean bonos de un mismo Estado. Los bancos contratados debían, en primer lugar, convencer a los tenedores de los bonos (que no eran ellos), mediante una persuasión diferente de la utilizada por Roberto Lavagna años más tarde. Además, tenían que movilizar su estructura para que en la fecha de cierre los instrumentos a ser canjeados estuvieran en manos del agente. Por último, debían entregar las nuevas obligaciones a los tenedores, aunque unos meses más tarde el gobierno argentino los dejara en un limbo jurídico, que se mantiene hoy. Cualquier suma que los bancos de inversión hayan percibido no les compensa el dolor de cabeza de haber expuesto su prestigio.
Los denunciantes creen que u$s 30 mil millones se pueden canjear con llamados por teléfono y que los bonos se mandan por correo. Pero lo peor es que la Cámara Federal también cree en ese argumento. Rudolf von Jhering señalaba en su obra que a los legisladores se les puede perdonar su ignorancia, pero a los magistrados no. Editado en 1904, «Jurisprudencia en broma y en serio» puso en ridículoal sistema alemán de fines del siglo XIX que se oponía, mediante regulaciones y fallos abstractos, a la revolución industrial. Es una crítica profunda a la intervención estatal en la economía y en la libertad dirigida a los burócratas que, con un «fumus» de solemnidad, deformaban los principios del Derecho hasta entronarlos en el ridículo cielo de los conceptos carentes de practicidad. Lo que parece decir la Justicia es que no vale la pena ni siquiera cumplir con las formalidades si el sistema político es capaz de repudiar la deuda.
Habría que pensar en la reestructuración de deuda del gobierno actual. El Banco Central no intervino para no «quedar pegado» en el default. El Congreso sólo recibió una elevación del Poder Ejecutivo Nacional por la negativa: el PEN no acudió al Congreso a buscar una autorización explícita para pagar la deuda en default en positivo, sino para no abonar la de los tenedores que no aceptaran ese canje. La sombra de la intervención judicial se cierne sobre el gobierno saliente si a cualquiera se le ocurre formalizar una denuncia en el futuro. Como bien señala la Ley de Murphy, nada es tan sencillo como parece a primera vista. Hay algo trágico que siempre se oculta.




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