29 de noviembre 2005 - 00:00

Lavagna lo buscó

A Domingo Cavallo, el 26 de julio de 1996, Carlos Menem lo sacó cuando el ex titular de Economía no lo esperaba ni lo quería. El caso de Roberto Lavagna es distinto. Se va con agrado y cuando lo ambicionaba. Tienen otro rasgo distinto: cuando sacó a Cavallo Menem ni tenía idea de reemplazante. Fue un arrebato porque lo cansó el cordobés con sus planteos. Tan sorpresivo fue que el entonces secretario de la Presidencia, Eduardo Bauzá, tuvo que salir de apuro a encontrar un ministro de tan importante área. Consultó a Roberto Alemann, que se excusó rápido; luego a Miguel Angel Broda, que pidió tiempo de meditación y no gustó, hasta que Bauzá lo propuso a su primo Pedro Pou, entonces vicepresidente del Banco Central. Pou dijo no y propuso al presidente de la entidad, Roque Fernández, a quien Pou pasó a sustituir cuando asumió como ministro.

Néstor Kirchner operó aquí distinto. Meditó el cambio desde hace 35 días, desde el 23 de octubre tras los comicios, y con un esquema que se reflejó ayer: el ministro de Economía será el propio presidente representado por su alter ego, el ministro de Planificación Julio De Vido, más una «ministra de Economía», Felisa Miceli, con el área a su cargo reducida con relación a la que tenía Lavagna (que apenas asumido los pingüinos ya le sacaron varios sectores, algo que desagradó al hoy desplazado). Miceli podría ser una ministra de cuidados y gestiones sin suponérsele ninguna de las reacciones rebeldes que mostraba Roberto Lavagna.

Se la considera poco figura para sustituir al obligado a renunciar. O una sorpresa, porque en su paso por el Banco Nación no tuvo detonancias abiertas. Su frase «prefiero la inflación a la paz de los cementerios», en cambio, es para meditar en varios sentidos. Es indudable que el distanciamiento de Lavagna por parte de Miceli, después de haber sido propuesta por aquel para el Banco Nación, agradó a la Casa de Gobierno que empezó a considerarla propia y de confianza.

Además, desde las provincias, como es el caso de los Kirchner, se ama siempre a los titulares del banco estatal.

Roberto Lavagna no fue obligado a renunciar por temor a un contrincante político futuro. El derrumbe electoral del duhaldismo en los últimos comicios ya le había mutilado impulsores políticos clave.

La Casa Rosada no suele ser -sin abundantes fondos públicos detrás- muy perspicaz en pasos políticos y bastaría sólo pensar en la impericia con el «borocotazo». Quizá Lavagna sea ahora mucho más figura con proyección política que antes dejándolo de ministro aunque falten dos años para nuevas elecciones y el tiempo desgasta las expectativas políticas. Se va con declaraciones recientes a su favor de Elisa Carrió del ARI y del surgido y resplandeciente socialista dominador de Santa Fe, Hermes Binner, ambos independientes y poseedores de fuerte caudal político, logrado exclusivamente por sus carismas y sin manejo de ninguna «caja», algo que envidian muchos oficialistas. A su vez, los «críticos» de Lavagna -y hasta hirientes proclamándolo incapaz de dominar la inflación- han sido dos figuras de las más repudiadas en el país, el sindicalista Hugo Moyano y el piquetero oficialista Luis D'Elía. Más mérito para Lavagna el ser agredido por estos especímenes.

• Preferencias

Pero Lavagna se tenía que ir sí o sí. El quería que fuera de esta manera, con pedido de dimisión del Presidente, porque nunca lo haría renunciando y ajar así su imagen pública como la de quien huye cuando comienza a hundirse el barco, en este caso por el peso creciente de la inflación.

Tenía que irse porque iba a ser el «ministro del ajuste» y así tendría que sobrellevar todos los insultos del moyanismo, de los piqueteros, de los sindicalistas y de
Julio De Vido. O era el ministro del agravamiento inflacionario si cedía a lo imposible: que el gasto en obra pública de 6.000 millones de pesos este año subiera a $ 12.000 millones en el próximo como quieren Kirchner-De Vido. Si mantenía el silencio frente a los 1.800 millones de pesos en que a octubre excedieron sus partidas presupuestarias áreas de Planificación de Julio De Vido y si mostraba indiferencia a los exagerados pedidos de aumentos salariales de los sindicalistas. O si consentía lo que le repugna como economista, esto es pensar que un país se puede «ir del Fondo Monetario Internacional». El sabe bien que eso significaría cancelarle 10.000 millones de dólares a ese organismo. Además, si no se está en el Fondo también hay que irse del Banco Mundial, algo que costaría otros 7.000 millones de dólares. Y reducir a la mitad los préstamos del BID. O sea un desastre macroeconómico que sólo puede moverse en cabezas adolescentes del gobierno. Porque además, sin el Fondo como auditor, no llegará inversión extranjera seria porque no hay, en ese caso, certeza del realismo de las cuentas públicas de cualquier país subdesarrollado. Igualmente hoy sin Lavagna y sin el Fondo esas cuentas públicas y todos los índices económicos pasarán a ser sospechosos en la Argentina por no saberse si son verdad.

Nunca le agradó mucho a Lavagna el «nacionalismo financiero» de Kirchner que llevó a pagarle casi 8.000 millones de dólares al Fondo por capital e intereses, desde la crisis de 2001. Pero compartía con el gobierno el tipo de cambio alto.

Tampoco a Lavagna le interesaban los enjuagues financieros de De Vido en Venezuela. Endeudarse con Hugo Chávez para saldar vencimientos con el Fondo es pagar muy caro para cancelar los créditos a la menor tasa del mundo, como es la del FMI. Aparte, introducir en un mercado financiero a un enorme operador, como es el Tesoro venezolano, es permitirle la manipulación. Chávez, nada tonto, ya hizo ventas masivas de títulos argentinos que tiene para efectivizar ganancias y recomprar más barato.

A su vez, si aceptaba todo eso Lavagna pasaba a ser
«el ministro que encaminó el país a una inflación de dos puntos por mes» a partir de lo cual el proceso se torna imprevisible, quizás hacia el alza constante. Triste destino éste también por lo cual que lo hayan sacado más allá del inicial orgullo personal herido será, con los días, una bendición para el ayer desplazado.

No se cree, sin embargo, que
Néstor Kirchner y Julio De Vido conduciendo la economía y con Felisa Miceli de cuidadora de «las cajas» sean capaces de ignorar la temible acechanza del proceso inflacionario. Pero sí es posible creer que hayan sido convencidos que hay otros métodos para enfrentar el alza de los precios sin frenar el gasto público que sólo en octubre, por la demagogia electoral, fue de 600 millones, algo así como 20 millones por día. Escalofriante.

Julio De Vido se ha movido con grupos seudoeconómicos propios que le acerca el secretario de Comunicaciones, Guillermo Moreno. Allí están figuras para desconfiar como Eduardo Curia con 25 años de peronismo tipo populista desde segundos o terceros planos en que siempre militó. Claro, también hay -o hubo- en ese grupo economistas serios como Orlando Ferreres. Y también está allí Martín Redrado, además de la presidencia del Banco Central custodiando la moneda.

Hay que convenir entonces que el desplazamiento de Lavagna no significa con seguridad un desquicio en el manejo económico pero sí es cierto que hay más riesgo cuando el presidente de la Nación se ha hegemonizado a sí mismo, por ahora, y dirigirá todo personalmente con ministros obedientes, ninguno de los cuales se atreverá a las observaciones y a las denuncias que hacía el desplazado.

• Ambigüedad

Lavagna nunca fue querido en el exterior, por la forma de apretar a bonistas, por el congelamiento de tarifas de servicios públicos que afecta a multinacionales y por la ambigüedad en su trato con el Fondo Monetario, aunque en este caso le era bastante imposible concretar siendo un funcionario de un gobierno sin plan económico ni metas presentables de mediano plazo que es como actúa Kirchner.

La imprescindible inversión extranjera se verá más retaceada con el alejamiento de un economista como Lavagna así y asumida la función por quienes no lo son como el caso del propio Presidente. El sueño sería que Kirchner hubiese desplazado a Lavagna para no adjudicarle méritos si espera hacer cosas importantes, como acuerdo sin fórceps de precios con promesa de no conflictos de Hugo Moyano.

La imagen general que dan estos cambios en el gabinete nacional, sin embargo, no ayuda a mejorar la impresión interna y externa del gobierno. En lo interno los empresarios se sentirán molestos por la partida del titular de Economía aunque no lo vayan a decir públicamente. También por la indefinición en que aparenta caer la conducción macroeconómica en la Argentina. Claro, siempre quedan esperanzas. Por empezar, los sojadólares no cesarán y son ajenos a este cambio en el Poder Ejecutivo.

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