2 de noviembre 2006 - 00:00

Limita Lavagna armado de un bloque anti-K

La anécdota reza que cuando -todavía como ministro- Roberto Lavagna despotricaba contra el «noventismo» y el «setentismo», categorías que cuestionaba por igual, Néstor Kirchner le recomendaba que castigue a los 90 de Carlos Menem pero no se ensañe con los 70.

El Presidente no logró convencerlo. Ahora, no sólo fuera -sino también crítico- del gobierno, Lavagna retoma aquellas distinciones para advertir que no se sumará a ninguna aventura que tenga como objetivo único enfrentar en elecciones a la Casa Rosada.

«Fue una derrota muy dura para el gobierno pero el que ganó el domingo fue (Joaquín) Piña», evaluó el ministro en una charla con sus colaboradores. Y dio un paso más: «Que no aparezcan ahora los protagonistas del noventismo a querer colgarse del resultado de Misiones».

El mensaje, innominado, parece tener más de un destinatario. Apunta, sobre todo, a Ramón Puerta -que respaldó al obispo-, pero también puede extenderse al neuquino Jorge Sobisch, a Ricardo López Murphy o a Patricia Bullrich.

Ese coro festejó el «urnazo» de Misiones y se lanzó a la utopía -Puerta lo dijo antes de la votación, incluso- de formar un «megafrente» opositor y se sucedieron, a los gritos o en letra molde, los llamados para enhebrar un conglomerado que nuclee a la oposición.

  • Límite

    Pero en medio de esa euforia, Lavagna puso un límite.

    «No vamos a participar de un rejunte anti-K» es la consigna sobre la que decidió moverse el ex ministro. Es un mensaje preciso: no aceptará plegarse a un armado que amontone a actores de distinto color y pelaje sólo unidos para competir contra Kirchner.

    En los hechos, supone un traspié para los sectores que impulsan la conformación de un megafrente opositor que englobe a Lavagna, Mauricio Macri, Jorge Sobisch, Juan Carlos Blumberg, el radicalismo crítico y el peronismo disidente. Es decir: el no-kirchnerismo.

    Pero ante sus íntimos, el ex ministro deslizó algunos vetos. No fue necesario que dé nombres y apellidos porque los gestos y las señales indican que, para empezar, ni el peronista Puerta ni Sobisch forman parte del esquema que más agradaría a Lavagna.

    Sobre el misionero sobrevuela una sospecha odiosa entre los peronistas que escoltan a Lavagna: le enrostran que quiere ordenar el PJ disidente no porque piense que «lo de Kirchner no es peronismo» -como dicen ellos- sino para luego «negociar» con el patagónico.

    Desde otro lugar, Lavagna observa desde lejos la crisis de la UCR y se despega de Raúl Alfonsín. El ex presidente se atribuye ser uno de los artesanos de la candidatura no oficial del ex ministro, pero hace tiempo, se asegura, que no hay diálogo entre ambos.

  • Autonomía

    Hubo, hace poco, un cruce a la distancia. Desde San Justo, Alfonsín le pidió que lance cuanto antes su candidatura, pero 24 horas después, el ex ministro le respondió con rigor: «A mí nadie me maneja los tiempos», frase que acuñó como gesto de autonomía.

    De todos modos, a pesar de rehusar compartir una mesa grande y difusa con algunos dirigentes de la oposición, Lavagna propone extender la experiencia Misiones como una cruzada contra los planes para imponer reelecciones, como ocurre en Jujuy, Buenos Aires y Corrientes.

    «Deben ser una defensa de la institucionalidad, pero no un movimiento contra Kirchner. Si luego el Presidente decide acompañar a un gobernador que como Solá quieren forzar la Constitución, habrá sido él quien tomó posición», traducen a Lavagna.

    ¿Cambia el resultado de la elección misionera, con el fracaso estruendoso del oficialismo, el cronograma que Lavagna guarda en extrema reserva? La respuesta es terminante: no. Críptico, se reserva fecha y momento mientras programa rondas por el interior del país.

    Puede, sin embargo, que la derrota del gobierno haya despejado un poco más el camino, que parece irreversible, hacia su postulación presidencial. «Todavía no lo es, pero no hay nada que indique que no vaya a ser candidato», dicen muy cerca del ministro.
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