Llevan hoy a los Kirchner a que recorran La Matanza
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Néstor Kirchner ayer junto al intendente de Campana, Buenos Aires, Jorge Varela, exhibiendo un afiche que recuerdaal asesinado obispo de La Rioja, Enrique Angelelli.
«Por las versiones sobre un enojo de Alberto que no es tal, el acto se va a hacer mañana» explicaron ayer desde La Matanza para desmentir que el intendente haya faltado al mitin de Cristina en Berazategui molesto por gestiones reservadas entre kirchneristas y duhaldistas.
¿Escuchó el Presidente a los asesores que le recomiendan bajar el tono de confrontación con el duhaldismo? No es cariño a Duhalde lo que motiva esas sugerencias, sino la percepción, que ya reflejan algunas encuestas, de que la saña que destila Kirchner puede terminar dañando su propia imagen.
Ayer, de visita a Campana, tierra felipista donde manda Jorge Varela, no tuvo por lo pronto el nivel de belicosidad que había reflejado días anteriores cuando, por ejemplo, llegó a acusar a su ex socio Eduardo Duhalde de «vender» la provincia de Buenos Aires.
El libreto, más positivo que otros, se focalizó sobre los avances de su gestión como presidente. Apenas, hasta con cierta cordialidad, refutó a Chiche Duhalde cuando sostuvo que los derechos humanos «no son algo que se pueda dejar atrás».
En su lanzamiento como candidata a senadora, el 9 de julio pasado, la ex primera dama le había recomendado al Presidente que deje «el pasado a la Justicia y la historia», referencia que también remontó Cristina Fernández cuando ficcionalizó qué postura tendría Eva Perón si viviera.
Como Kirchner bajó el tono, también sus principales voceros moderaron su ímpetu. Alberto Fernández, el termómetro más sensible para prever la conducta presidencial, limitó el revuelo electoral a que cada uno marca «diferencias de estilos, de opiniones y de visiones».
También Aníbal Fernández se aplacó. En octubre, «la gente va a tener que elegir qué país quiere», imaginó el ministro, y encontró a su amigo José María Díaz Bancalari planteando que el gobierno no debería «usar tiempo y recursos en otras cuestiones que no son las cotidianas que se demandan».
Hasta Felipe Solá, batallador pro ruptura, apagó sus pasiones. «Con el gobierno de (Néstor) Kirchner y del mío en Buenos Aires se dejará de hablar del aparato que es la verticalidad, la lapicera, la lista sábana, no hacer nada si el jefe no lo dice, y someter al Estado al caudillismo» dijo.
Desde el duhaldismo, en cambio, Eduardo Camaño siguió escaldando la disputa con el gobierno. «En cada discurso, el Presidente dice que quiere diputados leales. Lo grave es que ahora tiene 129 diputados leales, pero después (de los comicios de octubre) tendrá 80 leales», advirtió.
También aportó combustión Mabel Muller, quien acusó a Kirchner de pretender «romper el peronismo».



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