Que Alberto Fernández y Ricardo López Murphy se hayan encontrado una tarde para debatir, delante de unas 150 personas, sobre el destino del mundo y que esa reunión no haya sido ocasión para un duelo sangriento es, de suyo, una noticia relevante en un país que desde hace un tiempo vive crispado por el encono y la incomunicación. La excusa para esta novedad la proporcionó el libro de Guillermo de la Dehesa, «Globalización, desigualdad y pobreza» ( Madrid: Alianza, 2003), que se presentó en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) el martes pasado. Los organizadores habían previsto algún reproche altisonante y hasta malos modales. Por eso confiaron el experimento al «savoir faire» de Felipe de la Balze, secretario general de la institución que aceptó con valentía el rol de moderador.
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No hizo falta tanto arrojo: «Parecía una de esas sociedades de debate de Oxford», atestiguó un diplomático para definir la elegancia y simpatía con que los dos expositores cambiaron ideas. A pesar de que no evitaron marcar la distancia que los separa, sobre todo en relación con la cuestión que, ese día, era motivo de la única polémica, la relación con el Fondo Monetario Internacional.
Comenzó la tenida con una presentación de De la Balze, quien caracterizó al autor: un español de gran calidad, quien por haberse desempeñado como académico, funcionario y hombre de negocios se convierte en la figura ideal para analizar un macrotema como la globalización. En efecto, el invitado es académico, se desempeñó como gerente general del Banco de España, fue viceministro de Finanzas de su país, vicepresidente de Goldman Sachs para Europa y escribió en 2000 un bestseller en lengua española sobre economía internacional, « Comprender la globalización».
De la Dehesa expuso las ideas centrales de su libro y permitió, de esa manera, que Fernández y López Murphy se entretuvieran más tarde con un tema que, acaso, sea el más importante para la política: saber si el mundo está bien hecho o, dicho en otras palabras, si libradas las fuerzas de la sociedad y la historia a su libre desenvolvimiento la humanidad mejora o, en cambio, la vida en la Tierra se vuelve menos tolerable. Segunda sorpresa: hace tiempo que dos argentinos de gran figuración no muerden, al menos en público, un tema de esta dimensión. De la Dehesa se ubicó primero, con la reseña de su trabajo, en la fila de los que creen que sólo cabe confiar en que, sin intervención alguna sobre el curso de los acontecimientos, la situación mejore. Definióla globalización como un proceso por el cual aumenta el valor de los bienes pero también de las personas. Es cierto, con una cara negra, que hace más fácil la circulación del terror, las drogas, las armas y acelera la degradación del medio ambiente. En el balance general, no hay que dudar: para el autor, la integración mundial creciente no ha traído más que beneficios. Números: «Entre 1000 y 1800 la renta per cápita permaneció prácticamente estancada. Entre 1820 y 1900, la población se duplicó pero la renta per cápita creció 280%. Entre 1950 y 2000, la población se duplicó de nuevo y la renta per cápita creció 900%».
Entusiasta, el español agregó datos sobre aspectos que suelen tocar a la concurrencia de manera más personal. Por ejemplo, la expectativa de vida: «En 1900 era de 29 años promedio para la población de todo el planeta y de 40 años para los europeos; hoy es de 67 años promedio para toda la humanidad. Nunca se vio una evolución semejante». Matizó De la Dehesa, eso sí, con algunas sombras. El aumento de la desigualdad, por más que «los que más se quejan por la globalización son los pobres de los países ricos, que son los que forman los movimientos de impugnación; los pobres de los países pobres, con la caída del precio del valor de muchos productos de consumo básico, se benefician».
• Barreras
Otra deficiencia, las barreras todavía impuestas al comercio y, sobre todo, al movimiento de la mano de obra. Aunque el estudioso hizo notar un balance entre una y otra restricción: «Allí donde existen más subvenciones al agro y, por lo tanto, mercados más cerrados, es donde más flujo migratorio se registra. A menor libertad de comercio, más migración».
Dejó una pregunta final, inquietante, De la Dehesa: ¿cómo será el juego en los próximos 50 años? «Para 2050, la población pasará de 6.100 a 9.300 millones de personas; habrá 3.300 millones más en los países pobres, pero 100 millones menos en los países ricos».
López Murphy se mostró cómodo con el «hiperoptimismo» del autor. «Me recuerda a Nicolás Avellaneda.» Se abrazó también a algunos ejemplos para justificar por qué es un «liberal», como se definió: «Los países pobres son los menos libres; la libertad de comercio se ha mostrado mucho más eficiente para el crecimiento que la sustitución de importaciones; hoy nos beneficiamos con el precio de algunos productos primarios pero si comparamos esos precios con los de 1975, veremos cuánto decayeron. La tonelada de soja debería estar costando hoy u$s 1.200 y la de trigo, u$s 600». Sin embargo, el ex candidato a presidente también admitió un claroscuro. Confesó: «Soy liberal en todo menos en un tema, que es el de las migraciones. No hay política social capaz de ser financiada si la migración es irrestricta». Después retomó el hilo y, en el borde del desafío al jefe de Gabinete, aconsejó «no decir que los '90 fueron una mala década».
Al final, López Murphy cayó en la cuestión del Fondo, con una metáfora que sería después aprovechada por su contrincante. Habló del flujo de inversiones, «ahora suspendido por el default» y, a propósito de esos movimientos de dinero, apeló a una metáfora propia de quien difunde su imagen dando brazadas en el agua escondido detrás de una escafandra: «La gente se aleja de la costa por una razón sencilla: porque hay guardavidas. Si no hubiera guardavidas, nadie nadaría más allá de la orilla».
Alguien advirtió que Fernández anotó ese concepto. Pero no lo utilizó enseguida. Prefirió comenzar con una broma: «Me preocupa coincidir en algunos aspectos con Ricardo López Murphy». Pero el público se quedó en ascuas respecto de esas coincidencias porque enseguida el jefe de Gabinete marcó distancia. «Lamentablemente, el mundo no es tan lógico ni tan ético como lo pinta el libro de Guillermo de la Dehesa.» Y para demostrar la paradoja, recurrió a un ejemplo casi doméstico, «el caso del pollo al que todos los días, 364 veces, la mano del hombre le pone maíz en la jaula para que se alimente y engorde. A tal punto que termina encariñándose con el sistema sin advertir que el día 365 quien lo nutría lo mata para comerlo». Con pasión centroizquierdista, el doctor Fernández sentenció: «No hay un mundo, que funciona armónico. Hay dos mundos, el mundo de los ricos y el mundo de los pobres; pero eso no quiere decir que la globalización sea la causa de todos los males. Sí es cierto que tendríamos que haber tenido otra inteligencia para entrar en ella y acceder a una modernidad menos unidimensional». Fernández y López Murphy dejaron claro, de nuevo, que existen dos sensibilidades: una para crear riqueza, la otra para distribuirla.
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