"¿Dónde está el Presidente? ¡De vacaciones, mirando el lago!», se quejó un familiar de las víctimas por una radio porteña. Hicieron falta cuatro días de protesta y que las calles de Buenos Aires se volvieran a llenar para que Néstor Kirchner abriese la boca sobre a tragedia que causó 183 muertos el 30 de diciembre. Inexplicable desde el sentido común y también desde la experiencia de otros mandatarios ante situaciones semejantes. Comprensible, sin embargo, si se recuerda cómo ha reaccionado este presidente ante hechos de la misma naturaleza, como la primera plaza de Juan Carlos Blumberg o el asalto a la Legislatura porteña. En las dos oportunidades se resguardó de los costos políticos alejándose de la Capital Federal hacia la Patagonia y quedándose sin palabras.
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El gobierno pareció ayer caer en la cuenta del error de un presidente que no acompaña el dolor colectivo, pero Kirchner no se subió al avión; levantó el teléfono y habló con la agencia oficial «Télam» para justificarse: «La tragedia es tan grande y tan terrible como para agregarle declaraciones o gestos de exhibicionismo», dijo, como si esto fuera lo único que puede proveer un presidente. ¿Qué tiene que ocurrir en un país para que un mandatario se sienta obligado a acompañar la congoja de un drama que sí es transversal: han muerto jóvenes de toda condición, hay víctimas hijos de jueces, sobrinos de legisladores, pero también chicos de la calle? ¿Qué hará el Presidente cuando se celebre la misa en Plaza de Mayo por los 183 muertos que prepara la organización Padres en Red?
Agregó que esperaba «que la Justicia actúe rápido y eficazmente, identificando y castigando a los responsables», entre quienes, claro, no se cuenta.
En estas 96 horas de silencio, el gobierno se justificó en que no quería perjudicar a Aníbal Ibarra, a quien creen en Casa de Gobierno comprometido como nunca. Si el Presidente hablaba, dicen quienes escuchan la intimidad de Kirchner, le iban a preguntar sobre las responsabilidades del jefe del Gobierno porteño y no iba a saber qué decir.
•Destinatario
Lo mismo podía haber servido para explicar cómo el 1 de abril de 2004 Kirchner viajó a Río Grande a participar de una vigilia con veteranos de Malvinas en lugar de enfrentar la primera manifestación de Juan Carlos Blumberg, pocas horas después de que el secuestrado hijo de éste, Axel, apareciera muerto en un paraje del conurbano. Destinataria de la protesta era la administración de Felipe Solá, pero el Presidente vio aquella jornada que cambió el curso del año político por televisión. Esperó varios días para reaparecer e intentar apoderarse del fenómeno ordenándole a Gustavo Béliz que pergeñase un plan de seguridad sobre la base del ya célebre petitorio Blumberg.
•Legislatura
El 16 de julio pasado, cuando una liga de ambulantes, piqueteros y activistas de diverso pelaje opositor asaltó el edificio de la Legislatura porteña, Kirchner tampoco estaba en su oficina. Ese día de nuevo lo sorprendió en la Patagonia (acto en Comodoro Rivadavia) y permaneció en silencio mientras sus funcionarios explicaban que era mejor persuadir que reprimir. Las víctimas de esa protesta -la más violenta que se recuerde sobre un órgano legislativo eran los diputados y, por extensión, el jefe de Gobierno, Ibarra. ¿Quiso también entonces Kirchner «cuidarlo» jugando al quedo -como hoy-al mandatario porteño? Entre las novedades de este presidente aparece que les da nuevo sentido a los refranes porque termina siendo dueño de sus palabras pero esclavo de sus silencios. Si no, que lo diga la andanada de improperios que escuchó ayer en la plaza y en las radios porteñas por boca de oyentes y hasta de locutores hasta ahora identificados con el oficialismo, que le reprochaban su ausencia y que se lamentaban -por caso desde radio «Mitre»- de que «este presidente no es el que conocíamos».
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