6 de diciembre 2002 - 00:00

"Me tienen harto" (Duhalde sobre Lavagna y Pignanelli)

"Me tienen harto, se matan por los diarios. Salen del país, les va bien, consiguen cosas y cuando vuelven se pelean en público. Estoy con bronca.» Este dictamen sobre Roberto Lavagna y Aldo Pignanelli lo escuchó anoche por teléfono el jefe de los ministros de boca de Eduardo Duhalde, de paso en el hotel Grand Bittar de Brasilia entre su llegada al Brasil y la asistencia a la última cena de Fernando Henrique Cardoso como presidente.

Junto a Duhalde, Lavagna susurraba a los acompañantes: «Este es un novelón que el ministro (sobre sí mismo, en tercera persona) no entiende». Una forma de vengarse, a solas, del hombre (Pignanelli) a quien Duhalde le ordenó que empezase a decirle que No al ministro y ahora no sabe cómo pararlo.

Al Presidente lo habían llamado de Buenos Aires para darle la noticia de que Alfredo Atanasof había cumplido con el encargo de aplacarlo al renunciante presidente del Banco Central.

«Alfredo es sedativo»
, se suele decir en el área presidencial sobre el jefe de Gabinete -lo saben quienes escuchan sus parrafadas cada mañana, que usan como somnífero quienes quieren seguir en la cama (habla entre 8 y 9 todos los días)-. Imagine el lector lo que puede producir una sobredosis de Atanasof en Pignanelli, que permaneció a solas con él cuatro horas en el despacho hasta que retiró la renuncia.

«No se va hasta que no se firme con el Fondo. Además, nadie se va cuando no estoy en Buenos Aires»
, remató el presidente desde Brasilia.

En realidad, Pignanelli había renunciado antes de que saliese de Buenos Aires. Por la mañana, al leer en «Clarín» que Lavagna ponía en una charla con académicos al Central como ejemplo de un ente público dominado por el sector privado (los banqueros), el funcionario resolvió concretar su amenaza de hace varias semanas.

Lo llamó al vicepresidente, el ex senador Ricardo Branda, y le adelantó la renuncia. «Hacete cargo, y si no, que venga Levy, que es amigo de Duhalde.» ( Jorge Levy, superintendente de entidades financieras, es un más que amigo del Presidente.)

Delante de Branda, llamó por teléfono a Atanasof, le adelantó el portazo verbalmente y pidió hora con el Presidente. «Sale de viaje, pero venite a hablar conmigo por la tarde», contestó el jefe de Gabinete.

• Consigna

Atanasof lo esperaba con la consigna: Aldo no se va, Lavagna no pone reemplazante, el acuerdo con el FMI está por encima de cualquier rencilla de funcionarios.

En el diván sedativo de
Atanasof, Pignanelli recordó con ira:

• «El Presidente no me cuida, no me defiende. Deja que Lavagna me ofenda al lanzar el levantamiento del 'corralito', que nosotros habíamos aconsejado hace tres meses y ni nos avisa. ¿Por qué no dice que él se opuso cuando decía que venía la híper y ahora se demostró que no pasaba nada, como decía yo?»

• Se dijo mortificado con el método de Duhalde: «Encima viene a decirme que no hable en público, que tenga bajo perfil, y lo deja a Lavagna que diga como hoy en 'Clarín' que dejo que manejen los bancos el Central. ¿Por qué no le dice nada, por qué me trata así?». Atanasof, que acepta ya con una sonrisa esa forma de tratar a la gente de Duhalde que ha hecho llorar a tantos, le dobló la dosis tranquilizante.

• Tampoco le gustó mucho a
Pignanelli el minué de la última nota que recibió el gobierno del FMI. Para algunos es un nuevo borrador de la Carta de Intención que se firmaría como parte de un acuerdo. Para otros -Pignanelli entre ellos- no contiene novedad alguna. Pero Lavagna ordenó que nadie le muestre el texto de esa carta a Pignanelli; más, le pidió a los funcionarios del FMI que no le den una copia. El titular del Central consiguió una copia en pocos minutos y se enteró de que no había nada nuevo. ¿Para qué me la ocultó Lavagna? ¿Nada más que para molestarme? (En realidad usó una frase más psicalíptica).

• «A Roberto lo conozco bien. Nos juntó en los '70 Antonio (Cafiero); éramos Eduardo Amadeo, Rolo Frigeri, él. Vinieron los militares, me persiguieron, Lavagna se fue, pero volvió pronto. No sé cómo.Y cuando ganó Alfonsín se hizo alfonsinista y yo seguía acá, con los peronistas, y después se hizo de Bordón, y yo seguí acá. ¿Por qué me pagan así?»
, siguió la catarsis.

• Más de lo personal:
«A mí me va bien con la fábrica, más en esta época, se venden más -los burletes (especialidad de la fábrica familiar de los Pignanelli)-. Encima mi hijo se pone a estudiar medicina y la fábrica la tienen que atender mi mujer y mi hermana. ¿Me querés decir qué hago yo acá?». «¿Me lo vas a decir a mí?», responde, por cumplir, Atanasof.

• En la enumeración de los reproches,
Pignanelli incluyó que el Senado que domina el peronismo no le haya aprobado aún el pliego para el cargo, los éxitos en el saneamiento de los bancos Bisel, Suquía y Entre Ríos, «el día que ganamos u$s 100 millones cuando decían que íbamos a perder la pulseada».

• Antes de darle el alta, el jefe de Gabinete cruzó un telefonazo con el avión presidencial que estaba bajando en Brasilia. Pudo, por eso, darle las seguridades de un empate al abatido
Pignanelli: «Ni se te ocurra presentar por escrito la renuncia porque está ya rechazada. Nadie se mueve hasta que no se firme con el Fondo». Además, no hay que darle el gusto a Lavagna, ¿no?

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