21 de noviembre 2001 - 00:00

Menem libre: efectos sobre UCR y PJ

La salida de Carlos Menem de la prisión a la que había sido condenado promete modificar la ecuación que domina hoy a la política argentina. No hay que esperar que los principales rasgos del cuadro se modifiquen: el gobierno seguirá siendo débil e incompetente y la oposición, fragmentaria y sometida a enfrentamientos a veces feroces. Pero el juego entre esas fuerzas será distinto en adelante.

La primera consecuencia es que Fernando de la Rúa podrá contar, en sus tribulaciones, con un interlocutor más adecuado frente a sí. Sería pueril pensar, como se sugiere desde hace días, que «Menem va a trabajar para el gobierno» o que «va a apoyar a De la Rúa». Si la libertad de Menem y su restitución plena a la actividad pública favorecerá al gobierno no será por un «pacto negro» por el cual los intereses de un competidor se subordinan a los del otro. Y no se trata de razones éticas sino por la lógica política más pura: en esa actividad existen pactos tácitos, coincidencias implícitas, que se establecen cuando la lucha por el propio interés beneficia, involuntariamente, a la otra parte.

El caso de Menem y De la Rúa es de esta naturaleza y por eso no requiere de acuerdos secretos:

En principio, a De la Rúa lo beneficia que el jefe del peronismo, que es la fuerza política con mayores recursos institucionales del país, se haya dado una estrategia de mediano plazo. El ex presidente ha fijado 2003 como fecha decisiva para su carrera y por eso estableció las internas del PJ recién para ese año. No se trata de generosidad para con su sucesor sino de que «si la pelota se le cae de las manos a De la Rúa picará hacia cualquiera, pero no hacia mí», como el propio riojano confesó ante íntimos. Por eso pretende que sus adversarios internos (Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf) queden vinculados, aunque sea visualmente, con la intención de producir un «golpe blanco» que desbarranque a la administración actual. Mientras tanto, Menem se exhibirá como garante de la tranquilidad institucional pero no por virtud sino por necesidad: hoy, cuando el balance sobre su gestión genera demasiadas controversias, cree no estar en estado para competir por el retorno a la Casa Rosada. A partir de esta lógica, Menem le provee a De la Rúa algo inestimable: la percepción, aun engañosa, de durabilidad. Es decir, lo libera aunque sea parcialmente de la principal agresión que lanzan Ruckauf, Duhalde y en alguna medida José Manuel de la Sota: exhibirlo como un presidente precario, que en cualquier momento deberá abandonar el poder.

Esta conducta de Menem tiene consecuencias sobre la interna del PJ. El ex mandatario ha establecido un eje secreto con Carlos Reutemann, quien estuvo a punto de ir a visitarlo a Don Torcuato para solidarizarse con su situación y reclamarle apoyo para su candidatura presidencial. Reutemann, como Menem, no cree que el peronismo se beneficie con una salida precipitada de De la Rúa del poder. Por eso los dos coinciden en la conveniencia de dejar para un radical la jefatura del Senado, de tal manera que el PJ no se involucre con la gestión actual.

La libertad de Menem también tiene buen influjo sobre De la Rúa porque ubica en la jefatura de la oposición a alguien que gobernó el país y que, por lo tanto, ha tenido experiencia de ciertas inflexibilidades de la administración, sobre todo en materia económica. Es algo elemental y a la vez crucial. Esta ventaja se potencia cuando entre la gestión de uno y otro existe una continuidad marcada. El restablecimiento político de Menem le dará más espacio a ideas y valores a los que están enfrentados otros dirigentes gravitantes del PJ: la disciplina fiscal, un alineamiento internacional de centro, el mantenimiento de la paridad cambiaria -o el avance hacia la dolarización-, la preponderancia de las reglas de mercado para la economía, etc. Duhalde, Ruckauf y, últimamente, De la Sota, se mostraron adversos a esta orientación general para el país con la que coincide, más allá de la convicción y eficiencia con que la lleve adelante, De la Rúa. La disidencia interna del PJ puede ser, además de conceptual, operativa y trasladarse al seno de los bloques parlamentarios con obvias ventajas para el oficialismo.

Justicialismo

En el plano interno del PJ, los movimientos de Menem son bastante previsibles. Buscará la candidatura presidencial de 2003 para sí o, menos probablemente, para un aliado. Con esa meta en la cabeza se propondrá infiltrarse en la provincia de Buenos Aires gracias a las grietas que puedan abrirse en la relación entre Duhalde y Ruckauf. El riojano ya consiguió que, durante el fin de semana, el gobernador critique a «los que siguen con la política del resentimiento contra otros compañeros», en obvia referencia a Duhalde. Ruckauf deberá resolver una encrucijada inminente: Menem lo hará invitar especialmente a una sesión del Consejo Nacional del PJ. Estas aproximaciones, en las que trabaja principalmente Carlos Corach, no deben confundirse con una pacificación personal: Menem considera que Ruckauf fue uno de los principales impulsores de su prisión.

Estos movimientos de Menem también se proyectarán sobre el oficialismo. Le proveerán a la política un elemento que hoy está ausente: alguien que articule al interior del país y neutralice el avance del área metropolitana. A esta geografía pertenecen los principales adversarios internos del gobierno (Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani, Rodolfo Terragno, etc.), que han conseguido hacer girar al radicalismo metropolitano en la estrecha órbita intelectual de Duhalde, el peor enemigo de Menem. De la Rúa intentó moderar el peso de Buenos Aires y de la Capital cuando Rafael Pascual reunió a los dirigentes del interior del radicalismo contra los arrebatos de Alfonsín. En el PJ los gobernadores del interior no encontraron todavía al coordinador que tuvieron en Menem a partir de 1995, como se puso de manifiesto durante la discusión del acuerdo fiscal. Es probable que el riojano consiga articular de nuevo ese frente, lo que irá en desmedro de Duhalde y de sus epígonos, de su poder y -sobre todo-de sus ideas.

Si la voz de Menem se vuelve más poderosa, hay un plano en el que su liberación tendrá seguramente resonancia: el de la discusión económica. Cuando salió del gobierno, el riojano se había propuesto desarrollar una agenda simple: defender la regionalización del país, promover la restauración del colegio electoral y, sobre todo, recomendar la dolarización completa de la economía. El momento en el que recuperó la libertad hace que la discusión de este último punto tenga una vigencia inédita. Menem inclinará la balanza del debate contra la devaluación de la moneda y tendrá frente a sí a dos corrientes heterogéneas: el cavallismo, que sigue defendiendo la convertibilidad y el duhaldo-alfonsinismo, que sueña con la devaluación. Si es cierto que De la Rúa, «in extremis», también se inclinaría por esa salida, seguramente también en este plano habrá celebrado que Menem dejara ayer su cautiverio.

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