Jefes sindicales de variado pesaje se reunirán hoy, con pretendido sigilo, para negociar una nueva cúpula de la CGT e intentar mostrarse unidos para encontrar alguna manera de presionar orgánicamente con el gobierno. Participará el más oficialista de todos, el camionero Hugo Moyano, que fue estrella ayer en acto de la Casa de Gobierno, y el resto de los sindicalistas que se refugiaron en la ortodoxia de las grandes organizaciones pero no han conseguido que Néstor Kirchner los reconozca como interlocutores. Una de las condiciones para esta unidad es que se vaya Rodolfo Daer, el titular de la llamada CGT oficial, que no se irá a su casa sino a Ginebra, la meca de los gremistas (allí tiene sede la OIT). Anoche ya circulaban algunos nombres en su reemplazo. Uno es el gremialista del dragado Juan Carlos Schmid, que ha actuado en el antiduhaldista; otro el ruralista Gerónimo Benegas. Un tercero es el aduanero Daniel Sueyro, que fue diputado nacional y cuenta con el apoyo de la vieja guardia.
Hoy con cierto sigilo y recelo, se realizará una cumbre gremial en Luz y Fuerza con un plazo fijo y misión determinadas: la remoción del Consejo Directivo de la CGT, en marzo del año próximo y, fundamentalmente, la salida del secretario general Rodolfo Daer, hombre que no pugnará demasiado por permanecer en el cargo. Se diría que lo tienta continuar su carrera en Ginebra, como representante obrero ante la OIT, confirmar que será un burócrata si no lo fue hasta ahora. No es un premio consuelo, claro. Quienes se reúnen esta tarde imaginan cambios futuros a partir de una recomposición política y cierta depuración o maquillaje de las primeras líneas.
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Hasta hoy, la CGT está dominada por los tradicionales «gordos» -casi todos representantes de grandes gremios-, flanqueados por un sector de origen menemista (el MOP); cerca, en continua intermitencia (entro, no entro; salgo, no salgo) el camionero Hugo Moyano y su alter ego en cualquier negociación, Juan Palacios (transporte público). Como se sabe, estos dos dirigentes -aparte de Víctor De Gennaro, el menos rebelde de los sindicalistas ante la caída de salarios de su gremio pero el más combativo del marketing periodístico- son los preferidos de la Corona presidencial o, al menos, los más temidos (por su violencia verbal y capacidad de entorpecer el tráfico, cortar servicios y paralizar la Ciudad).
Para el encuentro de «unidad» en Luz y Fuerza, cada uno de estos tres bloques dispone de candidatos propios para reemplazar a Daer. Moyano postula en principio a Juan Carlos Schmid, a cargo de un sindicato minúsculo (dragado y balizamiento), ideal para el perfil kirchnerista, casi un cuadro del clasismo que ha actuado en Lomas de Zamora siempre en combate contra políticos del duhaldismo bonaerense (léase el propio Duhalde, el escribano Hugo Toledo, Osvaldo Mércuri o el especialista en juego Jorge Rossi). Eso no le impidió que, en algún momento, también pasara por el PAMI como director, la «cajita de cristal» que a ciertos sindicalistas les ofreció más alimento que la «cajita de la alegría» a todos los chicos de este país. Schmid es la carta más brava, ya que otra alternativa de su sector -Gerónimo «Mumo» Benegas (trabajadores rurales)- parece utópica: perdió con el peronismo en Necochea, nadie olvida sus confidencias con Fernando de la Rúa y, a pesar de que se apoderó del título de las 62 Organizaciones, éstas ya parecen contar menos que el sindicato venido en picada que las inventó: la Unión Obrera Metalúrgica. Para su proyecto, la dupla Moyano-Palacios contaría con el aval en bloque del ya no tan menemista MOP.
Por su parte, «los gordos» anfitriones (Oscar Lescano, Andrés Rodríguez, Gerardo Martínez) no exageran con su postulante (Carlos Sueyro, del gremio de aduanas) pero sí ofrecen elementos para cuestionar a los de Moyano. De Benegas mejor ni hablar, en cuanto a Schmid con razón deben suponer que ha finalizado el ciclo de los secretarios generales títeres (o sea sin peso gremial), iniciado con cierto éxito por Saúl Ubaldini («Lúpulo») gracias a la acefalía de la crisis de su momento (el período militar) y continuado en alguna medida por Daer (sin siquiera tener autoridad en el gremio de la alimentación), habitual maniquí en los últimos tiempos de las condiciones impuestas por «los gordos» (hay que agregar a Luis Barrionuevo, Carlos West Ocampo, Armando Cavalieri, etc.).
No sería extraño, bajo esta expectativa propia (disponer de un secretario general de la CGT con envergadura de sindicato fuerte) que más adelante este sector abone otro tipo de candidatos: si no prospera lo de Sueyro, ofrecería como cabeza a un dirigente de segunda línea de un gremio poderoso. En ese aspecto, las organizaciones de «los gordos» presumen de una cantera importante, tipo Pardo del SMATA o Ierazzi de Luz y Fuerza, bocados aceptables para la exigente gastronomía de la Casa Rosada. Las nóminas, sin embargo, son parte hoy del fuego de artificio a discutir más adelante. Por el momento, lo significativo es el encuentro de unidad y conciliación entre distintos bloques para constituir una CGT más representantiva que, de acuerdo con todos los indicios, apunta -como ha sido siempre este sistema de poder- a rendirse frente a la Casa Rosada. Al menos, por un tiempo.
Para «los gordos» y el MOP, pegarse a Moyano (interlocutor de Kirchner, participante del gobierno en el área de Transporte) les permitirá lavarse de cierta coloratura odiada por el gobierno al extremo de que los recibe menos que a los empresarios: unos, por menemistas, los otros por haber imaginado en su momento a Roberto Lavagna candidato a presidente justo cuando se lanzaba Kirchner (esa actitud parece ahora más imperdonable que la del apoyo al riojano). En cuanto al camionero y a su socio Palacios, sumarse a este núcleo poderoso y no demasiado prestigiado, le garantiza mayor protagonismo y poder de fuego a la hora de protestar o negociar.
Aunque la unidad se la pueden servir a la mesa del Presidente, éste todavía duda sobre la conveniencia de aceptar el obsequio. ¿Puede ser esta nueva CGT una alternativa a las presiones de los piqueteros? O, tal vez, a partir de hoy, esta recomposición se convierta en un blanco ideal para el oficialismo: reúnen casi todo lo que se detesta en las encuestas.
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