19 de marzo 2003 - 00:00

Ni en su gabinete, Duhalde consigue votos para Kirchner

Padece Eduardo Duhalde con su candidato Néstor Kirchner. Casi más de lo que padeció con José Manuel de la Sota. En su propio entorno le restan credibilidad al entusiasmo familiar por la postulación; mucho más a las encuestas contratadas. Tanto, que él mismo ya solo habla de lo que podría ocurrir en la segunda vuelta con Carlos Menem y, con premeditada distracción, el mandatario se enajena del proceso electoral. Más bien se interesa en futuros viajes, visitas, recepciones y otras actividades que ha previsto en la agenda, menesteres sociales propios de quien resigna voluntad en otras empresas. Esa nueva inquietud se explica en dos razones, una de peso y otra casi graciosa:

• Aunque asegura que la línea media del duhaldismo, en la provincia de Buenos Aires, respaldará al santacruceño, cada vez recoge más evidencias de que sus punteros se desentienden de la elección presidencial. Tanto, que él mismo conjetura como un error haber desdoblado los comicios nacionales de los provinciales. Inclusive, hasta se molesta por la excusa que han encontrado la mayoría de sus punteros para no trabajar por la fórmula aduciendo que a la gente le darán «libertad de conciencia». Esa justificación, como se sabe, no figura en el diccionario duhaldista y, para el jefe, esa actitud constituye demasiada modernización. No la concibe en el distrito bonaerense y le produce dolor: sabe que si su nombre no gana allí, difícilmente tenga destino en otra parte del país.

• Al margen de lo que puedan decir o pensar sus punteros, Duhalde también intentó conocer la intención de voto de su propio gabinete. Y se ha llevado una sorpresa decepcionante. Cuenta a su favor, como siempre, el hiperverticalismo monocorde de su jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, quien confiesa entregarse en voto a Kirchner. No ocurre lo mismo con otros ministros, un cuarteto ya irreductible y alejado del binomio oficialista: Roberto Lavagna (Economía), Carlos Ruckauf (Cancillería), Aníbal Fernández (Producción) y Juan José Alvarez (Justicia), quienes declinan de la responsabilidad de pronunciarse y se prescinden de Kirchner (en rigor, cada uno a su modo ha revelado un malestar evidente con el candidato, inclusive en duros términos). Y Duhalde sabe que la neutralidad, en estos casos -como sucede también con Carlos Reutemann- significa otra preferencia. Cuando se invoca «neutralidad» siempre se manifiesta oposición.

• Intereses

Al delfín santacruceño, en la compulsa ministerial, no le fue bien, a pesar de que mujeres tradicionalmente fieles con sus mandantes, como Graciela Giannettasio (Educación) y Nélida Doga (Desarrollo Social), tan irreprochables en la subordinación como Atanasof, simpatizan con él por intereses particulares (políticos, claro). Por oposición, la otra mujer del equipo de gobierno -Graciela Camaño (Trabajo)- tampoco se inclinará por Kirchner: si bien el matrimonio Barrionuevo no compartía esa aventura oficialista, la monserga casi agraviante que la senadora Cristina Kirchner despliega contra el sindicalista ha bloqueado cualquier acercamiento. Y si una pareja vela por su seguridad, la otra también. Destinos cruzados, entonces.

Restan otras opiniones, claro. Queda el radical Horacio Jaunarena (Defensa), a quien ni siquiera interrogaron: saben que su compromiso con el duhaldismo es transitorio y que en el cuarto oscuro sufragará por Ricardo López Murphy. En cuanto a los dos que restan, Jorge Matzkin (Interior) y Ginés González García (Salud), nadie los podría incluir en la empresa kirchneriana. Uno porque votará en consonancia con una línea marginal al duhaldismo (la de José Luis Manzano), tan afín al ahora empresario que hasta puede mudar su domicilio de La Pampa a Mendoza. En cuanto al médico racinguista, hombre de la cepa original de Antonio Cafiero, peronista al fin, se ha separado de los sueños continuistas: ni siquiera quiso que lo anotaran en una lista de diputados -no quiere el privilegio de los fueros-, también se prescindió de otras invitaciones, por lo tanto está ausente de Kirchner. «Ya soy viejo para jugarme», suele decir.

El único consuelo de Duhalde es que ninguno de sus laderos, de esos que lo acompañan sólo hasta la puerta del cementerio, ha revelado su voluntad expresa por Carlos Menem. Quizá por gentileza gubernamental. Es lo más solidario que logró el Presidente con su proyecto, hasta ahora.

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