12 de abril 2005 - 00:00

No es fácil prensa sin Constitución

Los ministros salían del despacho presidencial del Gral. Perón (tercera presidencia) en 1973 y se prestaban a las preguntas de los periodistas de la Casa de Gobierno. En la foto, el ministro de Economía en ese año, José Gelbard (centro tras la silla); a su derecha, el titular del Banco Central y futuro ministro, Alfredo Gómez Morales, y los clásicos acreditados Piñero, Di Sandro, José Corzo Gómez (una mano sobre el ministro). Derecha atrás, mirando abajo, Sergio Villarruel (padre).
Los ministros salían del despacho presidencial del Gral. Perón (tercera presidencia) en 1973 y se prestaban a las preguntas de los periodistas de la Casa de Gobierno. En la foto, el ministro de Economía en ese año, José Gelbard (centro tras la silla); a su derecha, el titular del Banco Central y futuro ministro, Alfredo Gómez Morales, y los clásicos acreditados Piñero, Di Sandro, José Corzo Gómez (una mano sobre el ministro). Derecha atrás, mirando abajo, Sergio Villarruel (padre).
Sus enemigos prefieren al Néstor Kirchner de los discursos arrebatados que producen rechazo en la gente. Cuando los pronuncia calmo -«con mesura, como me piden», dice, como si le costara actuar así-, logra a veces verdaderos uppercuts al hígado que hacen tambalear al oponente. Mejor entonces que actúe siempre enojado, señalan los que no lo quieren.

«El diario 'La Nación' mencionó (días atrás con razón) en tapa «los grupos de choque» que hoy responderían al gobierno, pero nunca mencionó los grupos de tareas que hacían desaparecer gente en los años '77 y '78",
son palabras del Presidente de fuerte impacto.

En general, seamos sinceros, la prensa y el periodismo nacional tienen más oscuros que claros en el pasado como para poder ejercer con altura relevante la crítica política.

Nunca le fue fácil a esta prensa nacional con años de vigencia -es importantes diferenciar a los que tienen «años de vigencia»- desempeñarse en un país donde en los últimos 75 años hubo siete golpes de Estado, seis de ellos militares y uno civil (1999), interrumpiendo la vigencia constitucional.

A la prensa chica, casi de entrecasa, no le fue difícil en cualquier época sacar unos cuantos números de un periódico -de diversos signos- lleno de improperios antigubernamentales. El destino previsible era ser cerrada. A veces, hasta se exageraron las protestas llevándolas a insultos procaces para provocar ese cierre si financieramente también se produciría.

• Estatización

Durante el duro primer peronismo (1946-1952) que arrasó con la prensa libre estatizándola
casi en su totalidad, un diario como
«Clarín» alardeaba de «independiente» porque el costo de su desaparición era mínimo: tenía escasos años desde su fundación (1945) y nada para expropiarle por aquel peronismo porque alquilaba desde rotativas para impresión hasta un modesto edificio de dos plantas, para redacción y administración, en la calle Moreno.

El único diario argentino encaminado a centenario, en ese entonces, con cuantiosos bienes mobiliarios, inmuebles, talleres propios, que enfrentó agencias y estructura abiertamente a ese primer peronismo, fue el audaz y legendario «La Prensa» de la familia Gainza Paz. Mantuvo con estirpe -podría decirse con arrogancia- su derecho a ejercer la libertad de expresión. Nada que ver con el silencio con que hoy recibe denuestos «La Nación». Claro, «La Prensa», salvo revender cuotas oficiales asignadas de papel (con darlas o no para importar bobinas se presionaba a los medios desde el Estado), tenía un pasado honroso. Pero «La Prensa» perdió porque ese peronismo la expropió en 1951 y la humilló entregándosela nada menos que a la CGT. Los ex directores tuvieron que exiliarse. El mozalbete «Clarín», de apenas 7 años, tras el desconcierto de su arranque, tuvo la suerte de aglutinar el grueso de los avisos clasificados que dominaba «La Prensa», que hasta los ponía en tapa. De ellos, más los negocios con gobiernos, vive básicamente hasta hoy el medio de las familias Noble-Magnetto. Aprendió algo más «Clarín» de «La Prensa»: ser valiente en periodismo puede extinguir, por lo cual se hizo adepto a los gobiernos sucesivos, cualquiera fuera su origen o ideología.

Tres años después de expropiar «La Prensa» cae Perón y le es restituido a sus dueños el esqueleto estructural del viejo diario. Nunca recuperó el liderazgo absoluto que tenía en 1951. El rencor hacia el Perón caído y exiliado le quitó mínima objetividad yse fue extinguiendo día a día.

Otro de los pocos caso de valentía de prensa fue el de
«La Opinión» de Jacobo Timerman intervenido por los militares en el poder en abril de 1977. Era un diario políticamente valiente y periodísticamente de alto vuelo, pero arriesgó muchos menos bienes y tradición que «La Prensa» («La Opinión» funcionó libre de 1970 a abril de 1977 en que fue intervenido por los militares).

Lamentablemente en la Argentina desde hace años debe medirse la justicia por comparación, porque está menguada la igualdad ante la ley.
Héctor Ricardo García, director del diario «Crónica», podría tener culpas impositivas, pero estuvo exagerados siete meses de prisión domiciliaria, cuando el piquetero adicto al gobierno Luis D'Elía no estuvo ni un día detenido por efectuar algo mucho más grave, como es haber tomado por la fuerza una comisaría. D'Elía tiene acceso a la Casa Rosada. Un brigadier es destituido por el Presidente por no haber informado de un hecho de contrabando de droga en Ezeiza, pero siguen en sus puestos, sin problemas, un secretario de Transporte, un director de Aduana y un titular de la SIDE que tampoco informaron y, además, suman el haber ordenado alguno de ellos la «vista gorda» sobre equipaje de una compañía subsidiada y, por tanto, socia del gobierno en el delito de contrabando de estupefacientes.

¿Se puede justificar eso porque los funcionarios involucrados tengan relación con el Presidente y el brigadier aeronáutico pertenezca sólo a una fuerza militar?

«La Nación»
también entra en la medición de «justicia mensurable sólo por analogía». No denunció a los «grupos de tareas» en los '70, pero tampoco sus directivos convivieron, públicamente al menos, con los militares del Proceso ni hicieron alarde de fotografiarse en las páginas del diario brindando con copas de champagne con el déspota general Jorge Videla. Ni entregando copas de campeonatos de fútbol en 1978, cercano al peor momento de desaparición y asesinato de subversivos como sí hizo «Clarín». Hay diferencia entonces, pero «Clarín» con su actual oficialismo es útil al presidente Kirchner. El cebarse con «La Nación» y no con «Clarín» hace caer a Kirchner en algo inexcusable para un primer magistrado del país en cualquier época: discriminar, ser injusto a sabiendas.

Aparte de eso, hay que aclarar algo. La prensa argentina como sector de la sociedad no fue más sumisa que otras corporaciones durante la última dictadura militar. Cuando menos, inmoló en la oposición un diario, como fue
«La Opinión», cuando empresariado, Iglesia, partidos políticos -incluido el Partido Comunista-, asociaciones civiles y otros sectores no sufrieron ni cercanamente lo mismo, fuera de la subversión ideologizada, desde ya.

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