24 de agosto 2005 - 00:00

Nobel Stiglitz aconsejó romper con el Fondo

Joseph Stiglitz estuvo ayer en el país participando de una cumbre, que intentó consagrase sin éxito como el Consenso de Buenos Aires. Apuntaba al conocido Consenso de Washington, que difundió las ventajas de reformas como privatizaciones y equilibrio fiscal. La asistencia al evento no superó las 30 personas. El premio Nobel, fiel a su estilo, embistió contra el Fondo Monetario. Se reunió con Néstor Kirchner y le recomendó romper con el organismo. Mostró poco conocimiento de la situación argentina Stiglitz: el país acumula superávit fiscal y reduce mes a mes la deuda con el organismo. Según el Presidente, se necesita tiempo para «romper». Claro que hablaba de los meses necesarios para terminar de pagarle 100% de la deuda. El economista quería aplicarle ya quita de 75%. Poco serio.

Joseph Stiglitz le recomendó a Kirchner romper con el FMI. El Presidente pidió tiempo y defendió el «desendeudamiento» que el profesor objetaría por la tarde, en una conferencia.
Joseph Stiglitz le recomendó a Kirchner romper con el FMI. El Presidente pidió tiempo y defendió el «desendeudamiento» que el profesor objetaría por la tarde, en una conferencia.
«Mi plan es desendeudarme. Que el país se desendeude y, en el próximo mandato, podamos salir del Fondo». Esta fue la respuesta de Néstor Kirchner al planteo, muy previsible, que le hizo el Premio Nobel Joseph Stiglitz, ayer por la mañana, en su despacho: «No me caben dudas acerca de que es mejor estar fuera de un programa con el Fondo», le sugirió el economista.

La discusión sobre la política de «desendeudamiento», es decir, de seguir realizando pagos netos al organismo multilateral, no formó parte de la charla. Stiglitz la objetaría en público, por la tarde. Mucho menos se mencionaron las razones de esa política: si es porque no se quieren recibir instrucciones de Rodrigo de Rato o porque Roberto Lavagna no tenga todos los argumentos necesarios para ganar la discusión: es decir, para demostrar la idoneidad de su política y, a la vez, forzar a la reprogramación de los vencimientos.

Más osada que el Presidente estuvo, en el seminario organizado por el visitante, la primera dama, al menos en la retórica. Cristina Kirchner pronunció un discurso similar al que le habían escuchado los embajadores latinoamericanos que la recibieron la semana pasada. Comparó las políticas dominantes en los '90 con «las plagas de Egipto».

• Simpatía

Kirchner y Stiglitz prefirieron hablar de lo que los une, claro. Por eso el economista fue simpático al decir: «Necesito que a la Argentina le vaya bien porque mi prestigio profesional depende del éxito de ustedes». Fue en ese momento cuando el Presidente le dijo que «ojalá cuando termine mi mandato, en 2007, el país esté en el Purgatorio, hayamos dejado el infierno». Como se ve, Kirchner no muestra la hilacha con las fechas. Hasta Alberto Fernández y el cónsul general en Nueva York, Héctor Timerman -anfitrión del Premio Nobel- siguieron en ascuas sobre sus planes políticos. Ni qué hablar del caleño José Antonio Ocampo, secretario adjunto de la ONU para asuntos económicos, y de Sharon Spiegel, colaboradora de Stiglitz a quien le tocó negociar con el Fondo como asesora del gobierno húngaro. Ellos también estuvieron en la conversación.

Como es sabido, el profesor Stiglitz ganó fama como predicador de una impugnación al Fondo Monetario Internacional por su comportamiento durante el ciclo de la crisis capitalista de 1995-2000 y aun por su papel de inspirador en ese trance. Su tesis, expuesta en términos sencillos, consiste en cuestionar a esa entidad por no recomendar a los países emergentes que sigan en las recesiones las recetas expansivas que han tenido éxito en los países centrales. Stiglitz es menos contundente para resolver el problema que está detrás de su argumento: a diferencia de los países centrales, los países emergentes atraviesan turbulencias de confianza que les impiden en la mayoría de los casos emprender aquel camino keynesiano. No se entró en estos detalles, ayer por la mañana, en el despacho del Presidente. Menos aun en el origen de los reproches de Stiglitz al organismo al que sirvió durante un tiempo en el que tampoco faltaban objeciones: la inercia intelectual de sus funcionarios, la estandarización de sus recomendaciones, la miopía para distinguir singularidades históricas o regionales. Fue a partir de esa experiencia, más burocrática que académica, que Stiglitz elaboró después sus teorías.

Se habló, sí, de los subsidios a las actividades agropecuarias que se aplican en Japón, Europa y los Estados Unidos y de la imposibilidad de cumplir compromisos financieros si no se abren los mercados en esas regiones.

«La Argentina demostró, con su crisis, que debe haber cambios en las políticas comerciales y monetarias a escala internacional; por eso ustedes ocupan un lugar de liderazgo en esa agenda», dijo el economista, ante un Kirchner que seguía disfrutando. Sobre todo por un detalle no conceptual: los que saben de las dificultades que plantea el santacruceño a la hora de tocar la billetera, advirtieron especialmente cuánto valoró que Stiglitz corriera con todos los costos de su viaje y del lanzamiento de su « consenso de Buenos Aires» en el Sheraton de Pilar.

Este ex economista jefe del Banco Mundial, quien ya había compartido con el Presidente la palestra de la New York University, escuchó largas referencias del dueño de casa a la pobreza. «Estoy impresionado por las diferencias que existen entre la del norte y la del sur del país; verdaderamente tenemos un subdesarrollo muy grande en el norte, que debería requerir de políticas deliberadas durante años», comentó Kirchner, a quien sus íntimos advierten cada vez más inquieto por los problemas de organización regional (¿será una de las discusiones que, según dicen, prepara para después de las elecciones?). Sigue Kirchner hablándole a Stiglitz, durante más de una hora: «Hemos bajado los índices de mortalidad infantil pero tenemos problemas estructurales en materia de educación. Fue destruida la educación técnica y ahora no se puede dar respuesta a la demanda que existe en ese campo».

Se hacía tarde, en Pilar esperaban los invitados al seminario de heterodoxia económica que vino a presidir Stiglitz, en un subliminal aporte a la campaña de Cristina Kirchner. Un aspecto de la visita que corrió por cuenta de Timerman, quien ya había sumado a Baltasar Garzón a la marcha de la primera dama. Como en el caso de este juez, también en el de Stiglitz faltó el ministro que había sido designado como anfitrión. Es cierto: Rafael Bielsa decidió no asistir a la comida que se le ofreció al español en la Cancillería hace tres semanas y Roberto Lavagna adelantó que no se fotografiaría con Stiglitz. Ambos desataron la ira de la señora de Kirchner, aunque en el caso del titular de Economía hay que admitir que el argumento que utilizó fue el mismo con que se excusó para esa escena en tiempos de Eduardo Duhalde: «No es conveniente que yo aparezca con alguien que critica de esa manera al Fondo en medio de una negociación». «Se acabaron los valientes», habrá pensado Kirchner. O algo peor, cuando se enteró de que varios voceros del ministro daban otro argumento: «Roberto ya dijo que no participaría de la campaña». De todos modos, Federico Poli, Sebastián Katz, Miguel Peirano, Alberto Cammarasa y Arturo O'Connell estuvieron ayer en Pilar para el seminario del neoyorkino. Igual que Martín Redrado, que hasta animó el almuerzo con preguntas. ¿Pidieron permiso al titular del Palacio de Hacienda? En por lo menos tres casos, sí. ¿Rato pasará lista?

Antes el orador habló -escoltado por Ocampo, Bernardo Kosakoff y el titular de « Télam», Martín Granovsky- de la necesidad de profundizar el mercado de capitales, garantizar el imperio de la ley, mejorar la división de poderes y hasta del régimen de patentes que debe regir el mercado internacional. Lo escuchó un público afín, aunque no necesariamente kirchnerista: Beatriz Nofal, Juan Manuel Abal Medina, Guillermo Jaim Etcheverry, Nicolás Dujovne, Roberto Frenkel, entre otros.

El salmón, la carne asada y el Rutini atrajeron al mediodía más oyentes. Alberto Fernández -a quien Cristina Kirchner cedió la cabecera con su ausencia-, Bielsa, Carlos Tomada, Jorge Taiana, Felisa Miceli, los gobernadores Julio Cobos y Eduardo Fellner, Javier González Fraga, Mercedes Marcó del Pont, Antonio Cafiero, Alberto Balestrini, Jorge Argüello, Héctor Recalde compartieron el almuerzo.

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