Nos habíamos amado tanto

Política

Influencia femenina. Ese es el diagnóstico. Entre compresas de alcanfor, antibióticos y ventosas de la abuela, alguien colaboró en la decisión de Alberto Fernández. Obvia imputación a quien acompañó al ex jefe de Gabinete en las horas previas a su renuncia, cuando estaba bajo estado febril, alentándole presuntamente una salida que él mismo encontró de repente, dolido con un implacable Néstor Kirchner que no le atendía el teléfono. A él, justamente ese maltrato, a un ego que excedió la Paternal -«yo soy fundador de todo esto», decía ayer en su raid periodístico-, habituado a la práctica irrespetuosa de no contestar comunicaciones que ejercitaba con naturalidad, cuando no devolvía llamadas de gobernadores, legisladores o simples conocidos deseosos de hacerle un pedido. Versión, claro, de gobernadores, legisladores o simples conocidos. 

Esa responsabilidad doble, entonces, constituye una forma de disculpa oficial a la firma desertora de Fernández, que el matrimonio le endilga hoy a la senadora Vilma Ibarra -en trámite para convertirse en camarista con un número importante de candidatos famosos del área judicial bajo un discutible concurso-, cercana al funcionario dimitente en ese período de convalecencia. A pesar, inclusive, de que ella no se ruborizó al votar contra el campo en la sesión del Senado y siguió a pie juntillas las indicaciones de la Casa Rosada. O sea, en lugar de prohijar el más tremendo de los insultos familiares, cobijarse en la disminución de pollerudo a quien no desean tal vez incluir en el peor de los olvidos, compañerode íntimos momentos y secretos de Estado, cuando jamás se rebelaba contra la pareja. Así también, aunque con otras excusas psicológicas, se desprendieron de Sergio Acevedo, aquel ladero al que le entregaron la SIDE primero y, luego, el otro tesoro (la gobernación de Santa Cruz), el que un día se despertó reclamando por los fondos navegantes de la provincia y en contra de una cesión petrolera (mucho más concreto en lo ético que Fernández en su grito autonomista, quien al respecto nada opinó), congelado por esas acciones al ostracismo, pero sin la condena de la venganza, a perdonar quizá con el tiempo si el poder les sonríe por muchos más años.

En este caso, la partida de Fernández parece, sin embargo, más grave: por la figuración pública del personaje, la hegemonía que le habían concedido los Kirchner y la debilidad del matrimonio en la actualidad. Fue una bomba en el corazón del gobierno, pudo ser interpretado -al menos, con la lógica kirchnerista- como un acto destituyente, según el término al que acudieron mágicamente muchos de los defensores del gobierno cuando se desarrollaba el conflicto con el sector rural. ¿O no hubiera merecido esa consideración la renuncia, especialmente sus innecesarias explicaciones, para el cuerpo de intelectuales oficiales que inscribieron sus nombres en solicitadas y declaraciones contra el campo, partícipes de cónclaves progresistas con el mismo ex presidente Néstor? Y para el propio Fernández, quien acompañaba y protagonizaba esos eventos maniqueos hace apenas 15 días, seguro de imputar y, sobre todo, explicar, desestabilización y golpismo en los otros, estigmatizando a quienes desde otros ámbitos reclamaban diálogo, racionalidad. Cuando la racionalidad para Kirchner -sin que su ladero lo desmintiera- significaba en ese momento retroceso revolucionario, falta de convicciónen el proyecto, derrota finalmente. Con cierta distancia, se observará que Fernández partió con más rencor y despliegue que Roberto Lavagna, más lenguaraz inclusive, y casi parodiando a Carlos Reutemann, cuando el santafesino desgranó aquella frase que aún le falta explicar: «No me gustó lo que estaba viendo» (para abandonar la competencia electoral). En el caso del jefe de Gabinete volado, la comparación no lo beneficia: él era funcionario público, habla del Estado en el que participaba.

Curioso es que muchos de esos intelectuales progresistas también, con la partida y las expresiones de Fernández, hayan guardado silencio. Para ellos, ahora esa actitud no supone un golpe institucional -no lo es, claro-, pero entonces ofendían a la sociedad señalando que cualquier opinión contraria era un ataque a la democracia. Fernández tal vez los ha hecho dudar: quizá reflexionen sobre la conveniencia de abandonar el barco, esconderse, perder la memoria sobre el compromiso que juraban asumir, integrándose a otros notorios de la pluma y la palabra diarias que se acoplaron al último estertor del reemplazado creyendo que el enfermo se cura si se cambia parte del elenco médico, especialmente aquellos más repudiables por la hosquedad -y la oquedad- y el mínimo sentido de la educación. Maquiavelo en su forma más pura: cambiar a todos para mejorar la imagen, nunca por partes. Estarán más contentos, seguramente, en poco tiempo; al menos, con el retiro de ciertos personajes. Cristina, como se sabe, no es ajena a ese pensamiento de las buenas formas, pasó mucho tiempo viviendo en la clase media porteña. Gente tan sensible los cronistas hoy lastimados -se fue el que no querían que se fuera- que en su momento hasta se olvidaron de un guía intelectual del progresismo, el periodista Julio Nudler, evitaron acompañarlo en su batalla perdida por el negocio de los seguros contra Claudio Moroni, una de las espadas más preciadas de Fernández. No sólo se olvidaron de él, también hasta hoy aparecen en la vidriera reconociéndole una imprevista pulcritud espiritual a Julio Cobos, de quien antes jamás se preguntaron si había sido traidor del radicalismo por haberse pasado a las filas kirchneristas, ni siquiera han advertido que la mayoría de los colaboradores que trajo de Mendoza para el gobierno sólo trabajaron y asistieron, sin chistar, a Julio De Vido, ese ministro al cual le asignan sospechas de todo tipo en materia de contaminación ética.

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