Oposición ya negocia por segunda vuelta
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Roberto Lavagna
Alberto Rodríguez Saá, siguiendo las reglas básicas de cualquier campaña profesional, ya dijo que no apoyaría a ninguna. Sólo Roberto Lavagna se animó, curiosamente, a mostrar predisposición para hablar con el próximo gobierno, si es que él no gana. «Yo estaría dispuesto a conversar, pero sin verso, si hay diálogo en serio, si se puede discutir la derogación de algunas leyes que implicaron un avance del Poder Ejecutivo sobre el Congreso y el Poder Judicial», ofreció en alusión a derogar los superpoderes.
En sus filas también Ricardo Gil Lavedra abrió ayer opciones, al recordar, por si hiciera falta, que también «se vota el Congreso, que quiere decir que la gente puede hacer opciones de su voto para tratar de tener un Congreso que funcione». Otra opción de la tijera, como propone Francisco de Narváez, con la diferencia de que Gil Lavedra lo tiene a Lavagna como candidato a presidente.
En tren de especular sobre el ballottage, en el radicalismo más que una negociación, esperan un aterrizaje violento de Julio Cobos intentando captar el descontento partidario por una posible derrota. Hace dos semanas el gobernador de Mendoza explicó que después de las elecciones se propondría tomar el control partidario, convirtiendo a la UCR toda en un universo K. Ayer lo repitió y si un ballottage apura las necesidades, el desembarco sobre intendentes y dirigentes radicales será seguro.
Pero más allá de esos temores, nadie habla de acuerdos de segunda vuelta ni en el comité de campaña de Carrió ni en el de Lavagna: a la jefa del ARI sólo se le conoce la oferta, casi en chicana, que le hizo a Ricardo López Murphy de sumarse a su hipotético gobierno.
Pero en el resto de los partidos, incluyendo a muchos radicales, comienza a tomar forma otro temor. «Las fuerzas internas que sostienen al kirchnerismo y a Cristina no resisten una segunda vuelta. La campaña por el ballottage sería demoledora», sostienen en uno de esos comités de campaña. Aparece, entonces, una segunda teoría en medio de ese diagnóstico, que termina beneficiando a la propia primera dama: es preferible que gane en primera vuelta con lo justo, antes que ir a un ballottage que podría, por la propia fuerza del oficialismo, convalidar un gobierno kirchnerista con porcentajes pocas veces vistos hasta ahora.



