La reunión en la que el consejo nacional del PJ resolvió ayer, por unanimidad, la convocatoria a internas abiertas el 15 de diciembre próximo, dejó a Eduardo Duhalde con pocas cartas para jugar en la mesa del poder peronista. La primera baraja que perdió fue la de una candidatura propia, cuando Carlos Reutemann, después de recibir desde insinuaciones hasta presiones del entorno presidencial, dijo que no competiría por la Presidencia de la Nación. Fue una posición importante: cualquier estrategia electoral se desmerece si, en vez de ser a favor de alguien, se agota en ser «anti».
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Para compensar esta carencia, el Presidente pensó en jugar otro naipe. Convocar al congreso del PJ y conseguir que se pronuncie por una postergación de los comicios. Un atajo que podría fortalecerse con otro ardid: apelar el fallo de la jueza Servini de Cubría, que objetó que las internas fueran simultáneas y obligatorias, y por esa vía lograr que todos los plazos se alarguen. En definitiva, ganar tiempo para construir otra candidatura. ¿La propia? Difícil. ¿La de Reutemann? Improbable. ¿La de Ramón Puerta, quien ya sugirió su disponibilidad en la mesa de Olivos? Tal vez.
Esta carta, la del calendario, es la que perdió anoche, tal vez definitivamente. No tanto por la resolución formal que adoptó el consejo partidario, sino por el respaldo que esa determinación obtuvo. ¿Cómo conseguir que un congreso postergue las internas o que un juez tome esa decisión en contra de lo que desean los propios candidatos y los principales caciques del peronismo, incluidos los gobernadores de Santa Fe y de Buenos Aires? Cualquier avance en esa dirección tendrá, desde la reunión de ayer, un costo político del que antes, en los planes de laboratorio del duhaldismo ortodoxo, carecía. Además, el plan de demorar el cronograma electoral tiene un limitación adicional: si esa postergación arrastra también hacia adelante la fecha de salida del gobierno, el miniacuerdo con el Fondo se verá entorpecido: Roberto Lavagna sabe, aunque no pueda admitirlo públicamente, que todo lo que consiga estará supeditado a que la administración dejará el poder el 25 de mayo próximo. Anoche dijo que las elecciones pueden peligrar por decisión judicial y que por eso él pedirá que una Asamblea Legislativa le acepte que para esa fecha deje el poder.
Si la estrategia de la postergación se mostrará, en adelante, esquiva, a Duhalde le queda apenas una carta más para poner sobre la mesa: la de un acuerdo con Menem. Es lo que comenzó a ensayarse ayer, a partir de la reunión que Rubén Marín mantuvo con el Presidente y con el secretario general de la Presidencia, José Pampuro. Duhalde es el menos convencido de su gobierno sobre la ventaja de hacer ese pacto. Pero habrá un intento, con la siguiente estética: será una mesa de cinco o seis gobernadores la que servirá de puente. Las prendas del acuerdo: a) que el futuro gobierno, si es de Menem, no revisará debajo de la alfombra del anterior; b) que tampoco generará una candidatura en la provincia de Buenos Aires hostil a Duhalde. Las dificultades para este entendimiento no son numerosas. Sí fuertes. Básicamente, los dos invitados a pactar.
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