Pasé el primer par de días tratando de poner a Arafat y a Barak en el estado de ánimo adecuado, mientras Madeleine, Sandy, Dennis, Gemal Helal, John Podestá y el resto de nuestro equipo empezaron a trabajar con sus homólogos israelíes y palestinos. A mí me impresionó inmensamente el nivel de ambas delegaciones. Todos eran gente patriótica, inteligente y esforzada. La mayoría de noches, cenábamos todos juntos en Laurel, la gran cabaña familiar de Camp David, que disponía de comedor. El desayuno y el almuerzo eran más informales, y a menudo se veía a los israelíes y los palestinos hablando entre sí en grupos pequeños. A veces lo hacían de trabajo; lo más habitual era que se contaran historias o chistes, o que estuvieran narrando la historia de su familia. A Abu Ala le tomaron mucho el pelo tanto los israelíes como los norteamericanos, a causa de su familia. Su padre era tan prolífico que el palestino de sesenta y tres años tenía un hermano de ocho; el niño era más joven que los propios nietos de Abu.
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El séptimo día, el 17 de julio, casi perdimos a Barak. Estaba comiendo y trabajando cuando se atragantócon un cacahuete y dejó de respirar durante cuarenta segundos, hasta que Gid Gernstein, el miembro más joven de su delegación, le aplicó la maniobra de Heimlich. Barak era un tipo duro; cuando recuperó el aliento, se puso a trabajar como si nada hubiera sucedido. Para el resto de nosotros, de hecho no sucedía nada. Barak tuvo a toda su delegación trabajando con él todo el día hasta bien entrada la noche.
Justo antes de que dejara mi mandato, en una de las últimas conversaciones con Arafat, éste me agradeció todos mis esfuerzos y me dijo que yo era un gran hombre. «Señor presidente -le dije-, no soy un gran hombre. Soy un fracaso, y usted me ha convertido en eso.» Advertí a Arafat que la elección de Sharon sería su única responsabilidad, y que cosecharía las tempestades que ahora estaba sembrando.
En febrero de 2001, Ariel Sharon fue elegido primer ministro con una victoria arrolladora. Los israelíes habían decidido que si Arafat no aceptaba mi oferta, tampoco aceptaría nada más, y que si no tenían socio para la paz, era mejor que los dirigiera el más agresivo e intransigente que tuvieran.
Al día siguiente, el presidente electo Bush vino a la Casa Blanca para la misma reunión que yo había mantenido con su padre ocho años antes. Hablamos de la campaña, de las actividades de la Casa Blanca y de la seguridad nacional. El estaba reuniendo a un experimentado equipo procedente de las antiguas administraciones republicanas, que creían que los temas de seguridad más importantes eran el sistema de defensa con misiles e Irak. Yo le dije que pensaba que sus problemas de seguridad serían, por orden de importancia, Osama bin Laden y Al-Qaeda; la falta de paz en Oriente Próximo; el pulso entre las potencias nucleares de India y Pakistán; los lazos entre los paquistaníes, los talibanes y Al-Qaeda; Corea del Norte y, finalmente, Irak. Le dije que mi mayor decepción era no haber podido atrapar a Bin Laden, que aún estábamos a tiempo de lograr un acuerdo de paz en Oriente Próximo y que casi habíamos alcanzado un acuerdo con Corea del Norte para poner fin a su programa de misiles, pero que probablemente él tendría que desplazarse al país para cerrarlo. Escuchó mis palabras sin hacer demasiados comentarios; luego cambió de tema y me preguntó cómo hacía el trabajo.
Aunque siempre lamentaré los errores que he cometido, me iré a la tumba orgulloso de las cosas por las que luché durante la batalla del impeachment, mi último gran enfrentamiento con las fuerzas a las que me había opuesto durante toda mi vida: las que defendieron el viejo orden de la discriminación racial y de la segregación en el Sur; las que jugaron con las inseguridades y los miedos de la clase trabajadora blanca en la que crecí; las que se opusieron al movimiento feminista, a los ecologistas y a los luchadores en defensa de los derechos de los homosexuales; las que consideraron otros esfuerzos por ampliar nuestra comunidad nacional como asaltos contra el orden natural de las cosas; en fin, las que creyeron que los gobiernos deberían favorecer a poderosos intereses ocultos y arbitrar medidas fiscales beneficiosas para los ricos por encima de la sanidad y una mejor educación para nuestros hijos.
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