Néstor Kirchner, junto al ministro Julio De Vido y Oscar Parrilli en la plataforma militar de Aeroparque, antes de abordar ayer el avión de Aerolíneas Argentinas rumbo a Jujuy.
«Me parece que me voy a tener que ir», murmuró Oscar Parrilli, quien ayer protagonizó un papelón sinfónico. En un mismo día, dos noticias pusieron en tela de juicio su idoneidad. Por un lado, se conoció un estudio de la Rolls Royce que dictaminó que la turbina del Tango 01 que se detuvo durante un vuelo presidencial el martes pasado no estaba en condiciones para ser operada. Por otro, ayer se supo que, durante tres horas, a partir de las 3.45 de la mañana del domingo pasado, un intruso deambuló por los jardines de la residencia de Olivos y sólo fue descubierto cuando llamó la atención de una amiga de la primera dama conocida como «Maquena», quien pernoctaba en la casa de huéspedes. A esas horas, la pareja presidencial y su hija Florencia dormían en las habitaciones del chalet.
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¿Por qué se autoflagelaba ayer Parrilli? Sencillo: todo el sistema de seguridad presidencial (en cualquier momento, se verá a los Kirchner en las marchas de Blumberg) depende de él. Ayer volvió a demostrarse que ese dispositivo ofrece menos garantías que el que protege a cualquier vecino del barrio donde está ubicada la residencia presidencial. Lo sucedido el domingo no fue el producto del azar, sino de una cadena de incompetencias que dejan mal parados a Parrilli y a varios de sus subordinados.
• El primer error se puede imputar a la Policía Bonaerense, encargada de uno de los anillos de la custodia de Olivos. Quienes vigilan el cerco perimetral de la quinta son agentes de esa fuerza y, por lo tanto, al saltar ese paredón el sospechoso se burló de ellos. Sin embargo, el lugar por donde entró este personaje estuvo protegido hasta hace poco por un suboficial que ocupaba una garita. Pero las garitas de la casa fueron inutilizadas por orden de la intendenta, que habría aconsejado desalojarlas de vigilantes para garantizar una mayor privacidad de la familia del Presidente. Si esa orden no se hubiera impartido, tal vez la casa no hubiera sido violada.
• Mientras deambuló por el parque de la quinta, el intruso (hay que denominarlo así, ya que las fuerzas de seguridad anoche todavía no lo habían identificado) se burló del cuerpo de Granaderos a Caballo, que es el responsable por la seguridad de esa área. Estos soldados son los encargados de monitorear las cámaras de TV en las que se regis-tran los movimientos que ocurren en el área. El jefe del Regimiento de Granaderos es el superior de ese cuerpo, el coronel Hernán Prieto Allemandi. Sin embargo, el servicio de control por cámaras fue subcontratado por la Casa Militar y es el personal de la empresa privada Tepsa encargada de esa operación el que tiene que informar sobre lo que registran las pantallas. El merodeador de Olivos fue filmado al entrar y al salir de la quinta, pero quien tenía que darse cuenta de ello, un suboficial retirado de Ejército contratado por la firma, no lo advirtió.
En este punto no hay que descartar las ineficiencias de Parrilli. A él le habrían aconsejado hace un par de meses que reemplazara esa red de monitores por otra más sofisticada que activa alarmas cuando las cámaras de TV registran alguna escena sospechosa. Pero, como en el caso del avión presidencial, el secretario general dejó pasar el tiempo.
• El interior del chalet donde vive la familia Kirchner es resguardado por la Policía Federal. Existe una guardia del Presidente comandada por el comisario Héctor Patrigniani, quien reemplazó a pedido de Kirchner al jefe de la custodia de Eduardo Duhalde, Ricardo Pedace. Este cuerpo de «azules» reporta directamente a Néstor Valleca, el jefe de la Policía Federal.
Las tres unidades que controlan (es un modo de decir) la seguridad de Olivos dependen del jefe de la Casa Militar, Gustavo Giacosa. Ayer fue él quien debió hacer relevar a tres efectivos del Ejército encargados de la seguridad del Presidente y responsabilizarlos por los graves errores del domingo pasado. Sin embargo, en la Casa Rosada se puso ayer bajo la lupa la conducta de Parrilli, cuestionada también desde el otro ángulo, el que tiene que ver con los desperfectos del Tango 01.
• Funciones
En efecto, este neuquino, ex diputado nacional y lugarteniente presidencial desde mayo pasado, se desempeña más como secretario privado que como secretario general. De todos modos, el Presidente cuenta con un cola-borador privadísimo, Daniel Muñoz («Dani» para el entorno de la Rosada), una de las pocas personas en las que el santacruceño deposita una confianza incondicional.
La rutina de la Casa de Gobierno y su propia impericia han hecho que Parrilli no desarrolle sus tareas con responsabilidad. El secretario general está a cargo de un sinfín de tareas domésticas que incluyen las necesidades de la esposa del Presidente cuando se radica a trabajar en el Palacio de Gobierno (en lo que más solícito se muestra el funcionario es en el mantenimiento de los baños: suele comentar que la senadora Kirchner es particular-mente rigurosa con la asepsia y que entra a lavarse las manos frecuentemente).
A esta sobrecarga de funciones cotidianas, que Parrilli lleva adelante con «temor y temblor», se le suman las responsabilidades funcionales. Y aquí aparecen otros rasgos de personalidad, propios y ajenos, que terminan por arruinar su desempeño, aunque sus características de subordinado le garantizan la continuidad en el cargo.
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