28 de noviembre 2001 - 00:00

Pelea entre gremios complica el acuerdo

Pelea entre gremios complica el acuerdo
Ingenuidad oficial, desde Augusto Vandor en adelante, el sindicalismo argentino tiene tarifada su participación en los distintos «pactos sociales» que se formularon desde entonces. No es el mal mayor de la concertación a la que llamó De la Rúa. El experimento tiene un problema clásico en el actual gobierno: carece de una agenda oficial sobre la cual pactar (lo cual tal vez sea lógico, ya que tal vez hoy sólo podría ofrecer un temario de ajustes que nadie piensa suscribir). En consecuencia, la «concertación» que ofrece abre paso a que se formulen expectativas y propuestas ajenas que lleva en su alforja cada sector. Van desde un tipo de cambio flotante para el comercio exterior hasta la creación de un Ministerio de la Producción o el relanzamiento del Plan de Infraestructura. Resultado: las reuniones sirven para incrementar la incertidumbre sobre los pasos que piensa dar un gobierno ya de por sí fluctuante en su comportamiento económico. En otras palabras: aumentan el mal que se quería evitar cuando se dispuso de ese espacio de acuerdo. Porque si a algo aspiraba el gobierno con su precipi tada «concertación» era a disimular ante el Fondo la dispersión que domina hoy a la política. Acaso termine exagerándola.

La concertación del gobierno comenzó a presentar ayer graves dificultades hasta el punto de que se duda de que mañana se realice la reunión formal de lanzamiento a la que convocó Fernando de la Rúa. La disidencia más fuerte, que hace peligrar el cuadro que pretende componer el gobierno, proviene de la CGT oficialista. Rodolfo Daer ya le hizo saber a Chrystian Colombo que sólo volverán a sentarse a la mesa si se cumplen dos condiciones: la primera, que el gobierno anule el decreto que suspende las asignaciones familiares para crear un subsidio universal a las familias pobres; la segunda, que se les hagan efectivos los $ 200 millones en bonos que vienen reclamando como pago de deudas del Estado con las obras sociales. De no cumplirse estos requisitos, los «gordos» de la CGT amenazan con apartarse de la mesa de diálogo.

Daer supone, además, que la UIA también se alejará del gobierno en solidaridad por el decreto sobre asignaciones familiares. Los sindicalistas de la CGT dialoguista se mantuvieron en sesión permanente desde el domingo por la noche, cuando concurrieron a Olivos. La reunión de la que participaron entonces ya no les había gustado: «Daba la impresión de que 'Coti' (Nosiglia) había salido a levantar gente por los 'cantris' (por countries) y que llevó lo que encontró», dijo uno de los jerarcas gremiales, insatisfechos por lo desparejo de la representación empresarial de esa convocatoria. Lo que más los irritó desde ese momento hasta ahora es la presunción de que se sentarán a una negociación de la que no se llevarán nada, cosa a la que no están acostumbrados. Sucede que Fernando de la Rúa no quiere firmar un decreto que anule el sistema de subsidios que dejó como herencia Patricia Bullrich y que, a la vez, dio por terminado el régimen de asignaciones familiares. «Mandaremos una ley al Congreso para que corrija todo, pero el decreto no lo podemos tocar; es el corazón de las medidas que anunció el Presidente hace un par de semanas», explicó Colombo a Daer, quien no quedó convencido con la receta.

• Urgencias económicas

Además, los sindicalistas quieren que se les pague la deuda de manera urgente porque, de lo contrario, auguran que quebrará todo el sistema de salud porque se habrá cortado la cadena de pagos. Sobre estas pretensiones objetivas, el comportamiento de la CGT se combina con algunas jugadas políticas. No es casual que Hugo Moyano y Luis Barrionuevo, los dos dirigentes más cercanos a Carlos Ruckauf, sean quienes adoptaron la estrategia de ruptura más temprano: desde La Plata se auspicia la salida del gobierno y el reemplazo por una administración del PJ, en lo posible encabezada por el propio gobernador bonaerense. Estos dos gremialistas estaban anoche a punto de imponer su voluntad sobre el resto, presionando para que el movimiento obrero esté ausente de la mesa de discusión de mañana.

En la vereda de enfrente, la del acuerdismo, quedó prácticamente aislado Armando Cavalieri. Es hoy el gremialista más cercano a la administración al punto de que, cariñosamente, lo llaman «Alderete» (en referencia a aquel Carlos Alderete, de Luz y Fuerza, con el que el sindicalismo carcomió el gobierno de Raúl Alfonsín en sus postrimerías). Cavalieri consiguió ubicar a Jorge Orozco y Raúl Montes de Oca como funcionarios en la gestión de José Gabriel Dumón como ministro de Trabajo. Y también está a punto de conseguir que Rubén Cano, el superintendente del Sistema de Salud, firme una resolución mejorando los subsidios a las obras sociales para salvar a su alicaída OSECAC (operación que se combina con la compra de alguna prepaga importante por parte de Julio Fraumeni, a quien Bullrich está investigando según lo que le adelantó a Cavalieri a la salida de un programa de TV). Hasta anoche, el acercamiento con Cavalieri y los «gordos» le servía de poco a Dumón, el nuevo ministro. También a Colombo. En defensa de la «pax sindical» se enemistaron con la Bullrich y bendijeron un fallo judicial que exime a los gremialistas a entregar declaraciones juradas de bienes ante el Ministerio de Trabajo. Pero los gremios, a cambio, no eran anoche capaces de sentarse a la mesa de diálogo salvando de un papelón a sus amigos del gobierno.

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