Pueden calificarse como de adolescentes y sin racionalidad muchas medidas -sobre todo discursos presidenciales de este gobierno-, pero no la afirmación de Néstor Kirchner de una «policía sin armas». Lo decía en su columna del viernes pasado en Ambito Financiero el doctor Daniel Vítolo: no sería un invento argentino. En muchos países serios del mundo existe «policía desarmada», empezando por Inglaterra desde 1829. Pero -esto es lo importante-es un sector de cada policía, principalmente antimotines, para no incitar a más violencia; para que no le atribuyan siempre (una tradición en la Argentina sobre todo) el primer disparo a un efectivo policial. Pero toda policía antimotines sin armas (salvo las no mortales como carros hidrantes, gases lacrimógenos, perros amaestrados, disparos de 12 voltios que desvanecen, palos, etc.) tiene imprescindiblemente que tener próxima una policía correctamente armada frente al desborde. Y con correctos medios de comunicación y desplazamiento rápido, para responder a la otra de primera línea.
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Hasta ahí el gobierno está bien y no puede ser criticado. Pero vienen los problemas argentinos.
Primero: gastamos mal buena parte de los fondos del Estado en exceso de empleados públicos, en «ñoquis», en ferrocarriles destinados a perder por no poder competir con el transporte como camiones, por subsidiar hasta peajes. No podemos asegurarle a la Policía anti-motines sin armas medios rápidos de transporte, por caso modernos helicópteros de traslado de efectivos, camiones y pistolas eléctricas. Si no hay una complementación rápida, una protección con «policías sin armas» puede derivar en una tragedia, sobre todo frente a milicias organizadas como hoy tienen los piqueteros, con tácticas de mujeres y niños al frente de las columnas de avance.
San Isidro es la «capital argentina del secuestro» por falta de equipamiento con cámaras de TV en sus calles y helicópteros de guardia permanente. Todo por falta de medios, usados en burocracias estatales o en obras públicas no tan prioritarias hoy frente a la inseguridad y los gastos que ésta requiere.
El otro problema argentino frente a una tercera línea de «policías sin armas» es el desprestigio que llevó este gobierno a las policías Federal y Bonaerense. El arma de la «purga permanente» ha minado la moral de los efectivos y nadie tiene seguridad hoy de que respondan, aun en el caso de usurpaciones armadas. León Arslanian en la provincia y Gustavo Béliz en la Capital Federal -con el beneplácito por esa agresividad interna contenida que posee Néstor Kirchner y que impregna a sus adláteres- le han quitado personalidad y respeto a las principales fuerzas de seguridad. Agréguese a ello el dinamitado sobre el mismo objetivo durante años de los «progres» (que ahora son gobierno pero están asustados por la violencia piquetera que amenaza expulsarlos de su actual cómoda burguesía y enriquecimiento). Súmese el periodismo comercial tonto, que suciamente trata de vender atacando y desprestigiando policías, y tendremos un mal completo elaborado para perder seguridad. Lo dijeron bien en la Rural: «El enemigo es el delito, no la Policía».
Tercero y último: si ya es tarde frente a tantas exageraciones, y tenemos una policía desprestigiada por tantos ataques justos e injustos; si no se puede confiar los operativos en jefes que pueden durar 48 horas hasta la próxima «purga» de Arslanian o de la SIDE, todos mal pagos en relación a su responsabilidad, sospechados de no reaccionar aunque se lo ordenen porque será peor la sanción por un desliz de ejecución que por desobediencia -esto lo sabe hoy todo policía de cualquier grado-, lo único que queda es que el complemento armado necesario de una primera línea de «policías sin armas» sean efectivos de Gendarmería y Prefectura Naval.
Impondrían el respeto que quienes la dirigen le hicieron perder a la Policía. Como dice Juan José Alvarez, un hombre que sabía de seguridad y tratar a policías pero no le caía bien a Kirchner y debió sacarlo Felipe Solá: «No me den a mí un gendarme sin entrenamiento de calle y con su FAL cuya bala llega de aquí al Congreso». Y decía esto estando en San Telmo.
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