13 de junio 2002 - 00:00

"Que se vayan todos": ardides de los políticos para zafar de megapurga

Si alguien teme, en medio de la crisis gigantesca, por la estabilidad de las instituciones democráticas en la Argentina, puede quedarse tranquilo. Pocas veces se vio que una sociedad esté tan tomada por el ímpetu revolucionario y que, al mismo tiempo, confíe en los poderes establecidos para que se tramite esa voluntad de renovación. La revolución que supone la consigna «que se vayan todos» le fue encomendada a la misma clase política que se pretende derrocar y, de ese modo, se asiste en el país a una escena paradójica: son los diputados y senadores del Congreso los encargados de definir la modalidad y el alcance de su propia expulsión. Es la novedad más importante en el orden de la larga duración, si se tiene en cuenta que la sociedad argentina respondió siempre con golpes de Estado a crisis que, como la que está en curso, se percibieron como terminales. Este avance que se registra en la cultura política del país entraña más de una curiosidad:

¿QUIEN SE VA Y QUIEN SE QUEDA?

Instalados sobre el patíbulo, son los mismos condenados a muerte quienes debaten sobre la manera y los plazos de su condena: si la silla eléctrica, la muerte química o la más rudimentaria horca. Esa es la sensación que produce el debate entre el tucumano Ricardo Falú y el conservador Leopoldo Moreau, entredicho que aporta una curiosidad adicional. Es posible que el innovador Falú sea víctima de su propia receta: que renuncien todos para que, mediante una nueva elección, se renueve por completo la Legislatura. Sucede que nadie le asegura regresar al Congreso. En cambio Moreau, que recusa la propuesta, tiene prácticamente garantizado el retorno por aquella «ley de hierro de las oligarquías» que Vilfredo Pareto definió a comienzos del siglo pasado. «El Marciano» tiene asegurado un lugar en las listas sábana de la provincia de Buenos Aires, ahora más que antes: puede regresar a la banca envuelto en la bandera radical o militando en las listas del duhaldismo, que lo tiene como el socio predilecto del «pacto bonaerense». Falú, en cambio, tendría que remar contra todas las corrientes de Tucumán, donde figura como un disidente.

LAS COLUMNAS DEL TEMPLO

Otro rasgo llamativo en el debate es la aparición de viejos jerarcas de las burocracias partidarias que, como Raúl Alfonsín, ahora se abrazan a las columnas del templo. Sus ínfulas revolucionarias son tan huracanadas que cualquier persona sensata preferiría mantener el «status quo» antes que hacerle caso. Para el caso de que se vaya Eduardo Duhalde por renuncia, Alfonsín no sólo propone la renovación de todos los mandatos. Agrega la convocatoria a una reforma constitucional, que debe realizarse a través de una asamblea «ad hoc». El ex presidente supone que en el clima político que reina actualmente, que esa constituyente estaría dominada por un gran bloque de representantes de Elisa Carrió y Luis Zamora. Aferrado a este pronóstico (que puede o no ser acertado), Alfonsín parece amenazar a quienes exigen el reemplazo de la clase política con la remoción de principios generales. El de propiedad, entre ellos. Calcula que ante esta perspectiva la mayoría querrá que nada cambie, con lo que su propuesta se transforma en un típico «proyecto tapón», imposible de ser cumplido de tan ambicioso.

¿EL PROXIMO GOBIERNO SERA MAS DEBIL?

Otra paradoja tiene que ver con el diseño de poder que devendría de una elección de renovación general como la que se reclama. Todas las encuestas sugieren que ningún candidato se impondría en la primera vuelta electoral para presidente. Eso quiere decir que cada partido obtendría, a lo sumo, 30% de las bancas del Congreso. Es decir: el Presidente que surja de la segunda vuelta tendría un poder parlamentario más menguado que Duhalde. Y como se presume que la fragmentación de la Legislatura se haría más acentuada, la posibilidad de constituir acuerdos se mostraría más esquiva que hoy. En otras palabras, el futuro gobierno tendría una base parlamentaria más débil que el actual.

EL JUEGO DE LA ELECCION ANTICIPADA

• Así como la sociedad está recorrida por una corriente que pretende «que se vayan todos», un sector de la dirigencia política se mueve con la consigna «que se vaya el gobierno». Esta aspiración es la que se esconde en las propuestas sobre elecciones adelantadas. A diferencia de lo que sucede con el público, en general, esta demanda de la clase política respecto del gobierno es menos inocente. Detrás de cada recomendación se esconde una «martingala» que beneficia a quien la formula. El caso más evidente es el de José Manuel de la Sota, que insiste con la elección adelantada desde que se fue Fernando de la Rúa (en torno a este problema se enfrentó con Adolfo Rodríguez Saá en una pelea que todavía no terminó). Es cierto que jamás se escuchará al gobernador de Córdoba hablar de que se precipiten los comicios: prefiere, con más elegancia, reclamar un cronograma. Como ya existe uno, hay que inferir que quiere otro, más próximo. Sus adversarios acusan a De la Sota de estar interesado en abandonar la provincia en fuga hacia la Nación, en una especie de «carrera ruckaufista» (Carlos Ruckauf abandonó el gobierno de la provincia de Buenos Aires y jamás se sintió tentado de explicar por qué lo hizo aunque más no sea con una carta de lectores, él que es tan apegado a los medios). Sin embargo la propuesta de De la Sota estaría relacionada con otro problema: ayer convocó a elecciones para gobernador para el 9 de junio del año que viene; por lo tanto, sólo podría acceder a una candidatura presidencial si los comicios para esa categoría se producen por adelantado. De ese modo, De la Sota competiría para presidente y, si pierde, le quedaría la chance de hacerlo también para gobernador a mediados del año próximo. El orden contrario sería imposible: no podría pretender la gobernación y al poco tiempo la Presidencia, gane o pierda en su terruño.

¿HABRA UN SOLO CANDIDATO BONAERENSE?

Así como afecta al PJ cordobés, el cronograma electoral tiene consecuencias importantes para el de la provincia de Buenos Aires. Si Duhalde no se postula -y no podría hacerlo si su gobierno se precipita al vacío antes de tiempo-es casi seguro que el peronismo de la provincia de Buenos Aires, su maquinaria electoral, quedaría sin candidato a presidente propio por primera vez en décadas. La interna peronista y las elecciones generales serían solamente para presidente y vice y el aparato duhaldista tendría que optar por un postulante ajeno a la provincia. Ese aval sería casi simbólico: como este año nadie discutiría intendencias, concejalías o bancas provinciales, la estructura que maneja el Presidente trabajaría «a reglamento». ¿Lo haría en bloque, sin disidencias, tal como supone Duhalde? ¿O se fragmentaría en varias preferencias, menguando su poder, como le sucedió a Antonio Cafiero cuando el propio Duhalde llevó una fracción hacia Carlos Menem? Esta segunda posibilidad se vuelve más verosímil en la medida en que el prestigio del jefe se vaya desgastando por el fracaso de la gestión nacional. Que el PJ bonaerense se comporte como un solo hombre o que se divida en varias corrientes es una incógnita central para la política argentina y Duhalde lo sabe: por eso quiere sellar un acuerdo con un candidato (presumiblemente Reutemann) ahora y no dejar todo para más adelante, cuando no se sepa cuánto pesa su dedo. Reutemann, que sabe lo mismo, pretende demorar las definiciones.

• Algo parecido le sucede a Duhalde con la candidatura a gobernador. El nombre de su mujer es, antes que el lanzamiento de una candidatura, un modo de censurar cualquier otra que germine fuera de su vivero. Esta posibilidad tiene un nombre: Felipe Solá, quien se ofrece al peronismo bonaerense como una vía para seguir adelante en un momento en que el futuro de Duhalde es brumoso. Nadie duda de que Solá aspira a renovar como gobernador. Pero son menos conocidos los movimientos de los intendentes del conurbano que han comenzado a verlo como candidato a Presidente.

«QUE SE VAYAN TODOS PERO MAS TARDE»


En esta pretensión de arrastrar la incertidumbre hacia adelante, colaboran con Duhalde quienes al parecer se proponen como sus alternativas más dramáticas. Desde Ricardo López Murphy a Elisa Carrió, todos los candidatos que impugnan a la política tradicional prefieren que las elecciones se realicen lo más tarde posible. En el caso de Carrió esa aspiración es evidente: recién ahora ha comenzado a armar su propio partido, en oposición con la estructura del socialismo democrático, que es la base sobre la que la diputada sustentó a su ARI. De internas, ni hablar, sean abiertas o cerradas. El único postulante que desentonó en este coro fue, ayer, Mauricio Macri, quien reclamó elecciones presidenciales ya. Pero su caso es atípico: lo hizo en el momento en que más se duda sobre su vocación para participar de esos comicios.

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