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La disputa con Aguer y la llegada de Sandri motivaron a Kirchner a enviar una escuadra de embajadores a parlamentar con los obispos para, de ese modo, detener una pelea riesgosa. Figura principal de ese grupo de buenos oficios es Alicia Kirchner, la hermana presidencial, quien cotidianamente dialoga con muchos prelados por cuestiones ligadas a la Acción Social, que es el ramo de gobierno que ejerce la esposa de «Bombón» Mercado.
Ginés González García, «doctor Ahorro», también debió extender sus dotes de mediador hacia los diocesanos que habitualmente requieren su asistencia de ministro de Salud. No le bastó a este médico corpulento con las inquietudes que le llegan desde La Plata no por Aguer, sino por Carlos West Ocampo, su socio (político) amenazado por la llegada de Hugo Moyano a la CGT.
Finalmente, Guillermo Oliveri, el secretario de Culto, debe haber multiplicado una serie de contactos que en su caso son la rutina habitual del cargo. Ayer circuló la versión de que, por la mañana, había visitado a la jerarquía de la Conferencia Episcopal para acordar silencio bilateral. Da la impresión de ser una versión fidedigna: el platense Aguer intentó que varios de sus hermanos en el episcopado se solidarizaran con su posición, pero sólo cosechó silencio. «Los tiempos de la Iglesia no son los de la política», explicó a este diario uno de los que escuchó al arzobispo y calló. ¿Habrá que temer, entonces, que se desate un documento más adelante sobre la posición del gobierno?
En prevención de que esto pudiera suceder, desde la Casa Rosada hubo una aproximación ayer a Jorge Bergoglio, el cardenal y arzobispo de Buenos Aires. Bergoglio dialogó con un hombre de Kirchner y le confesó su intención de que las cosas vuelvan a su cauce. Reclamó, eso sí, un trato más frecuente del gobierno con los obispos (al mismo Kirchner le suspendió tres audiencias sin excusa evidente) y se quejó de algo bastante comprensible: «No es bueno que desde algunos medios de comunicación se quiera potenciar cosas que los obispos repetimos semana a semana en nuestros sermones, sólo para que el propio medio de comunicación eluda su responsabilidad de criticar o reprochar conductas oficiales.»
Los chicos suelen usar un verbo que sintentiza lo que este cardenal no desea que le hagan. No es el único purpurado con esa preocupación: otro obispo, de los que protagonizaron una polémica durante el fin de semana pasado, se quejó ayer delante de un enviado de Kirchner «porque el diario 'La Nación', que es conducido por gente muy católica, está usándonos a nosotros para pegarle al oficialismo».




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