8 de julio 2004 - 00:00

Querella: llega a Buenos Aires el Nº 3 del Vaticano

La Curia querrá desvincular este hecho de la polémica que el gobierno abrió con algunos prelados en los últimos días. Pero cualquier observador curioso tenderá un puente entre la llegada de Leonardo Sandri a la Argentina y esta «querella de las investiduras» en la que Néstor Kirchner y algunos obispos se vieron involucrados. Sandri es un arzobispo argentino y se desempeña como secretario sustituto de la Santa Sede. Es decir, hace las veces de «ministro del interior» del Vaticano y funciona como la mano derecha del cardenal Angelo Sodano, el secretario de Estado y principal operador político del Sumo Pontífice.

Hasta aquí, una presentación protocolar de este prelado, que no basta para comprender la significación política de su llegada. Monseñor Sandri es uno de los hombres más allegados a Francisco Trusso (h) entre los muchos contactos que ese banquero en problemas tiene en la jerarquía eclesiástica. Su relación es tan estrecha que, cuando Trusso estuvo prófugo de la Justicia, su escondite fue la casa del hermano de Sandri en Miramar. En otras palabras: si caben reproches para Héctor Aguer por haber sido fiador de ese financista (el Presidente ya los expuso), más le corresponden al funcionario de la Santa Sede.

¿Verá a Néstor Kirchner este prelado? ¿Cuál será su agenda porteña cuando llegue al país, durante la última semana de este mes? Relaciones no le faltan: sus vinculaciones con el menemismo fueron de tal cercanía que los funcionarios de aquel gobierno conocían hasta a sus sobrinos. Al punto de que uno de ellos llegó a estar contratado por la SIDE.

• Informante

Kirchner cuenta con la mejor información sobre estos pliegues de la vida religiosa. Su ministro de Justicia e informante, Gustavo Béliz, es un católico militante que durante años se vio beneficiado por su amistad con Trusso, banquero que promete en estos días revelar algunos detalles de esa cercanía que hasta ahora el público desconoce. No será, seguramente, el dato de que desde la casa de los Trusso se solventaba la tarjeta de crédito de la familia Béliz, ya que esa información es demasiado conocida.

Béliz no es el único nexo entre Kirchner y la Iglesia, por suerte: es que el joven ministro quedó deslucido cuando desde su cartera comenzó a enviar al Senado pliegos de candidatos a la Corte que no gozan del favor de los pastores. Desde Eugenio Zaffaroni hasta Carmen Argibay, pasando por Elena Highton de Nolasco. Paradoja: el apostólico Béliz se convertirá en el ministro de Justicia bajo cuyo mandato más jueces abortistas se instalaron en el superior tribunal. ¿Por qué no habrá renunciado este hombre de fe, que llevaba al mandatario Carlos Menem a amasar pan con los monjes trapenses?

La disputa con Aguer y la llegada de Sandri motivaron a Kirchner a enviar una escuadra de embajadores a parlamentar con los obispos para, de ese modo, detener una pelea riesgosa. Figura principal de ese grupo de buenos oficios es Alicia Kirchner, la hermana presidencial, quien cotidianamente dialoga con muchos prelados por cuestiones ligadas a la Acción Social, que es el ramo de gobierno que ejerce la esposa de «Bombón» Mercado.

Ginés González García, «doctor Ahorro», también debió extender sus dotes de mediador hacia los diocesanos que habitualmente requieren su asistencia de ministro de Salud. No le bastó a este médico corpulento con las inquietudes que le llegan desde La Plata no por Aguer, sino por Carlos West Ocampo, su socio (político) amenazado por la llegada de Hugo Moyano a la CGT.

Finalmente, Guillermo Oliveri, el secretario de Culto, debe haber multiplicado una serie de contactos que en su caso son la rutina habitual del cargo. Ayer circuló la versión de que, por la mañana, había visitado a la jerarquía de la Conferencia Episcopal para acordar silencio bilateral. Da la impresión de ser una versión fidedigna: el platense Aguer intentó que varios de sus hermanos en el episcopado se solidarizaran con su posición, pero sólo cosechó silencio. «Los tiempos de la Iglesia no son los de la política», explicó a este diario uno de los que escuchó al arzobispo y calló. ¿Habrá que temer, entonces, que se desate un documento más adelante sobre la posición del gobierno?

En prevención de que esto pudiera suceder, desde la Casa Rosada hubo una aproximación ayer a Jorge Bergoglio, el cardenal y arzobispo de Buenos Aires. Bergoglio dialogó con un hombre de Kirchner y le confesó su intención de que las cosas vuelvan a su cauce. Reclamó, eso sí, un trato más frecuente del gobierno con los obispos (al mismo Kirchner le suspendió tres audiencias sin excusa evidente) y se quejó de algo bastante comprensible: «No es bueno que desde algunos medios de comunicación se quiera potenciar cosas que los obispos repetimos semana a semana en nuestros sermones, sólo para que el propio medio de comunicación eluda su responsabilidad de criticar o reprochar conductas oficiales.»

Los chicos suelen usar un verbo que sintentiza lo que este cardenal no desea que le hagan. No es el único purpurado con esa preocupación: otro obispo, de los que protagonizaron una polémica durante el fin de semana pasado, se quejó ayer delante de un enviado de Kirchner «porque el diario 'La Nación', que es conducido por gente muy católica, está usándonos a nosotros para pegarle al oficialismo».

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