"Será un chiste, querido, pero a mí esos chistes no me los hacés." Maternal, pero severa, así le habló ayer por la mañana Hilda González de Duhalde, Chiche, a Felipe Solá. Eran las 8 de la mañana, y la primera dama ya refunfuñaba: eso de que «a mí no hay mujer que se me resista» la había indignado y lo hacía notar. Hasta hay quienes piensan que fue por ese fastidio que terminó negándose a secundar a Solá en la fórmula por la gobernación.
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Chiche le contó esa negativa a la cúpula del PJ bonaerense que la visitó durante la mañana de ayer en su domicilio de Lomas de Zamora. Felipe acababa de abandonar el lugar, y los peregrinos a la casa de los Duhalde estaban consternados: se enteraron por la radio, gracias a la conferencia de prensa en la que Solá se autoflageló, de la noticia que ahora «la señora» les explicaba. Manuel Quindimil, José María Díaz Bancalari, Juan José Mussi, Carlos Brown, Osvaldo Mércuri, Mabel Müller, Silvia Martínez, Alberto Balestrini, Graciela Giannettasio, Julián Domínguez, Jesús Blanco y Antonio Veramendi son los principales capitostes del partido que visitaron a Chiche para hacerle en el living de su casa una especie de «cabildo abierto» con la lógica -no con la dimensión, claro- que tuvo aquel dedicado por el peronismo de los '50 a Eva Perón en la sede del edificio de Obras Públicas.
Ante ellos se explayó la esposa de Duhalde: «Anoche ya le había avisado a Felipe que no quiero acompañarlo. Se lo dije bien y hoy se lo repetí. ¿Qué es lo que sucede? No, no quiero ser vice. Quiero ser número uno, eso sí. Dentro de cuatro años. Ahora acepto no ser gobernadora, porque es una decisión de mi marido, que no se equivoca nunca. Pero, ¿vice?, ¿para qué?, ¿para pelearme con Felipe a los 10 días? No, eso no». Fue generosa, después de todo. No mencionó el «detalle» que más la irrita del gobernador bonaerense: que echó a su yerno, Gustavo Ferri, de la subsecretaría de la juventud. «Se metió con la comida de los nietos, los mellizos», explicó, innecesariamente, una de las señoras que la visitaron ayer por la mañana.
Casi todos los que escuchaban habían recibido del propio Duhalde, a lo largo de la semana anterior, el adelanto: «Ya está todo cerrado. Chiche va de vice. Hay que fortalecerlo a Felipe porque jugamos ahí». Hasta Solá recibió esa información el viernes, en el astillero Río Santiago, durante un aparte a solas con el Presidente. Por eso él también despotricaba a las 5 de la tarde, ayer: «Estoy esperando que me llame él, que me dio la palabra».
Estos antecedentes hacían más irreal la escena en lo de Chiche. Por eso Quindimil insinuó un requiebro: «No puede ser que tome una determinación...». La dueña de casa no lo dejó seguir al anciano intendente de Lanús y comenzó a destilar un rencor antiguo, del que recién ahora se desahogaba: «Ustedes no tienen derecho a exigirme nada. En 1997 perdí porque me dejaron sola. No trabajaron lo que tenían que trabajar. Y lo hicieron especulando con que si me iba bien yo sería gobernadora en 1999, ¿o no es cierto?». Silencio en la sala. Siguió Chiche: «Yo no tengo problema en pelear, en salir. Pero ¿por qué de número dos? Si mido mejor que Felipe...». Parecía hablarle a su marido, como si le diera razón a Solá, que por la tarde se confesaría con un íntimo: «En realidad, no me dice que no a mí, le está diciendo que no a Duhalde». No escarmienta Felipe con el chiste de que las mujeres no se le niegan.
• Salvando el día
Quindimil machacó. Para él se trataba de salvar el día: «¿Cómo hago con el acto de Lanús? ¿Qué le digo a la gente si usted no va?». Mabel Müller, con la energía que permite la amistad, se le superpuso: «Chiche, ¿qué piensan hacer ustedes, vos y 'Negro'? ¿Vamos a tirar todo por la borda? ¿O no te das cuenta de que si no le ponen a alguien fuerte a Kirchner y si no vas vos a la provincia acá perdemos en todos lados?».
La esposa del número 2 de la SIDE puso el dedo en la llaga e hizo retroceder a la otra esposa, la del Presidente. «¿Qué, me van a echar la culpa a mí ahora por lo que suceda? ¿Yo qué tengo que ver?» Balestrini demostró que sabe halagar en el momento oportuno durante una negociación: «Chiche -le dijo-, si vos no vas en la fórmula se creerá que el peronismo bonaerense renunció a la justicia social, porque vos sos un emblema de la justicia social, que es lo que le tenemos que oponer al menemismo». Un poco por la exaltación a su persona, otro poco por la mención de Carlos Menem, las palabras del intendente de La Matanza parecieron tener un efecto prodigioso sobre la esposa de Duhalde. «La justicia social, queridos, no se hace solamente repartiendo comida. Justicia social es también la educación, la salud, la seguridad... No sé, habría que ver. Pero no, nosotros nos vamos el 25 de mayo. Habría que hablar con Felipe serenamente...» Chiche ingresó a esa altura de su monólogo en un pantano de contradicciones sin remate.
Fue cuando intervino Brown: «Si tu negativa es contundente, debés decirlo y, si no, si ves que todavía se puede hablar, podemos seguir haciendo gestiones y pidiendo tu candidatura». El diputado de San Martín había confesado la duda de todo el mundo en esa casa: nadie sabía si Chiche había desairado a Solá o si había provocado un «operativo clamor» con la idea de que siempre debe mostrarse que el poder debe ejercerse con abnegación. La misma dueña de casa alimentó esa incógnita: «Habría que hablar todo muy bien, juntarme con Felipe y arreglar todo. Sin embargo, tiene razón Eduardo. Nos vamos, nos vamos el 25 de mayo».
Díaz Bancalari, experto en duhaldismo, salió de la casa de Lomas con una definición clara del episodio: «No entiendo nada, pero ellos, los Duhalde, tampoco». Se marchó hacia la Cámara de Diputados fantaseando con un proyecto de Eduardo Camaño, quien pretende convertirlo en segundo de Solá para administrar el Senado bonaerense, que «el Mono» conoce más de lo que le conviene. Mércuri contenía la risa, disfrutando el planchazo de Solá, y doña Mabel salió hacia su auto repitiendo: «Perdemos, perdemos». El único angustiado era Quindimil. A su edad, resiste menos la incertidumbre y, verticalista como es, ya no sabía si llenar esa tarde el miniestadio de Lanús en homenaje a Solá sería un acto de disciplina o una señal de insubordinación para la que nunca se había preparado.
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