Rodríguez Saá ingresó ayer eufórico a la Casa de Gobierno
La decisión pasó casi inadvertida, sobre todo, por la identidad de quienes la adoptaron. Falta todavía bastante tiempo para que la popularidad que ganó Adolfo Rodríguez Saá se expanda a todo su círculo. En el caso de Santiago Julio, la demora será más acentuada: ni siquiera es ministro o secretario del nuevo gobierno. Apenas conserva un título de ex encargado de Salud en San Luis, cuando comenzaba la década del '90, y el antecedente de haber disfrutado, en los últimos años, un oscuro cargo de enlace entre la Casa de San Luis y el gobierno nacional. Sin embargo ayer, desde su agrupación Corriente Nacional Argentina Grande hizo el primer intento por nacionalizar su «adolfismo» al postular al actual mandatario para que permanezca en la Casa Rosada hasta 2003.
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Julio es deliberadamente ambiguo al formular su pretensión: «La permanencia de Rodríguez Saá al mando del Ejecutivo será la única garantía que (sic) se mantenga el rumbo de los anuncios realizados hacia un destino de recuperación de la Argentina». El ex funcionario puntano no aclara, acaso deliberadamente, si esa continuidad debe alcanzarse a partir del triunfo en las elecciones del 3 de marzo o si, en cambio, se conseguirá evitando esos comicios. En el plenario de la Corriente Nacional Argentina Grande, del que además de Julio participaron Jorge Elger, Héctor Iber Lucero y Cristina Lodos, tampoco se especificó ese detalle.
Rodríguez Saá insistió una y otra vez con que su misión al frente del gobierno finalizará el 5 de abril, como está previsto en el calendario electoral que se fijó en la Asamblea Legislativa que sesionó en la madrugada del domingo. Su inseparable Luis Lusquiños, secretario general de la Presidencia, cifra la gestión en «90 días y 90 noches» (de estas últimas ya pasaron dos en asados servidos en Olivos, la del lunes y la de anoche). Pero hay varios indicios que obligan a dudar de este propósito. El primero de ellos es que en su espacio no crece ni se cae un pelo sin que él esté enterado, lo que obliga a pensar que la iniciativa de Julio se tramite con su consentimiento o, más aún, su orden. Otra señal que vuelven sospechosas las declaraciones del Presidente sobre la duración de su mandato es la frase de Oraldo Britos, quien conoce al líder puntano como pocos (sobre todo por habérsele opuesto durante tantos años en la interna del PJ de San Luis): «'El Adolfo' nunca inicia nada que dure menos de una década», suele decir el ministro de Trabajo.
Pretensión
En rigor, lo que se inició con la postulación de esa «Corriente...» desconocida es un «operativo clamor» de los que se impone a sí mismo el peronismo cuando uno de sus dirigentes pretende ir más allá de lo que indican las leyes o sus promesas. Juan Perón en 1950 y Carlos Menem en 1998 estimularon dentro del partido la aparición de grupos e individuos que pedían públicamente por la permanencia del presidente en el gobierno haciendo la vista gorda respecto del vencimiento del mandato. En esos dos casos, la pretensión tenía un aire de prepotencia respecto de métodos y reglas de juego institucionales. En cambio, el «clamor» que se inició ayer, casi imperceptible, en las oficinas del doctor Julio, podría crecer a favor de la ley y las instituciones.
Sucede que cada vez son más las voces cercanas al gobierno o que simpatizan con él que sostienen algo sensato: una Asamblea Legislativa no puede emitir leyes. Y la que se reunió el último fin de semana modificó mediante una resolución el Código Nacional Electoral al establecer que en las elecciones de marzo regirá el sistema de lemas. Sólo un trámite parlamentario convencional podría realizar esa modificación, pero es posible que quienes pretenden la realización de comicios no consigan el número de adhesiones necesarias para imponer esa ley.
Oposición
El proyecto de ley de lemas será enviado al Congreso la semana próxima o tal vez la otra, como si en este punto el gobierno arrastrara los pies. La oposición de los radicales y de buena parte de los peronistas hará más engorroso su trámite. Pero Rodríguez Saá y su equipo más cercano esperan que esa demora se complemente con una inocente impugnación judicial que podría realizar cualquier particular quejándose por la sanción del sistema de lemas por una Asamblea Legislativa, lo que quizá tendría la aprobación de cualquier magistrado.
Son estos trámites fríos, institucionales, los que deberían estar envueltos por un clamor más o menos espontáneo de una parte del PJ y, si fuera posible, de la sociedad. Para eso trabaja Rodríguez Saá y a este fin están orientadas sus principales medidas.
Si lo logra, volverá a burlarse de los elefantes blancos del PJ, como se burló la madrugada del domingo, cuando lo consagraron presidente. Esa noche, Rodríguez Saá avanzó sobre el resto por esa audacia que le faltó a Eduardo Duhalde, quien cuando le preguntaron, en el despacho de Jorge Yoma, si aceptaba asumir la Presidencia por dos meses dijo: «Antes tengo que consultar con mi familia». Encerrado con Jorge Busti, Carlos Ruckauf y Carlos Verna, Duhalde intentó la candidatura de Juan Carlos Maqueda, quien aceptó en su despacho la oferta para presidir el país por 60 o 90 días. Las cavilaciones del bonaerense no tenían fin: enseguida lo convencieron de que sería mejor que él se hiciera cargo del gobierno hasta 2003, sin elección y hasta parlamentó con Raúl Alfonsín hasta conseguir el aval de la UCR. Rápido, Carlos Ruckauf se comunicó con José Manuel de la Sota y Néstor Kirchner, quienes se plantaron contra Duhalde: si no hay elecciones en marzo, retiramos nuestros legisladores de la Asamblea.
Estrategias
Un rato después, en el Salón Gris del Senado, cuando todas las estrategias tenían «peros», Rodríguez advirtió: «Yo quiero ser, por dos días, por dos meses o por dos años». Su deseo era tan nítido que derribó los reparos y se quedó con el premio. Duhalde, en cambio, debió soportar una sublevación del PJ bonaerense, sobre todo de sus intendentes del conurbano, por no haber tenido decisión en esas horas: «Siempre hacemos el esfuerzo y nunca nos llevamos nada», le reprocharon esos alcaldes a Chiche Duhalde, en su oficina de la Avenida de Mayo, el lunes pasado.
José Manuel de la Sota y Néstor Kirchner ya están reclutando punteros en las provincias para su campaña hacia marzo. Ruckauf intenta atornillar el aval de Duhalde. Rodríguez Saá, en cambio, ensaya apelar a otra cuerda: el conservadorismo que gana a la clase media cuando se siente bien gobernada. Eso sí, deberá ser sigiloso en el esfuerzo: si los demás capitostes del PJ lo advierten, se le sublevarán en el Congreso y su gestión se puede volver menos plácida de lo que suponen sus amigos cuando piden «no lo cambie».
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