31 de agosto 2004 - 00:00

Reivindica Kirchner un proyecto de Massera

Néstor Kirchner y Emilio Eduardo Massera
Néstor Kirchner y Emilio Eduardo Massera
«Las malas ideas nunca terminan de morir. No muy lejos de la Casa Rosada, sobre el final de la Costanera Sur, existen unas instalaciones impresionantes. Se trata de los astilleros Domecq García, que fueron construidos durante el último gobierno militar para la producción de submarinos. Las actividades del astillero estuvieron virtualmente paralizadas desde l984, pero la Armada se encargó desde entonces de custodiar las grandes moles de acero y las varias toneladas de piezas y partes útiles para el armado de futuros submarinos. La mayor parte de esos componentes, almacenados aún en sus containers originales tal como fueron bajados del barco, conforma la provisión tecnológica que la compañía alemana Thyssen acordó aportar a la Armada argentina, a un precio de varios centenares de millones de dólares, financiables con créditos oficiales de Alemania. La discusión sobre qué se hará con estos submarinos en proceso de construcción reaparece cada vez que se dan negociaciones con el gobierno alemán en el contexto del Club de París o se discuten las condiciones del crédito Hermes, porque la empresa Thyssen vuelve a plantear sus reclamos por lo que considera un incumplimiento de contrato por parte de la Argentina.»

• Nuevos tiempos

Este largo párrafo pertenece a Domingo Cavallo («El peso de la verdad»), en tiempos que frecuentaba (en rigor, era al revés) al actual mandatario, Néstor Kirchner, por entonces gobernador de Santa Cruz, y por supuesto es bastante explícito en materia de la concurrencia de intereses. Los tiempos han cambiado y el jefe de Estado, distraído de esas cuestiones de intereses, supone que puede servir, vía el astillero Domecq García, la reconstrucción de la industria naval argentina, pensamiento que en su momento lideró el entonces almirante Emilio Eduardo Massera, cabeza motriz de ese emprendimiento casi secreto en la Costanera argentina (por lo menos, en la década del '70). Nadie sabe, por el momento, si esta reinaguración también servirá para resolver un conflicto con la empresa alemana.

En verdad, el astillero -que en algún momento se iba a convertir en la Feria de Milán y luego quiso ser adquirido para fines inmobiliarios por el grupo Elsztein- dispone de dos submarinos y medio congelados desde los tiempos del Proceso militar, considerados casi inservibles hace más de una década por haber estado totalmente a la intemperie y porque algunas de sus partes sirvieron para reparar otras naves.

También ya ha sido reinaugurado en junio pasado cuando se inició un proceso de mantenimiento del «Salta», desde entonces allí amarrado. Lo de pasado mañana será una formalidad de algo que ya fue iniciado, una ceremonia más partidaria que castrense, y que se pospuso en apariencia hace 7 días porque al parecer algunos almirantes plantearon dudas sobre los anuncios que allí se harían (3.000 puestos de trabajo). El nuevo acto, como entonces, incluye el acompañamiento de núcleos derivados de las intendencias del conurbano y grupos piqueteros adictos. Habrá carteles y cánticos para que relate «Canal 7» con reportajes en exclusividad al exclusivo Luis D'Elía.

Está claro que Kirchner, con esta movida, pretende ofrecer una política de trueque con las Fuerzas Armadas, ya que para compensar su política de derechos humanos -hoy bastante discreta y silenciosa, por lo menos a la hora de detener militares, en retiro o actividad, sin que nadie diga nada-el gobierno ha prometido actividad castrense e industrial a través de distintos proyectos en cada fuerza. Para la Armada, además de lo que se consiga de Fabricaciones Militares si autoriza Roberto Lavagna, llegará un buque francés («Orage», desembarco anfibio), logro de José Pampuro en su último viaje, donde también obtuvo trabajos de reparación para submarinos de Portugal y hay una promesa de Brasil de que enviaría submarinos para ser repotenciados en el país. En cuanto al Domecq García, en particular para los marinos locales, tiene como próxima etapa el trabajo de «media vida» para el S-42 San Juan y terminar el S-43 Santiago del Estero, cuyas partes mayoritarias se encuentran en Mar del Plata (de las herramientas del astillero, material precioso por calidad y precio en su momento, parece que las principales desaparecieron como suele ocurrir con otros bienes del Estado cuando no se aplica atención para protegerlos).

A esto se vuelve desde que en l933 llegaron los primeros 3 submarinos que portaron bandera argentina, construidos en Taranto, Italia. En cuanto al astillero García en particular, si uno hace caso de lo que escribió Cavallo, al margen de su oposición desde lo económico -entre lo que costó y lo que no sirvió ese astillero de Massera- también criticaba el ex ministro porque «esos megaproyectos son poco adecuados con la política que un gobierno democrático debe desarrollar en el marco de un nuevo contexto internacional». Tal vez hoy haya cambiado ese contexto, ya no está el país en amenaza de guerra con Chile y Gran Bretaña, los brasileños a su vez se prestan para colaboraciones mutuas; sólo alerta, entonces, la viabilidad económica (el costo) del proyecto. ¿O acaso Lavagna no compartirá con Cavallo algunas de estas ideas, magníficas en su concepción nacional pero dilapidadoras de los ahorros del Estado? Si en algún momento, hasta la Thyssen ofreció terminar los submarinos en Alemania a un precio inferior de lo que iba a costar proseguir la obra en la Argentina.

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