Los peronistas porteños, al menos los que disponen de la marca, se han quedado sin candidato por la deserción imprevista de Daniel Scioli. No reúne condiciones de marketing para la vacante quien era la número dos en la fórmula, Alicia Pierini, y está vacío el mercado de postulantes partidarios. Tampoco se realizó el encuentro de Miguel Angel Toma, titular del partido, con Mauricio Macri -se prevé para hoy-, en el cual podía gestarse un acuerdo, sea integrando listas o presentándose con legisladores propios, pero avalando la candidatura del empresario boquense. Esta última sería la alternativa más plausible y a definirse antes del fin de semana.
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Líneas intermedias de las dos partes ya han cruzado pretensiones: parece complejo entendimiento, sobre todo porque la gente de Macri estima que la sociedad con el PJ porteño tal vez no sea saludable para sus intereses (es decir, le quite más votos de los que sume). Pero, aun así, habrá negociación y tal vez resultados: los peronistas ofrecen su «experiencia» -diría Eduardo Duhalde- como aparato para el día de la elección. «No vaya a ser que Macri tenga los votos pero no los sepa contar», explican con picardía, advirtiendo que las estructuras políticas del ibarrismo no se sonrojan cuando algún fiscal adversario está ausente o se va al baño (instante en que, las malas lenguas, dicen que aprovechan para incluir votos propios en la urna).
Ese es un dato intimidante quizá para Macri. Hay otro: ofrecerle algunos cuadros para que sean capaces de enfrentar o realizar operaciones. Señalan que no ha sido Aníbal Ibarra quien denunció -no en la Justicia, dato importante- el presunto incumplimiento del empresario para presentarse a las elecciones (por no disponer de domicilio en la Capital, aunque como todo el mundo sabe él vive en Palermo desde hace más de una década y la reglamentación exige «residencia habitual»). La advertencia -a tratar en su momento por el tribunal de Justicia capitalino o la jueza electoral- fue realizada por la legisladora porteña Sandra Dosch, del corazón del jefe de Gobierno. Para enfrentar estas acciones, según los justicialistas, Macri tampoco cuenta con «experiencia» de fogoneros en los medios.
• Amenazas
Hasta allí los obsequios al postulante (a cambio pedirían algunos cargos, claro). Y, si no alcanzan, una amenaza doble: 1) si nos quedamos desamparados de candidato, tal vez revisemos nuestra posición con Ibarra (finalmente siempre éste planteó la necesidad de una «tercera pata» y está en vías de otro divorcio, el del radicalismo), y nos convenga un arreglo a pesar de tantas discrepancias; 2) si quedamos acéfalos, podemos intentar una empresa en la que fracasó Duhalde: convencer a Roberto Lavagna para que se presente. Nadie sabe cuáles son las tentaciones para seducir al ministro y, justo es admitir, las dos intimaciones no parecen suficientes para conmover a un Macri ya cortado en las encuestas y que hasta conversa con Ricardo López Murphy. Pero que, tal vez por desconocimiento, aprecia el servicio que puede prestarle un aparato el día de las elecciones en que se decide su suerte.
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