Pronunció un discurso como hacía tiempo no se le escuchaba, lo cual es importantísimo por tratarse de una reunión radical. Fue levantando de a poco el tono, entusiasmando primero a sus ministros, después a los diputados y, finalmente, hasta a aquellos a quienes no les paga el sueldo. Los comensales, en el salón mayor de Costa Salguero, se iban levantando de las sillas para saludar a Fernando de la Rúa, que seguía hablando, categórico y veloz, sobre las dificultades que encontró su gobierno y la necesidad de sostener una gestión que responde a los postulados del partido. Emoción y hasta pañuelos blancos se veían en el ambiente. Pero todo se malogró por un momento al terminar la oratoria, cuando un grupo de adherentes se adelantó para saludar al Presidente. Apretó una mano, luego otra, pero después cayó redondo sobre el piso, víctima de una lipotimia que obligó a volver al clima pasablemente melancólico en que los radicales transcurren estos días. Tardó poco en rehabilitarse, asistido por los médicos del servicio que siempre lo acompaña.
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La comida en el recreo de la Costanera había sido organizada por la conducción saliente del comité nacional para festejar la asunción de Angel Rozas a la jefatura del partido. En la cabecera estaban el chaqueño, Juan Manuel Casella, Ramón Mestre, Sergio Montiel, Rafael Pascual, Héctor Lombardo, Hernán Lombardi, Alejandro Armendáriz, Jorge Lizurume, el «senajador» José María García Arecha y una comitiva del Frepaso que todavía cree en la Alianza: Graciela Fernández Meijide, Rodolfo Rodil, Hermes Binner,Roque Sabatella (intendente de Morón) y Oscar Laborde (intendente de Avellaneda). En un rincón más disimulado, un trío presidencial al que De la Rúa mantiene estimulado con intrigas, celos y rencores cruzados: Leonardo Aiello y Ricardo y Juan Pablo Baylac.
Antes de De la Rúa había hablado Rozas, el nuevo titular del partido. Hizo afirmaciones de sentido común pero que resultaron novedosas por el clima de languidez que vive su partido: «Estamos en el lugar del oficialismo pero debemos aprender a ser oficialistas y a defender a nuestro gobierno; si hay cosas para cambiar las cambiaremos pero con el Presidente, no en su contra».
Desde la comida hasta el ritual, todo tenía signos inconfundibles de radicalismo esa noche. El menú, arrollado primavera, palmitos con salsa golf y suprema con crema de choclo. El postre, helado almendrado. Cuando se supo que De la Rúa se estaba encaminando hacia el lugar desde la reunión de la UIA, con una velocidad que sólo en la UCR se consigue, se armó una comisión de recepción, con los más caracterizados asistentes, que esperó al Presidente en la puerta. Aníbal Ibarra, que llegó junto al mandatario, no podía concebir esa liturgia; al revés de Horacio Jaunarena, quien también llegó con ellos y tomó semejante derroche de formalidad como un detalle de buen gusto.
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