Se iban sin que los echaran
-
Sobreseyeron a Claudio "Chiqui" Tapia en una causa por presunto lavado de dinero
-
LLA activa cumbre partidaria en Suipacha: presencia nacional y foco en disputar la Provincia
Miles de manifestantes dejaron la Plaza sin que, esta vez, alguien los echara. Para algunos
era su primera visita a Buenos Aires, y no podían pagar ni los $ 2 que costaba el «chori
» en Diagonal Norte y Maipú.
Por la misma calle se iba un pequeño grupo con banderas de UPCN, el gremio de los empleados públicos que capitanea Andrés «Centauro» Rodríguez. Una integrante de ese grupo, que se identificó como «delegada en Agricultura», coincidió con su compañera camionera: «Arrancamos muy temprano, no se escuchaba y vivimos muy lejos. Y mañana hay que ir a trabajar».
El problema de sonido (ver aparte) fue especialmente grave en el sector sur de la plaza (DGI, Palacio de Hacienda, Banco Río), en el que se ubicaron las columnas sindicales. De hecho, mientras Kirchner se dirigía a una multitud que casi no lo escuchaba -su voz mal transmitida por los escasos parlantes-, desde un camión estacionado frente al viejo Ministerio de Bienestar Social, militantes de Camioneros hacían sonar bocinas «ruteras» accionadas con un compresor. Nadie los hizo callar.
También los jóvenes encargados de la percusión ( redoblantes, bombos, platillos, hasta panderetas) de las diversas columnas decidieron seguir tocando toda la tarde, aun cuando en el escenario hubiera artistas o el propio presidente. Tampoco tuvo éxito el dúo de conductores cuando les pidió silencio. Para ese entonces, quizá, la credibilidad de «Coco» Silly y Daniel Aráoz -habituales cómicos de «Canal 7»- se había despeñado: dijeron que había «¡350.000 personas en la Plaza!» un minuto después de afirmar que «¡Hay más de 100.000 personas en la Plaza, compatriotas!». Alguien los informó mejor, seguro.
Quizá por esa razón ninguno de los llamados que se hacían desde el palco para bajar las banderas fue atendido. Es que, a pesar de la consigna oficial, la Plaza quedó cubierta por pancartas y estandartes que dificultaban no sólo la visión del resto sino el cálculo de cuánta gente había.
No era ése un problema para los centenares de turistas extranjeros que se acercaron a la Plaza para vivir «in situ» la experiencia de una «manifa» -como llamaban los Montoneros a las manifestacionesen Buenos Aires. Christine y Laura, dos veinteañeras estadounidenses llegadas al país para estudiar castellano no salían de su asombro ni paraban de sacarse fotos con las columnas de piqueteros bonaerenses de fondo. «No, no tengo miedo. ¿Por qué, debería tenerlo?», respondía a una pregunta del periodista una de las chicas nativas de South Carolina, mientras blandía su costosa cámara digital. « Estoy acostumbrado; en mi país también tenemos estas cosas», decía David, un chileno que las acompañaba.
Menos suerte tuvieron Jan y Rita, una pareja de rubísimos holandeses que cayeron en las redes de una cuarentona rubia (pero de diferente origen) que a los gritos (como si gritar derribara infranqueables barreras idiomáticas) les agradecía «en nombre de todos los argentinos» el rol que había tenido Holanda durante «la verdadera caza del hombre que se hizo en la Argentina. El pueblo argentino siempre se los agradecerá, y esto es una fiesta latinoamericana». Los holandeses, que no hablaban español, la miraban entre atónitos y comprensivos. Igual que los integrantes de la columna de la UOCRA de Campana, que a pesar de hablar español tampoco entendían lo del « agradecimiento» de la señora.




Dejá tu comentario