26 de mayo 2006 - 00:00

Se iban sin que los echaran

Miles de manifestantes dejaron la Plaza sin que, esta vez, alguien los echara. Para algunosera su primera visita a Buenos Aires, y no podían pagar ni los $ 2 que costaba el «chori» en Diagonal Norte y Maipú.
Miles de manifestantes dejaron la Plaza sin que, esta vez, alguien los echara. Para algunos era su primera visita a Buenos Aires, y no podían pagar ni los $ 2 que costaba el «chori » en Diagonal Norte y Maipú.
Esta vez no hubo nadie que los echara: se fueron solos por cansancio, por turismo, por hastío y por el pésimo sonido. Miles de manifestantes comenzaron el éxodo de la Plaza de Mayo poco después de las 13.30, que se hizo masivo a partir de las 15. Para entonces, una conjunción de números musicales no pensados para esa audiencia, un pésimo sonido, el deseo de pasear por (y en muchos casos, de recorrer por primera vez en la vida) el centro de Buenos Aires y -sobre todo- el cansancio, hicieron que Diagonal Norte y las calles laterales de la Plaza fueran vías de salida, no de ingreso.

«Vinimos en micro desde Jujuy; ya estuvimos un rato en la Plaza y ahora nos vamos a pasear por Florida», dijo a este diario una familia de cinco personas (padre, madre, tres chicos) de condición obviamente humilde. «Nos volvemos en el micro con todos los compañeros; ya sabemos dónde está y a qué hora tenemos que tomarlo.» En Diagonal y Maipú se detuvieron ante uno de los numerosos puestos de choripán instalados sobre esa avenida y pidieron cinco. «Dos pesitos cada uno», informó el parrillero. Los jujeños siguieron caminando hacia el Obelisco.

Como ellos, miles de los que habían llegado a la Plaza (no necesariamente desde tan lejos) se derramaban por la calle Florida, y de allí hasta Corrientes. Este movimiento constante de gente que se iba se intensificó poco antes del inicio del discurso presidencial.

Para entonces, Diagonal Norte se había convertido casi en un río humano que abandonaba la Plaza rumbo al Obelisco; calles como San Martín, Reconquista, Defensa, Bolívar y hasta la propia Florida -que durante el acto permanecieron vacías- eran ocupadas por gente identificadacon gorros y pecheras de San Miguel, José C. Paz, del gremio de los camioneros de Hugo Moyano, de UPCN, del gremio de la sanidad (se leía en sus pecheras «Lingieri Conducción-Vicente López») y con viseras que rezaban «Frente para la Victoria-Buenos Aires».

  • Muchas horas

  • Una mujer de unos 35 años, pelo corto y pechera verde oliva que la identificaba como perteneciente a «Camioneros», se retiraba de la Plaza hacia el Sur por Defensa, pocos minutos después de que Néstor Kirchner inició su discurso. «Son muchas horas... mucho empujar para tener un buen lugar... Encima no se escuchaba nada. Y además, ¿sabés lo que va a ser salir de acá si te quedás hasta el final?», le explicó al periodista.

    Por la misma calle se iba un pequeño grupo con banderas de UPCN, el gremio de los empleados públicos que capitanea Andrés «Centauro» Rodríguez. Una integrante de ese grupo, que se identificó como «delegada en Agricultura», coincidió con su compañera camionera: «Arrancamos muy temprano, no se escuchaba y vivimos muy lejos. Y mañana hay que ir a trabajar».

    El problema de sonido (ver aparte) fue especialmente grave en el sector sur de la plaza (DGI, Palacio de Hacienda, Banco Río), en el que se ubicaron las columnas sindicales. De hecho, mientras Kirchner se dirigía a una multitud que casi no lo escuchaba -su voz mal transmitida por los escasos parlantes-, desde un camión estacionado frente al viejo Ministerio de Bienestar Social, militantes de Camioneros hacían sonar bocinas «ruteras» accionadas con un compresor. Nadie los hizo callar.

    También los jóvenes encargados de la percusión ( redoblantes, bombos, platillos, hasta panderetas) de las diversas columnas decidieron seguir tocando toda la tarde, aun cuando en el escenario hubiera artistas o el propio presidente. Tampoco tuvo éxito el dúo de conductores cuando les pidió silencio. Para ese entonces, quizá, la credibilidad de «Coco» Silly y Daniel Aráoz -habituales cómicos de «Canal 7»- se había despeñado: dijeron que había «¡350.000 personas en la Plaza!» un minuto después de afirmar que «¡Hay más de 100.000 personas en la Plaza, compatriotas!». Alguien los informó mejor, seguro.

    Quizá por esa razón ninguno de los llamados que se hacían desde el palco para bajar las banderas fue atendido. Es que, a pesar de la consigna oficial, la Plaza quedó cubierta por pancartas y estandartes que dificultaban no sólo la visión del resto sino el cálculo de cuánta gente había.

    No era ése un problema para los centenares de turistas extranjeros que se acercaron a la Plaza para vivir «in situ» la experiencia de una «manifa» -como llamaban los Montoneros a las manifestacionesen Buenos Aires. Christine y Laura, dos veinteañeras estadounidenses llegadas al país para estudiar castellano no salían de su asombro ni paraban de sacarse fotos con las columnas de piqueteros bonaerenses de fondo. «No, no tengo miedo. ¿Por qué, debería tenerlo?», respondía a una pregunta del periodista una de las chicas nativas de South Carolina, mientras blandía su costosa cámara digital. « Estoy acostumbrado; en mi país también tenemos estas cosas», decía David, un chileno que las acompañaba.

  • Agradecida

    Menos suerte tuvieron Jan y Rita, una pareja de rubísimos holandeses que cayeron en las redes de una cuarentona rubia (pero de diferente origen) que a los gritos (como si gritar derribara infranqueables barreras idiomáticas) les agradecía «en nombre de todos los argentinos» el rol que había tenido Holanda durante «la verdadera caza del hombre que se hizo en la Argentina. El pueblo argentino siempre se los agradecerá, y esto es una fiesta latinoamericana». Los holandeses, que no hablaban español, la miraban entre atónitos y comprensivos. Igual que los integrantes de la columna de la UOCRA de Campana, que a pesar de hablar español tampoco entendían lo del « agradecimiento» de la señora.
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