El hecho de que se cumplieran 15 años del atentado contra la Embajada de Israel fue la excusa perfecta para que el Estado judío levantara el perfil de su presencia en la recordación: vinieron el segundo de su cancillería, Aaron Abramovitch; el embajador en la ONU y sobreviviente del ataque, Dani Carmon, y todos los embajadores de Israel en América latina.
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La explicación oficial es que esto no es una novedad: en el 10° aniversario, el entonces ministro del Interior, Roni Milo, también había llegado a Buenos Aires para participar de la recordación, lo mismo que el propio Carmon. Sin embargo, éste no ocupaba un puesto tan alto como ahora, tampoco pronunció un discurso (el viernes hizo llorar a buena parte de la concurrencia, recordando a su esposa Eliora y contando qué había sido de su familia estos 15 años) y el entonces embajador Benjamin Oron se había limitado a leer una carta del canciller.
Esta vez el tono de los discursosde Abramovitch y del actual embajador, Rafael Eldad, fueron -tal como adelantó este diario-una continuación de los ataques a Irán que parecen ser hoy el centro de la diplomacia israelí. Pero también se habló bien y mucho de la actual Corte Suprema y de las acciones encaradas por el Ejecutivo para tratar de esclarecer el atentado y el ataque terrorista contra la AMIA de dos años después.
Claque
Es un hecho que el gobierno argentino también levantó el perfil, quizá por razones diferentes: se sabía que no habría silbidos ni cuestionamientos a su delegación (que encabezó Cristina de Kirchner) o al discurso que pronunció el canciller Jorge Taiana. De todos modos, y por las dudas, entre la pequeña multitud que se congregó frente a Arroyo 910 había «aplaudidores» encabezados por el inefable «Tula», que supo ser el bombo mayor del menemismo.
¿Qué provocó esta curiosa comunión entre un gobierno que ve a Irán como su mayor amenaza y otro que privilegia su relación con una Venezuela que mantiene óptimos vínculos con Teherán? Podría pensarse que en la Rosada se intentó despejar cualquier duda que pudiera existir (sobre todo en Washington) de que su compromiso antiterrorista es sincero. En este panorama debería ubicarse el viaje de la senadora bonaerense a Caracas, donde se reunirá -tal como hizo su esposo hace algunas semanas-con los máximos dirigentes de la comunidad judía venezolana, que atraviesa el peor momento de su breve historia de 40 años.
El viernes, protegidas por el habitual aparato de seguridad, unas 2.000 personas -muchos chicos de colegios comunitarios, como el Scholem Aleijem o el Talpiot, y miembros de movimientos juveniles-escucharon el sentido, repetido y cada vez más solitario clamor de Carlos Susevich por su hija muerta ese 17 de marzo de 1992; el improvisado (y por eso quizá por momentos balbuceante), pero sentido mensaje del jefe de Gobierno, Jorge Telerman, y el reclamo de Eldad por el esclarecimiento. Pero desde esa representación diplomática y desde Jerusalén se sigue sin explicar por qué Israel nunca se constituyó en querellante en la causa, lo que les habría dado muchas más chances de pesar en dicha investigación.
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