10 de febrero 2003 - 00:00

Silencio de Duhalde sobre el vice complica más a Solá

La incógnita ya no es si Chiche Duhalde será la candidata a vicegobernadora del PJ oficial de la provincia de Buenos Aires, secundando a Felipe Solá. A pesar de que podrían existir dudas al respecto, todo el duhaldismo da por seguro que finalmente la esposa de Duhalde no se postulará. Otro interrogante se abre a partir de esa conjetura: ¿quién será el candidato del duhaldismo? Nadie sabe cuál es el límite de la desautorización a Solá que expresó el «no» de la esposa del Presidente. «Si Duhalde sigue en silencio, es porque quiere voltearlo a Felipe», especulaba anoche un dirigente del PJ bonaerense que tiene trato diario con la pareja presidencial. Duhalde se ufanó delante de todos sus interlocutores, antes de reencontrarse con Chiche en Chapadmalal: «De lo que haga ella me encargo yo; déjenme convencerla». Hasta anoche no había podido o no había querido, y el primero en dar por sentado que Chiche no será su vice fue el propio Solá.

El viernes se reunió, al caer la tarde, con Julio Alak, el intendente de La Plata. Hablaron durante una hora y media en la residencia del gobernador, con la participación de la «Colorada» Teresa González Fernández en la sala. Alak se marchó con la sensación de ser el número dos de la fórmula: «Sólo falta que Felipe se lo proponga a Duhalde para que se arme la fórmula», le comentó a un amigo el alcalde esa noche. Es cierto que el sí de Duhalde puede resultar esquivo. Nunca se llevó bien con Alak, a quien la propia Chiche le armó listas en contra en la interna chica de la capital provincial. Sobre este dirigente pesa la leyenda de tener con Carlos Menem más afinidades que las que se toleran en la casa de los Duhalde, vínculos alimentados sobre todo por Hugo Anzorreguy, en memoria de cuyo padre Alak bautizó una calle de la capital provincial (todo un obsequio, ya que la nomenclatura platense es, como se sabe, numérica). Solá espera mover esa ficha en las próximas horas, en una jugada riesgosa. El Presidente bien puede aceptar la figura de Alak para desentenderse después del propio gobernador. Es poco probable, pero están quienes lo sospechan.

En medio del desconcierto por el «no» de la señora, la imaginación duhaldista navega hacia posibilidades desconocidas. ¿Chiche gobernadora? Es lo que ella quiere, sobre todo, desde que advirtió su buena performance en las encuestas. La que realizó Ambito Financiero mostró por primera vez el fenómeno: Chiche arañaba a Aldo Rico (17,55%) con 13,93% de los votos. En el mismo sondeo, Solá registró 8,11%. ¿También Duhalde podría pensar en la gobernación? Tiene una limitación ostensible y es la interna del 30 de marzo. Sería impresentable que se anote cuando todavía no dejó la Presidencia de la Nación. Pero quienes siguen esta línea argumental calculan que la interna podría postergarse si la Justicia hace caso a las impugnaciones judiciales de compañeros de ruta del duhaldismo, como Leopoldo Moreau o Ricardo Alfonsín. En el círculo más estrecho del Presidente se observó la retórica con la que Solá expuso el «no» con el que lo plancharon: «Me dijeron que los Duhalde no van a ser candidatos a nada una vez que se vayan del gobierno». Un íntimo de la pareja gobernante se preguntó ayer, delante de este diario: «¿Le habrá dicho esto Chiche o es él que aprovechó para cerrarles la puerta y garantizarse que no lo reemplazarán?».

En el promedio del oficialismo, es decir, entre los más convencionales de sus dirigentes, predomina otro pronóstico: Chiche no aceptará ser vice y Duhalde tampoco ensayará una aventura provincial. Los duhaldistas más ortodoxos creen que, aunque su esposa no integre la fórmula, Solá seguirá siendo el elegido, pero no tendrá derecho a hacer la fórmula. Será el Presidente quien designe a su segundo y, entonces, crecen las posibilidades de José María Díaz Bancalari. Se lo ve como un ortodoxo del oficialismo actual, pero también, un experto en el entramado de intereses de la Legislatura bonaerense. No debería perderse de vista el detalle: quien secunde a Solá deberá saber manejar ese organismo, en el que se desarrolla un sistema de connivencias que están en el corazón del financiamiento político del distrito.

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