15 de noviembre 2005 - 00:00

Suspendieron ayer a Ibarra

Familiares que aguardaban fuera de la Legislatura se emocionaron al conocer el voto favorableal juicio político a Ibarra, que luego dijo en conferencia de prensa que no renunciará.
Familiares que aguardaban fuera de la Legislatura se emocionaron al conocer el voto favorable al juicio político a Ibarra, que luego dijo en conferencia de prensa que no renunciará.
La suspensión en sus funciones a Aníbal Ibarra -medida dispuesta ayer por la Legislatura porteña con el voto exacto de 30 miembros- tiene un mérito principal: ayuda a mitigar el dolor de buena parte de los familiares de las 194 víctimas, en su mayoría jóvenes, del incendio del local para música Cromañón, el 30 de diciembre del año pasado. No todas las personas en la vida -en realidad, pocas- frente a desgracias tremendas tienen la oportunidad de reconfortarse, de buscar a los culpables, de rendir así un póstumo homenaje a seres tan queridos que mueren, sobre todo si son hijos cuya desaparición es el mayor dolor que puede enfrentar un ser humano.

Si eso ayuda a los familiares puede ser comprensible el juicio político que se encarará contra el jefe de Gobierno de la Ciudad aunque nunca el enceguecimiento ayude a algo más, por caso a la verdadera Justicia.

Pero no nos engañemos en creernos que con este juicio político la Argentina pasará a ser un país serio donde no se repetirán desgracias de este tipo.

El principal mal y culpabilidad de Aníbal Ibarra es haber caído en «amiguismo» y en nepotismo para los cargos públicos de su gestión. Inclusive haber llevado ese pernicioso y habitual «argentinismo» a cargos de riesgo público donde la más elemental prudencia política aconsejó siempre poner profesionales e inclusive funcionarios de carrera. Ibarra colocó a su cuñado Juan Carlos López al frente de la Secretaría de Seguridad de la Comuna y a la amiga de su hermana Vilma, la hoy procesada Fabiana Fiszbin, en la Secretaría de Control Comunal (la anterior «Inspección municipal»), gravísimos errores porque eran inexpertos. En esto el suspendido jefe de la Ciudad es insalvable. Esa hermana Vilma Ibarra ayer fue mencionada para integrar el Consejo de la Magistratura por parte del sector político del Congreso Nacional, dicho sea de paso.

Cromañón es mucho más que la torpeza tradicional de encaramarse a los cargos públicos a través del político electo o del funcionario designado. Cromañón es también la deplorable «viveza criolla», el oportunismo perverso de los argentinos que lleva a trabar una puerta de emergencia del local porque liberada, como corresponde para su fin, serviría para ingresar sin pagar entrada. Es la desidia de grupos como Callejeros al alentar pirotecnia, inclusive en lugares cerrados, para resaltar sus presentaciones musicales.

Cromañón igualmente es el desprecio que los argentinos les tenemos a las normas vigentes y creer que toda carencia se soluciona con una «coima» o la recomendación salvadora de un conocido influyente.

La presión de familiares dolientes no fue tanto sobre esas actitudes graves en lugares cerrados del grupo musical Callejeros, dado que las víctimas los estimaban y por ir a verlos perdieron la vida.

El funcionario público, habitualmente no creíble, y un Estado al que nunca tomamos como común a todos -los políticos hicieron y hacen mucho para ello- eran más fáciles de encarar para la descarga del dolor de familiares.

No bastará la suspensión de Ibarra porque en muchos casos -si hay posibilidad- se mitiga ese dolor de la pérdida con la búsqueda del escarnio permanente o con la acusación constante. Como fue el caso de la doliente Zulema Yoma en el accidente y muerte de su hijo en un helicóptero. Como fue y son casos de las víctimas de la brutal represión de los '70 que retorcidos de dolor ya no pueden ni pensar que también hubo otras víctimas por el accionar de sus víctimas, como acaba de señalar con lógica precaución el fuerte documento de la Iglesia Católica de estos días. Las 85 víctimas de la AMIA son honradas con una búsqueda sin final porque hay culpables palpables aunque sigan sin identificar. Las 323 víctimas del hundimiento del «Belgrano» y las casi mil de la aventura Malvinas tienen cierta cobertura de patriotismo para que las recordaciones sean calmas.

En «Cromañón» las muertes suenan más inútiles y sin sentido y no hay otras que las propias víctimas, por eso es tan comprensible el dolor pero con el deseo de que no llegue al enceguecimiento que evite o discrimine las justicias merecidas.

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