Aunque nadie lo admite, la elección para senador del año que viene desvela a todos. En Capital Federal el panorama le preocupa más al gobierno porque es donde la Alianza tiene su mayor fuerza electoral. No tiene, sin embargo, candidatos que le aseguren un triunfo ante un peronismo que puede llegar a encolumnarse detrás de la candidatura de Gustavo Béliz o, de Domingo Cavallo. La Alianza cree que la mejor manera de conservar la primacía es forzar una nueva candidatura de Chacho Alvarez para que regrese al Senado.
Hay dos razones, una declarada y otra no confesa, por la cual Fernando de la Rúa recibirá a Carlos Chacho Alvarez. No lo extraña, lo que es obvio, y hasta se podría irritar al entrevistarlo: siempre los de afuera opinan en contra de los que están adentro. Pero la política exige ciertas molestias y por lo tanto el Presidente no puede escaparse a la charla con su ex socio de gobierno y actual incómodo socio en la Alianza. Todos saben que Alvarez, además de calmar su propia egolatría como «imprescindible» consultor, quiere luminosa escena -le resulta insuficiente la aparición en teatros off-Broadway y los desayunos en el Varela-Varelita-y mantener vigencia como jefe de un partido (Frepaso) cuyos integrantes han descubierto las ventajas pequeño-burguesas de un cargo público (sueldo asegurado, secretaria, celular, auto y otras yerbas) y se descontaminan de un jefe desocupado y en el exilio de Palermo que predica virtudes austeras y vive de la magra remuneración de su mujer. Si son claros los intereses de uno, entonces, ¿cuáles son los del otro?
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Es público que De la Rúa pregona «más Alianza», una forma de decir que al menos quiere conservar el deshilachado pacto en la Cámara de Diputados, donde demanda los votos frepasistas. Pero hay otra condición que también inquieta al mandatario: las próximas elecciones -setiembre del año próximo-en la Capital, donde a pesar de casi no tener oposición, ahora se presentan complicadas. Y un fallo en ese distrito -tan caro a los amores aliancistas-sería letal para las expectativas del gobierno. De ahí que busque un candidato, un especialista en cautivar multitudes porteñas ya que los presuntos elegidos por la Alianza no logran perforar un techo que algunos rivales de la oposición parecen disponer. No se sabe si Alvarez tiene respuestas, salvo la personal que supondría un desprendimiento todavía impensable para él.
Pero De la Rúa puede plantearle la disyuntiva en apagado tono y palabras semejantes: «Me parece -seguramente confesará- que Rodolfo Terragno, eventualmente José María García Arecha, tampoco tu 'pollo' Pedro Del Piero, ni mi opacada pupila Cecilia Felgueras o Nilda Garré, son aspirantes poco significativos para enfrentar a Domingo Cavallo o Gustavo Béliz si se presentan respaldados por el peronismo. Si hasta nos costaría enfrentar a Mauricio Macri si prospera la iniciativa de Carlos Menem y Carlos Grosso, quien empezó a trajinar la Ciudad. Estamos en un problema, Chacho, ya que una derrota también conmueve a Aníbal Ibarra y a toda tu gente que gobierna la Capital». Tras este anuncio seguramente puede esgrimir encuestas: los potables de la Alianza no mueven el amperímetro electoral. Esa inquietud, tan común en política en vísperas de campaña, suponen un correlato que el Presidente no formulará: «¿Y si te presentás vos?».
De la Rúa expresa el mismo pensamiento de Ibarra, claro, aunque ninguno de los dos lo manifieste. Por lo menos no se lo transmiten a Alvarez, tan difícil de ubicar si uno no va a su barrio. Para el ex vice, la sola idea lo intimida: si bien no sabe lo que quiere ser (o poder), la segura tentación de ir al Senado quizás no se adecue a su nuevo rol de oráculo político-económico, casi estadista para sus amigos, ya alejado de las insignificancias parlamentarias. Además, participar en la Cámara alta supone veranear en el Polo Norte: por más que se renueve el cuerpo, las relaciones con sus integrantes quedaron demasiado agrietadas luego de las denuncias por los sobornos. Pero Alvarez tampoco ignora que, al margen del posible gesto o sacrificio, su destino hoy parece irremediablemente condenado a la Capital: los sondeos por su figura en el ámbito bonaerense apenas si superan a los de Raúl Alfonsín (quien, por tan exangües resultados hasta piensa abandonar la empresa de postularse como senador en ese distrito). Le falta estatura nacional. La plática, entonces, al margen de los grandes temas que hoy ocupan a Alvarez --concen-tración de recursos sociales, nuevos ministerios, otros actores en la gestión económica-, no podrá eludir el pan que alimenta a los políticos: las elecciones. Y en Capital, madre de todas las madres de la Alianza, el oficialismo ha comenzado a temblar.
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