Todo país necesita empresas nacionales
En «Clarín» apareció una nota de Gerardo Strada Sáenz, docente de las universidades de San Martín y Tres de Febrero que es de lo mejor que se ha escrito para entender no sólo el problema actual de la Argentina sino también su pasado, cuando menos un siglo hacia atrás. Tiene este hombre un enfoque de análisis político-sociológico de que carecen los «politicólogos» habituales que pululan en nuestro medio y llegan a la prensa. La base de la nota es un principio que, aun por distintos motivos, compartirían la izquierda y la derecha política: es absolutamente necesario que existan empresas de capital nacional. Sin xenofobia, sin nacionalismo, sin ninguna repugnancia al «capital extranjero» y menos aun pretender trabar las necesarias inversiones, el liberalismo debe admitir que no pueden desnacionalizarse totalmente las empresas de un país. «Clarín» publica el comentario sin duda, porque vio que en parte del análisis defiende a las «empresas estratégicas» de una Nación, que es en lo que pretende erigirse ese monopolio. Pero «Clarín» no hace al concepto básico del análisis de Strada Sáenz. «Clarín» no es una «empresa estratégica» en la Argentina aunque por su abultada deuda pueda ser tomada por acreedores externos. «Clarín» no tiene deudas como consecuencia de innovaciones tecnológicas que, aunque hubieran fracasado, merecerían el respeto del intento empresario que siempre conlleva riesgos. No es por costosos esfuerzos informativos o avances en periodismo, entonces, sino por mal manejo empresario y -es más grave- por haber cercenado otras empresas nacionales que eran capital en crecimiento, como fueron los numerosos cables, pagados a precio exorbitante por abonado o «Página/12» comprado por Héctor Magnetto a otro empresario editor. Esos capitales incipientes daban más seguridad de empresas propiamente argentinas futuras que estructurarlas en un monopolio que terminó endeble y endeudado por el mesianismo empresario con que se lo manejó. Además «Clarín» pretende sustentarse como «empresa estratégica» nacional asociándose al Estado en Papel Prensa, presionando legisladores y gobiernos por leyes con nombre y apellidos. Si fueran todas así mejor tener empresas extranjeras que «nacionales» de ese tipo. El caso de Eduardo Escasany, Gregorio Pérez Companc, Eduardo Costantini -al que destrozan los seguros en dólares por sus obras pictóricas en el Museo Malba en una Argentina con más riesgo- y otros son casos distintos. Son empresarios que entran en endeudamiento y crisis pero a partir de haber peleado y arriesgado sus capitales en el mercado local. Son empresas que realmente se lamenta su encrucijada financiera y el deseo que la superen. A ese tipo se nota que se refiere este analista universitario. Párrafos de su escrito expresan:
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Desde el Estado no se toman las decisiones necesarias para construir la Nación; es más, parecen tomarse las decisiones necesarias para debilitar o aun destruir los puntos de apoyo sobre los cuales la misma puede ser edificada.
Es cierto que el mercado no construye naciones, ya que su naturaleza es eminentemente mundial, pero sin empresas nacionales el proyecto de nación parece inviable, porque sólo con individuos que se sientan parte de ese destino común se puede lograr el proyecto, la generación de riquezas y la expansión del comercio.
Hace un par de semanas, todos lo sabemos, la empresa Pérez Companc vendió 59 por ciento a la empresa brasileña Petrobrás, una empresa estatal que articula sus acciones como parte de un proyecto de nación que caracteriza a Brasil desde sus orígenes.
Nuestra Nación sólo será un proyecto serio cuando seamos capaces de articular intereses conjuntos, cuando cada decisión que adoptemos sea ponderada en función de las consecuencias que la misma tiene para nuestros conciudadanos, los argentinos.
Hoy muchas empresas se encuentran al borde de la adquisición violenta por parte de fondos de inversión externos que especulan con la situación de endeudamiento que ellas tienen, deudas en dólares contraídas para expandirse y generar trabajo y negocios.
Algunas empresas podrán renegociar sus situaciones con los acreedores porque los productos que generan no son atractivos, pero muchas otras siempre serán apetecibles, porque sus actividades son estratégicas y con grandes márgenes de rentabilidad cuando la situación económica encuentre su rumbo, y esperemos que lo haga.
Mucho sectores podrán argumentar que «el caso Pérez Companc» es una cuestión comercial vinculada a la actividad privada en la cual el Estado no debe intervenir. Sin embargo, el caso es la expresión más clara de la destrucción de las actividades productivas nacionales, lo que es consecuencia de políticas públicas erráticas y equivocadas, producidas por la ausencia del Estado.
Sólo a empresas nacionales se las puede sumar en el emprendimiento de la Nación. A ellas se les podrá pedir que contribuyan a la construcción de un futuro, que apuesten a su propio país, que la Nación también sea una prioridad juntamente con sus negocios.
Hay quienes creen que la Argentina siempre existirá, pero las sociedades se fragmentan y se diluyen si no existen lazos de solidaridad que las contengan.




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