25 de junio 2004 - 00:00

Tregua Kirchner-Duhalde, al pie del avión

Antes de partir hacia China y con la intención de no dejar atrás a un peronismo en llamas, Néstor Kirchner decidió tender un puente hacia Eduardo Duhalde. Durante toda la tarde del miércoles pasado, como informó este diario ayer, representantes de los dos duelistas consiguieron suspender una polémica televisiva con derivaciones inquietantes. También quedó suspendida la operación parlamentaria, promovida desde la Casa Rosada, para crear un subloque de oficialismo extremo dentro de la bancada de diputados. Las razones de este brote de cautela que ganó al gobierno no se agotan en el riesgo de que el Presidente abandone el país por diez días dejando a sus espaldas un alboroto político. Kirchner y su entorno más cercano volvieron sobre sus pasos en la oficialización de piqueteros de cualquier especie. La asociación con esas organizaciones, denunciadas con picardía por el duhaldismo como «el partido piquetero del gobierno», lució bien temprano desacertada y costosa. ¿Se abre a partir de ahora una tregua entre Kirchner y Duhalde? Es una conclusión excesiva. Para que el vínculo entre ellos se reconstituya harán falta muchos gestos recíprocos y, seguramente, una conversación que todavía es prematuro anticipar. También que las fracciones enfrentadas se deshagan de algunos dardos envenenados que estuvieron a punto de lanzarse.

La estrategia que siguió hasta el lunes pasado el caudillo de Lomas de Zamora, consistente en «poner la otra mejilla» ante cada embestida del elenco oficial, se declaró agotada. Como adelantó este diario, Duhalde ordenó a su entorno contestar cada gesto agresivo de los ministros de Kirchner. La primera experiencia no podía ser más propicia. Luis D'Elía, el jefe de los piqueteros oficialistas, se identificó con el Presidente y confesó que el límite de esa adhesión estaba en Duhalde. Al mismo tiempo, se propuso como la puerta de entrada del gobierno en la provincia de Buenos Aires. El escenario fue un acto organizado en Parque Norte con la asistencia de tres ministros del gabinete nacional. Al día siguiente, el gobierno parlamentaba también con otra ala de los piqueteros, la que tomó locales comerciales y casillas de peaje. Esta asociación con grupos que representan la inestabilidad y el desorden más que la desocupación fue aprovechada por Duhalde para hacer su primer ensayo hostil: Alfredo Atanasof, la mano derecha del ex presidente, señaló al primer mandatario como el jefe del nuevo partido oficialista nacido en Parque Norte.

El formato de la polémica es idéntico al que se verificó cuando Kirchner y su gabinete ingresaron en la ESMA de la mano de organismos de derechos humanos que pusieron a los gobernadores del PJ en la vereda de la dictadura militar, como hizo Hebe de Bonafini. Otra vez Kirchner quedaba en un extremo de la política y se enfrentaba con el sentido común de esa clase media urbana a la que cultiva sistemáticamente. Duhalde, a través de Atanasof, sacó provecho de ese nuevo error, cometido por un presidente que de tanto en tanto se ve traicionado por su efusividad. Desde el gabinete nacional, Aníbal Fernández levantó la temperatura y acusó a Atanasof de haber sido el inspirador de una política de mano dura del gobierno de Duhalde que derivó, según la lectura retrospectiva del ex secretario general y ministro de la Producción de esa gestión, en las muertes de Kosteki y Santillán, los dos piqueteros asesinados el 26 de junio de 2002 en el Puente Pueyrredón.

La guerra verbal se llevaría el miércoles a la noche a un terreno al que ambos bandos -en especial el del gobierno- consideran estratégico y le dedican sus mejores horas: el de la TV. Ante las cámaras amigas -ya se verá cuánto- del canal de cable TN, en el programa «A dos voces», se enfrentarían los ministros Fernández, Alberto y Aníbal, con Atanasof. Era de esperar que el ministro del Interior repitiera en ese programa la acusación que ya había formulado durante la mañana en contra de su ex colega de gabinete y de lista en las elecciones de diputados de 2003.

Fue en esta instancia del conflicto cuando se iniciaron dos negociaciones simultáneas en la Cámara de Diputados. Una la llevó adelante el propio Atanasof con uno de los legisladores del kirchnerismo ultra, el rionegrino Osvaldo Nemirovsci. Este ascendente legislador se aproximó al ex jefe de Gabinete para hacerle notar la inconveniencia de seguir con las agresiones. «Es cierto -le habría contestado Atanasof-, pero si me acusan de asesino de piqueteros, ¿cómo debo contestar?, ¿haciendo acusaciones contra el Presidente?». A la misma hora, el teléfono de Eduardo Camaño sonaba por llamados del Ministerio de Defensa. José Pampuro, quien suele oficiar como componedor entre los dos sectores enemistados, le sugirió al presidente de la Cámara que mejor sería pactar lo que se dijera en ese debate riesgoso. Camaño aceptó la idea y Pampuro la comunicó a Alberto Fernández. El jefe de Gabinete reaccionó con sentido común: «¿Cómo vamos a ir a un programa de TV libreteados? Lo mejor es que no vayamos».

Enterados de esa postura, los duhaldistas adhirieron.» «¿De qué vamos a hablar la próxima vez que nos enemistemos? ¿De la plata de Santa Cruz que no aparece?», se preguntó uno de los contertulios bonaerenses de Camaño. Tampoco a ellos les resulta atractiva la pelea con un grupo de hombres a los cuales bendijeron enfáticamente hasta hace una semana. Fernández, el jefe de Gabinete, se comprometió a desactivar al otro Fernández, el de Interior. A esta altura, y como sucede siempre en un gobierno donde casi todo lo decide una sola persona, sólo faltaba la resolución de Kirchner. El Presidente optó por disolver el bloque televisivo en el que estaba prevista la batalla. En TN parece tener más gravitación que en «Canal 7», a veces.

Esta negociación le permitió a Camaño iniciar otra, más decisiva para él. Dialogó con Nemirovsci y con el fueguino Daniel Gallo. Ambos se comprometieron a dar de baja la idea de abrir una brecha en el bloque peronista, diferenciando a los ortodoxos de la Casa Rosada del resto de los legisladores. En verdad, nunca se comprendió del todo, desde el punto de vista de alguien que controla el Ejecutivo, cuál sería el rédito de dividir la propia fuerza parlamentaria. Sobre todo cuando las 49 firmas registradas expresaron la adhesión a un proyecto de ley que será aprobado por toda la bancada. Sólo el radicalismo aplaudió esa idea, ya que la división lo convertiría en una minoría imprescindible. Situación ideal para una fuerza que busca desesperadamente resucitar a la vida política desde un rol de oposición casi obstructiva.

También en este terreno el gobierno frenó a tiempo. Si fuera por los propios legisladores verticalizados con Kirchner, el bloque se habría dividido. Otra vez fue el Presidente quien tomó la decisión: «División no, quiero que el bloque lo siga manejando 'el Mono' (José María Díaz Bancalari)», ordenó. Entre estos oficialistas extremos también existe una diferenciación entre «pingüinos del Sur» y «pingüinos del Norte» (una especie lógicamente sospechosa).

Hasta el regreso del Presidente habrá una tregua. Shakespeare utilizaba los viajes para imponer transformaciones a sus personajes. ¿Se oficiará una mutación en éste que inició Kirchner hacia el lejano Oriente? En su cercanía hay quienes lamentan que un bordado políticamente vistoso como el que había conseguido entre los gobernadores para cercar a la provincia de Buenos Aires se malograra con una maniobra llena de torpeza como la de la oficialización piquetera.

También Duhalde se mueve, aunque en su caso el desplazamiento es casi de cabotaje: este fin de semana estará en Bolivia, como representante del Mercosur.

Si fuera por él, debería reponerse la paz. El caudillo de Lomas cree que la discusión por las candidaturas y el reparto de poder debe abrirse recién en marzo del año próximo. «¿Por qué vamos a pelearnos ahora, cuando más les conviene a ellos?». El acercamiento será materia del regreso. Y será trabajoso porque quedaron daños de este último choque. Los duhaldistas ya eligieron la cabeza de su víctima para cualquier pacto: es la de Aníbal Fernández, hasta hace poco uno de ellos. Están los que dicen poseer el texto de la causa que lo tuvo como imputado por un juez de Lanús, hace ya años, con la carátula y el texto original. La línea entre la acción psicológica y el dato cierto es en este terreno muy difusa. Más segura parece ser la intención de un fiscal de los que investigan la muerte de Kosteki y Santillán para que se aplique el Excalibur en los teléfonos de Atanasof, Juan José Alvarez, Aníbal Fernández y un pariente del ahora ministro del Interior, a fin de que se determine cuáles fueron las vinculaciones entre el corazón del anterior gobierno y los grupos piqueteros antes y después de la muerte de aquellos dos muchachos, en Avellaneda.

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