La crisis producida por el desastre de Cromagnon está agitando la política porteña de tal modo que, tal vez, termine de cambiar su configuración actual. El fenómeno es tan intenso que hasta parece resucitar al radicalismo en un distrito en el que este partido fue más que golpeado por la salida del poder de quien fue una de sus figuras históricas, Fernando de la Rúa (flamante empresario en el sector de los criaderos de lombrices).
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La reanimación de los descendientes de Hipólito Yrigoyen se produce por distintos factores. El más notorio es el pase de la ciudad de un dirigente con gran performance como polemista y parlamentario: Raúl Baglini ha resuelto darle valor electoral a su domicilio del barrio de Belgrano para participar de las elecciones de diputado de este año. Su presentación abre perspectivas casi literarias para la contienda, sobre todo por su aire de familia con quien parece ser la estrella del distrito, Elisa Carrió. Como la jefa del ARI, Baglini es un transterrado: ella desde Chaco, él desde Mendoza. Ambos son también dos «picos de oro» para cualquier tipo de enfrentamiento, aunque hay que reconocerle a Baglini una plasticidad en materia económica de la que carece la profesora y abogada (más volcada a las humanidades desde su propensión inicial por las leyes). Quienes conocen su biografía saben que el ex senador por Mendoza siempre odió los números y la contabilidad, a los que se consagró por mandato de sus colegas diputados en los '80 (se destacó en un debate contra Domingo-Cavallo, legislador por Córdoba, por la discusión de la deuda pública).
Este paralelismo entre Carrió y Baglini se corona con un aspecto que lo vuelve más simpático y llamativo: los dos están en trance de perder decenas de kilos, algo que en el caso del mendocino lo vuelve casi irreconocible (detalle que tal vez, considerada la crisis radical y el trasplante de distrito, sea hasta conveniente).
• Conversaciones
Baglini ya inició conversaciones con quien apunta como la otra figura electoral del radicalismo de este año: Enrique Olivera, quien cosecha apoyo unánime como primer candidato a legislador local. Olivera cerró una alianza con Ricardo Gil Lavedra para que el ex ministro de Justicia encabece la lista de diputados nacionales. Por eso habrá una discusión sobre el lugar que Baglini y Gil Lavedra ocupen en una lista que seguramente terminarán compartiendo.
Las perspectivas de este grupo, en el que Olivera aparece como la figura porteña más nítida para el electorado (fue un correcto jefe de Gobierno cuando De la Rúa ascendió hasta la Nación), se reforzó por conductas ajenas, ligadas a la desgracia de Cromagnon. En primer lugar, la fuga iniciada por un grupo de dirigentes del radicalismo porteño hacia el organigrama electoral que diseñaba Aníbal Ibarra encontró dificultades casi insalvables a mitad de camino. ¿Qué explicará Luis Brandoni sobre su flamante ibarrismo, ahora que el alcalde hasta se ve amenazado por el juicio político? Los radicales de Olivera, que piensan circular con la denominación clásica de «Lista 3», en un alarde de amor propio radical, ahora se felicitan por su «intransigencia» (hasta volvieron al lenguaje de los '40).
El otro factor que mejora a estos radicales por acción ajena tiene que ver con la política de seguridad y control, que ahora está puesta en tela de juicio de manera dramática. Olivera se queja de que Ibarra haya desconsiderado un decreto emitido en su momento por él, el N° 1.015 del año 2000, en el que se creaba un sistema descentralizado de inspección sometido a tres controles distintos: el de los Centros de Gestión y Participación ( adonde serían remitidos los controladores), el del poder central municipal con una oficina de monitoreo y el de los vecinos, que tendrían también forma de intervención.
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