26 de mayo 2006 - 00:00

Un discurso rutinario, como si no hubiera previsto hablar

En alguna medida, sorprendió ayer Néstor Kirchner: pronunció un discurso similar a los que suele prodigar en la rutina del Salón Blanco de la Casa Rosada. Llegó a dar la sensación de que no tenía pensado hablar. El esfuerzo que le demandó al gobierno la concentración de alrededor de 120.000 personas en la Plaza de Mayo hacía prever otro cuidado oratorio. Algo excepcional, a la altura del contexto: Kirchner sabe mejor que nadie que no verá muchas veces más esa cantidad de gente en lo que, presume, será su prolongada permanencia en el poder. Hay que volver a algo sabido: a diferencia de su esposa Cristina, el fuerte de Kirchner no es la palabra; eso tal vez lo lleve a desconfiar en la argumentación como recurso de la actividad política. A tal punto que el principal «discurso» de ayer fue la multitud en sí misma, es decir, la posibilidad de hacer una exposición de fuerza casi física. Los locutores oficiales -tanto los que animaron el acto como los del «Canal 7»- se encargaron de reforzar ese mensaje: el protagonista del día era el mismo asistente a la manifestación, «el pueblo» festejando el 25 de Mayo. Casi como si en el escenario principal se hubiera montado un espejo.

Habrá quienes interpreten que ese mensaje resultó en especial adecuado, ya que el actual esquema de poder carece de un sujeto verdaderamente encantador para este tipo de reuniones. O que «Kirchner tiene el carisma de la coparticipación federal» solamente (Halperín Donghi). De hecho, la audiencia comenzó a tomar alguna temperatura hacia lo que parecía el final de su oratoria, cuando el Presidente se refirió a Juan y Eva Perón, diciendo que «el balcón tiene dueño».

Pero que eso lo digan los opositores: ayer Kirchner pidió que se terminen las «permanentes agresiones». Es mejor, entonces, analizar el contenido de su discurso:

  • El primero en recurrir a la retórica de que «los protagonistas son Ustedes» fue el propio Kirchner. Sus palabras iniciales fueron para recordar que «hace 33 años yo estaba allí abajo». Casi una insinuación de que «en 33 años Usted podrá estar acá arriba». Si alguien esperaba, sin embargo, alguna referencia siquiera subliminal a otras plazas, por ejemplo, a aquélla final de 1974, cuando Perón echó a los «estúpidos imberbes», habrá quedado defraudado. O se tendrá que agarrar de un matiz: «volvimos a la Plaza» dejó caer el santacruceño en la primera línea de su speech.

  • En la segunda afirmación se cifró uno de los mensajes principales que la Casa Rosada quiso emitir ayer: «Queremos una Patria para todos». Kirchner volvería varias veces sobre un problema de imagen que parece mortificarlo y hacia cuya conjura estuvo dirigida buena parte del marketing oficial: se busca corregir ese aspecto de dirigente sectario y agresivo tan ostensible. Por eso llamó la atención que el Presidente se distrajera y ya en la frase siguiente se lanzara contra un adversario, a quien tampoco nombró: Carlos Menem. Se quejó de que el riojano haya renunciado a la segunda vuelta de 2003, algo que atribuyó a que «lo único que le importaba era su destino y no dar la batalla (sic) democrática o cuidar el país y nos dejó con el país en llamas, en nuestras manos». La retórica expresó aquí casi perfectamente uno de los recursos más habituales por los que Kirchner obtuvo gobernabilidad durante los dos primeros años de gestión: la confrontación con Menem a quien subliminalmente se lo hace responsable del derrumbe de 2001. Un homenaje, acaso deliberado ahora que se habla de «concertación» para una Alianza que gobernó de modo hoy borroso entre 1999 y ese año, y a la que pertenecieron muchos integrantes del actual gabinete nacional. También hubo en ese párrafo un involuntario homenaje a Eduardo Duhalde, que gobernó entre 2001 y 2003: el culpable de las llamas, sin embargo, seguía ayer siendo Menem por no concurrir a la segunda vuelta electoral.

  • La ambivalencia entre el llamado a la unidad y la identificación de un enemigo más o menos abstracto, recorrió toda la exposición presidencial de ayer. La tesis de que hay un peligro agazapado, que trabaja con una racionalidad más temible en la medida en que está oculta, y al que jamás se identifica plenamente, se desplegó ayer con amplitud. ¿Quién es ese demonio? «Ciertos intereses», «ciertos grupos económicos», «círculos de poder determinados». Ayer fueron identificados como el rival, junto con Menem -por las razones ya mencionadas-, con Leopoldo Galtieri -por haber usado el balcón de Perón, haber «entregado a los chicos de Malvinas»- y, casi al pasar, con «los que a veces por escribir escriben cualquier cosa» -alusión al periodismo que anunció que hablaría precisamente desde ese lugar de la Casa Rosada-. Ahí se agotó la colección de blancos seleccionados para el discurso de ayer.   

  • ¿Qué pretende ese enemigo? «Me quieren ver de rodillas» pero «yo voy a honrar el juramento ante el pueblo argentino: siempre de pie, siempre luchando, siempre peleando por la Patria».

    La construcción es muy atractiva y, si bien expresa pocas ideas, da cuenta del clima en el que Kirchner siente que está gobernando: él solo -el equipo, el resto del gobierno, parecen ser nada más que un accidentefrente a una adversidad permanente y extenuante. ¿Cómo pedirle buenos modales, cordialidad o dulzura a un hombre que está ante esos desafíos, que gobierna «minuto a minuto»? «Dicen que me peleo mucho y no es que me pelee mucho, es que negocio poco con ciertos intereses...»

    Como sucede cotidianamente en el Salón Blanco, la escena construida muestra a «ciertos intereses» escondidos que amenazan a los «hermanos y hermanas de mi Patria» que contemplan, como un coro inmóvil, el modo en que Kirchner «honra su juramento», «no entrega sus convicciones», en definitiva, pelea solitario. «Les pido que me den toda la 'polenta' necesaria para poder dar la lucha y la batalla que los argentinos necesitan». La agresividad que tanto le reprochan los medios y la oposición, en esta lógica pasablemente paternalista, cambia de signo. Es más, hasta da lugar, como ayer, a una queja recurrente por «los agravios» o «las agresiones permanentes» que recibe quien está luchando «por una Patria que nos contenga a todos».

  • Finalmente, en su breve presentación, Kirchner no creyó que ayer sus palabras debieran formular ningún anuncio ni definición política de relieve, más que subrayar rasgos ya conocidos con los que quiere que se recuerde a su gestión: por la reivindicación de los derechos humanos; la construcción de una Justicia independiente (vaya a saber qué lugar ocupa en esta intención la reforma del Consejo de la Magistratura); el pago al Fondo Monetario Internacional que le permitió a la Argentina «no depender más del Fondo»; la quita en la reestructuración de la deuda, que calculó en unos discutibles 70.000 millones de dólares. Ni siquiera se detuvo Kirchner en algunos fenómenos que, se sabe, lo inquietan cada día más: desde la inflexibilidad de la pobreza para ceder a pesar del impresionante crecimiento hasta la existencia de un stock abultado de deuda como consecuencia de que 40% de la misma está atada a la inflación.
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