16 de enero 2001 - 00:00

Un proselitismo búmeran

Cuando todo está para que le vaya bien, Fernando de la Rúa apareció ayer de nuevo complicado por la política. Desde la vereda de enfrente, Chacho Alvarez salió a impugnarle a su gobierno una cumbre con encuestadores para decidir candidaturas -de paso el ex vice ironizó sobre la visión económica de José Luis Machinea-. Enojado con esa crítica y el proselitismo a que se entregó Chacho la semana pasada pidiendo una candidatura a senador, el Presidente cargó también contra sus funcionarios y vetó la realización de esa cumbre. Fue más allá: ordenó que ningún funcionario hable más de candidaturas porque quiere que su gobierno se dedique a llevar adelante los planes que permite ahora el blindaje. También decidió retomar, desde el jueves, la conducción de las reuniones de gabinete.

Un proselitismo búmeran
Despertó de su sueño veraniego Fernando de la Rúa y resolvió aplicar alguna medida para bajar la fiebre electoralista que comenzó a abrasar a buena parte de su gobierno. Ayer prohibió a sus funcionarios participar de maquinaciones sobre candidaturas. Es que ya resultaba bastante insólita esa proliferación de reuniones en las que funcionarios del gobierno y dirigentes radicales discutirían, casi en público, encuestas sobre la marcha del gobierno que en realidad conocen hace semanas. Más increíble aún fue la ansiedad que manifestaron algunos de esos hombres, encabezados por el ministro del Interior (a quien se dedicó la prohibición de ayer) para que se defina cuanto antes la candidatura de Carlos Chacho Alvarez a senador por la Capital Federal. Si lo primero puede haber sido inoportuno, lo segundo fue decididamente disparatado, una especie de proselitismo bumerán.

La zambullida de algunas figuras principales del radicalismo en el agua electoral fue una demostración de que por lo menos una parte del gobierno no leyó correctamente la situación actual. La administración de De la Rúa está, en relación con la economía, como aquellos enfermos que requieren de un respirador para seguir viviendo. Es sabido que los respiradores ayudan a seguir viviendo pero no a recuperar la salud. El gobierno, embriagado por su propia pasión publicitaria, trató de hacer creer que el salvataje financiero aprobado por los organismos de crédito debía ser festejado como si se tratara de una corona de laureles. Ahora se advierte que algunos funcionarios consumieron ese mito antes que el público para el que había sido inventado.

Superada la emergencia, con una oposición todavía desarticulada, sin riesgos graves a la vista, al equipo de De la Rúa se le ofrecía una excelente oportunidad para profundizar la agenda que se negoció con el Fondo Monetario Internacional. Es decir, el gabinete podría haber aprovechado el verano -todavía está a tiempo de hacerlo- para mantener la dinámica de noviembre y diciembre.

En cambio, lo que parece más evidente en lo que va de enero, es que un sector importante del gobierno se recostó sobre los engañosos laureles del blindaje y de un conjunto de noticias auspiciosas pero del todo ajenas a la acción oficial: ni la caída de la tasa en Estados Unidos ni el alza en el precio de los commodities ni la revaluación del euro frente al dólar pueden ser identificados con virtudes del delarruismo, por más que sean fenómenos objetivamente alentadores.

Esta situación generó malestar en algunos ministros y no sería raro que el Presidente haya decidido enfriar la prematura campaña proselitista porque captó ese estado de ánimo. Entre esos ministros están Chrystian Colombo, José Luis Machinea,Adalberto Rodríguez Giavarini, Ricardo López Murphy y Patricia Bullrich, a quienes en estas circunstancias se los puede ver, con matices, como un ala del gobierno. No es una casualidad que sean los mismos que más comprometidos estuvieron con la política que permitió el acceso al auxilio financiero (pacto con los gobernadores, reforma previsional, tributaria y de obras sociales, etc.). Es cierto que algunos de ellos podían esperar que para enero De la Rúa decidiera un conjunto de cambios drásticos en la gestión, sobre todo en áreas especialmente débiles del gobierno. Acaso se frustraron porque el Presidente postergó o descartó algunas de esas determinaciones. Pero lo que no esperaban es que del blindaje se pasara a la campaña electoral, sin escalas.

Los reparos de este grupo de ministros están relacionados con las incógnitas que todavía quedan abiertas en la política en relación con la economía. Es decir, con las dudas aún vigentes acerca de la gobernabilidad que ofrece la Alianza. Basta observar cómo se prolonga la crisis en torno a la reforma jubilatoria para advertir de qué se trata el problema.

Pero quienes comenzaron a organizar el proselitismo no cometieron solamente un error de oportunidad. Se equivocaron también en el modo con que quisieron inaugurar el año electoral de la Alianza. Los casos más patéticos fueron los de
Storani y Raúl Alfonsín, quienes se apresuraron a postular a Carlos Chacho Alvarez como candidato a senador. Ese lanzamiento resulta hoy costoso para De la Rúa por varios motivos:

En principio, porque pretende despejar la última incógnita sin haber resuelto las más inmediatas. Concretamente: es difícil que el gobierno pueda resolver cuál será su oferta electoral sin tener algún indicio sobre el comportamiento de la economía y también sobre los movimientos que se definan en el campo adversario, sobre todo en un distrito clave como la Capital Federal.

Otro daño innecesario que debió sufrir De la Rúa con el arrebato de Storani fue que Alvarez contestó que todavía no quiere postularse por falta de ganas. Al gobierno le pasó esta semana con el jefe del Frepaso lo que hace quince días le sucedió con Domingo Cavallo: ofrecer algo que el convidado rechaza en público. El Presidente, que había conseguido por primera vez desde la renuncia de su vice una posición de ostensible autonomía, volvió a quedar como un «chachodependiente» gracias a su ministro del Interior y al jefe de su partido
.

A nadie se le ocurriría tampoco ofrecerle a Alvarez la candidatura a senador por la Ciudad de Buenos Aires (único distrito grande donde el oficialismo puede esperar razonablemente un triunfo) sin antes acordar cuáles serán los términos de la campaña. Es decir, si se postularía para defender o para criticar al gobierno, interrogante que está lejos de tener respuesta. De lo contrario, puede suceder lo que ya sucedió: Chacho no sólo contestó que no sino que aprovechó para volver a hablar de las supuestas coimas del Senado, identificando a Leopoldo Moreau con una actitud complaciente «como la de todo el bloque radical». Inesperada «contribución» de Chacho a la carrera de muchos candidatos que la Alianza postulará este año para el Senado, como Horacio Usandizaga, Raúl Galván, Jorge Agúndez, Juan Melgarejo,José Genoud, Juan Carlos Altuna y hasta José María García Arecha, quien ya se postuló para representar a la Alianza en el distrito en que Alvarez prefiere abstenerse.

Finalmente, la incontinencia electoralista de Storani y Alfonsín le prestó al ex vicepresidente un servicio inigualable: cuando su liderazgo partidario atraviesa la mayor crisis desde que fundó el Frepaso, con un numeroso grupo de dirigentes dispuestos a abandonarlo con la excusa del decreto previsional, desde el gobierno se lo rescató suplicándole una candidatura que debería resolverse a mediados de año. Si Storani y Alfonsín aplicaran en favor de De la Rúa la misma imaginación con que halagan a Chacho, el Presidente no requeriría siquiera de una campaña para ganar las elecciones.

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